En cristiano

¿Qué sentido tiene tu vida?

22.07.10 | 12:35. Archivado en Autor del blog
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Hoy es santa María Magdalena. Y la reflexión quiero hacerla sobre lo esencial que es para nuestra vida la búsqueda de su sentido. Aunque vivamos físicamente, podemos estar fuera o dentro de su sentido, aunque lo tengamos ante nosotros.

En el Evangelio de hoy (Juan 20, 1. 11-18) se dice que María estaba fuera, junto al sepulcro de Jesús, llorando. Por un lado está fuera, fuera –en aquel momento- del conocimiento de la Resurrección. Por eso, llora, por su desconcierto, por su pena, pero también, y sobre todo, por su amor al Maestro, a quien le había descubierto la compasión de todo un Dios.

Pero a la vez que llora, no se resigna: “Mientras lloraba, se asomó al sepulcro”. Su tristeza, a pesar de estar “fuera”, la lleva, por la misma fuerza de esa compasión por El que se compadece de todos, a querer contemplar. E incluso a objetivar aún más el motivo de su pena, ante los ángeles que se encuentra: “…se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Se han llevado no a una persona cualquiera, sino a “su” Señor, al que ella conoce y quiere, al que ella estima y reverencia como Maestro y Señor. Y, además, no sabe dónde está. Sigue “fuera” pero el encontrarse con los ángeles, con los mensajeros de Dios, aunque pudo creer que se tratara de alguna alucinación ene se momento, ya le abre a una cierta esperanza, aunque no del todo clara.

Y en ese momento, preparada sin duda por Él, como por sorpresa, da media vuelta, y ahí le tenía de frente, en pie, y aún sus ojos no le ven. Jesús repite la pregunta de los ángeles “Mujer, ¿por qué lloras?”, pero le añade un “¿a quién buscas?” que le da un tono más cercano y personal dirigido sólo a ella, porque “¿quién va a conocer mejor su corazón sino Aquel para el que está hecho?”. Él lo sabía de sobra a quién buscaba, pero se puede referir muy bien aquí si realmente María Magdalena buscaba unos restos humanos o a su Maestro muerto, pero también resucitado. Sigue sin ver, “fuera”, pero ya le parece más cercano y le ve como el hortelano, y le pregunta si se lo ha llevado y dónde lo ha puesto, además del tierno detalle que añade: “…yo lo recogeré”. Como diciendo, le quiero, no quiero que esté perdido, no quiero otra cosa que descanse en paz, que esté cuidado, como si fuera su niño o su ser más querido.
Ante ese amor de María Magdalena, Jesús responde con la invocación del nombre de ella, como si la llamara de nuevo a nacer, abriéndola los ojos a su vida, y a la Vida que es Él: “¡María!”. Y aquí, cada uno puede poner su nombre, porque Jesús nos llama cada día a reconocerle vivo, enfrente de nosotros, de pie, diciéndonos de nuevo: Hombre, mujer, (nuestro nombre) ¿qué te pasa?, ¿a quién buscas?

El evangelio sigue después que Jesús llama a María, diciendo: “Ella se vuelve”. Lo cual puede significar que hasta ese momento no se dio un verdadero encuentro con Jesús, un reconocimiento de su persona. Él sale a su encuentro, y nos “hace volver” el rostro, la vida, el corazón, hacia Él, para el que estamos hechos. Luego vendrá la alegría, y la misión de comunicarlo vivo a los demás, pero lo esencial ya está dado. El encuentro se ha producido. Cuatro momentos del proceso del mismo que tuvo María, como repaso, porque nos lo podemos aplicar en cualquier circunstancia de la vida, seamos creyentes o no en Jesucristo (¡qué duda cabe que creyendo en Él resulta todo mucho más sencillo e inteligible!):
1) Expresión de los sentimientos hacia el sinsentido de la vida cuando nos falta una guía, una luz,… a quien queremos.
2) Búsqueda, por uno mismo, a pesar de las apariencias, de aquello que desborda la razón y nuestras pretensiones, creencias o suposiciones.
3) Permanecer abiertos a la sorpresa de la novedad, que irrumpa la vida con toda su originalidad, que se respondan nuestros porqués de la forma más inaudita, sencilla o casi imperceptible, sin pretender andar de nuevo con nuestras razones y medidas.
4) Comunicar a otros, desde la palabra y el silencio, lo que hemos encontrado: el sentido de la vida, la razón de nuestra esperanza, la fuente de nuestra alegría.


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