Cuando una relación interpersonal se establece, por lo general, se da una comunicación, verbal y gestual, que en todos los casos lleva, además de palabras y gestos, todas nuestras limitaciones, imágenes y prejuicios acerca de la realidad o del tipo de personas con los que nos relacionamos.
Si en el pasado tuvimos un problema, si en el momento presente vivimos una situación alterada, no en paz del todo, con nuestra realidad y circunstancia, todo eso se va a vehiculizar, en forma concreta, quizá no del todo perceptible por el emisor de la comunicación, y va a servir para que el receptor nos conozca mejor, o de la misma manera, junto con sus prejuicios, imágenes y experiencias se comunique con nosotros.
Todo esto puede suceder de forma positiva (encuentro) o negativa (desencuentro). Si yo o quien se comunica conmigo, tenemos empatía (nos sabemos poner en el momento, situación y estado de humor del otro); una actitud abierta a lo que el otro diga, lo que quiera decir y desde su propia experiencia; si nos esforzamos por una aceptación incondicional del otro como persona digna de respeto y con derecho a una expresión libre; ya tendremos mucho a favor de poder realizar la experiencia de un verdadero encuentro. Pero si por el contrario creemos tener siempre razón, si no respetamos la forma de ser y limitaciones del otro, si nos creemos superiores que él, si no somos en nuestra comunicación empáticos, abiertos y no le aceptamos incondicionalmente, más bien estaremos en condiciones de un desencuentro, una experiencia negativa o frustrada de comunicación interpersonal.
Pero como estos procesos son muy rápidos, y normalmente creemos tener la razón (o esperamos que se nos dé, sobre todo si somos clientes o nos creemos más sabios, inteligentes o superiores), es fácil que en situaciones que podríamos haber solventado de forma mucho más inteligente, las convirtamos en desencuentros, sobre todo a causa nuestra, y echemos la culpa a los demás (“me querían engañar”, “se querían aprovechar de mí “me estaban tomando el pelo”, “me miraron mal”,…). La sensibilidad para polarizar una situación negativa en positiva siempre está a nuestro alcance, es decir, durante todo el proceso de comunicación, lo que ocurre que nos cuesta rectificar y pedir perdón, como también pedir más respeto y libertad, dependiendo de la situación.
No todos los verdaderos encuentros los producimos nosotros, por muy agradables y amables que seamos, ni tampoco todos los desencuentros los causan los demás, por muy desagradables, antipáticos o groseros que nos parezcan en un momento determinado. Siempre podemos filtrar, con nuestra actitud todo lo que pasa de dentro afuera y viceversa. Sabemos perfectamente que hay formas y formas de relacionarse con los demás, y que lo importante es no perderlas. A veces contestando de la misma manera se resuelve menos, porque en todo caso se empeora. Es mejor estar por encima de la propia circunstancia (humor, experiencia y prejuicio) y la del que me comunico. Podemos hacer u esfuerzo por mejorar nuestra comunicación.
Porque sólo los verdaderos encuentros humanos, interpersonales, en los que se comunica y se comparte lo que somos, son los que nos hacen más felices y madurar como personas. Disfrutemos de nuestra capacidad de encontrarnos como realmente somos a los demás, y no impidamos que los demás sean, con toda la riqueza de su personalidad, como son.
Sábado, 18 de febrero
Guillermo Gazanini Espinoza
Josemari Lorenzo Amelibia
Religión Digital
Francisco Baena Calvo
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Angel Moreno
Juan Antonio Espinosa
Vicente Haya
Asoc. Humanismo sin Credos