Por Carmen Pérez Rodríguez
La gran mentira: creer que se da, sin haber recibido. Creerse alguien, creerse persona, creerse capaz de todo, abierto a todo, sujeto de derechos y libertades, sin el Dios que es el Tú y la referencia del Bien, de la Verdad, de la Belleza, de la Felicidad. Ser conscientes de nuestros gozos y sufrimientos, de nuestros vacíos y deseos y no abrir el corazón y la razón a todo ello. No buscar nuestra referencia, lo que realmente nos corresponde. La tentación del comienzo, del principio de nuestra historia, como se nos relata en los primeros capítulos del Génesis, y que continúa siempre de una o de otra forma.
Lo que nos califica de raíz es exactamente la pretensión de ser padre, madre y origen de nosotros mismos. De sentirnos el juicio de todo y la medida de todo. De ser para todo nuestra propia referencia. La pretensión de ser por nosotros mismos, en lugar de hijos de Dios. De hablar desde nuestro propio fondo en vez desde la Palabra, desde el Verbo de Dios, desde el Tu que es nuestro norte, sur, este y oeste. Del creer que damos sin haber recibido. ¿Y se puede dar algo?
El prepotente, el necio orgulloso, el inconsecuente, el crítico miope y pertinaz, el atiborrado de prejuicios y pobres medidas, vive convencido de que da sin haber recibido, de que no es nada lo que él puede recibir. Habla sin haber escuchado. Parte sólo de lo que procede de si mismo y ni se plantea si no acaba dando más que nada. Giovanni Papini hubiera dicho los pisacortos del espíritu, los gusanos de luz, los gansos que no admiten el vuelo de las águilas y muchos más calificativos, con ese, a veces, estilo suyo ácido.
Esta vida vacía sin referencia, es el máximo absurdo. Esta postura desarraigada es la máxima tristeza. Se opone directamente a la fe, a la esperanza, a la caridad. Al amor gratuito, a la esencia de la creación. De esta acedía que es tristeza, angustia, pereza, flojedad, ya hablaba Sto. Tomás de Aquino. La tristeza profunda por el bien divino del que goza la caridad. La acedía que se experimenta tendría que ser la llamada más fuerte a sentirse en relación con el Tu de Quien venimos y a Quien vamos. Con esta palabra se expresa todo lo que el ser humano siente lejos del amor creador y redentor de Dios, y por tanto lo que genera esa actitud. Muchos ven en ella, en la “acedía” un rasgo característico de nuestra actual civilización y la ven, o como una llamada fuerte a despertar, o como una epidemia de consecuencias desastrosas. Es lógico, porque ¿qué es un hombre que se opone directamente al amor creador de Dios, un hombre sin fe, sin esperanza, sin sentirse en la caridad, en la corriente de su amor? Es lo que decíamos al comienzo, sentirse uno por si mismo, ¿y cómo puede ser esto?, en lugar de sentirse creado por Dios, amado por Él, hijo de Dios.
Nadie da sin haber recibido. Desde esta realidad podemos experimentar nuestra manera de estar en el mundo, nuestra manera de vivir en esa corriente de vida de la que hablábamos un día y que es el recibir y el dar. Sentirnos obra de Dios, obra de su amor. Jesucristo nos lo ha dicho: sois hijos, llamad a Dios Padre, como en el fondo corresponde a los anhelos y deseos de vuestro corazón y de vuestra razón. Desde esta sencilla afirmación, al alcance de todos, nos ponemos de lleno en la luz de la fe, de esperanza, con la fuerza del sentirse amado y dar esta misma vida a los demás.
Lo que califica radicalmente nuestro mal es la pretensión de ser origen de nosotros mismos, pretender dar, hablar, hacer sin haber recibido, escuchado, comprendido. Sin ver nuestra referencia con el Amor, el Bien, la Verdad, la Belleza. La vacía y completa desnudez es el máximo absurdo.
Volvemos muy atrás, al comienzo del Génesis, a la creación de Dios. Nuestra civilización, dice Fabrice Hadjadj, vive en el espejismo de un oasis para el que niega la fuente verdadera. La referencia que nos presenta para comprender lo que el quiere expresar es la serpiente en el Jardín del Edén. La serpiente se la describe con un adjetivo hebreo “el más astuto” de los animales, que puede leerse también como “el más desnudo”. Ese doble sentido es una imagen: con el mismo término se denota la sinuosidad del reptil y sus continuos cambios de piel. Su desnudez y astucia es la inteligencia separada de la gracia, de Dios. La serpiente, dice, es una virtuosa de los pasos del ballet, de los entrechats, los clásicos saltos en los que el bailarín brinca en el aire y rápidamente cruza las piernas, y de los ronds de jambe, esos movimientos circulares de la pierna. Esta referencia al ballet es doblemente irónica, puesto que la serpiente no tiene patas. Y la serpiente a pesar de que es flexible y contráctil, nunca es graciosa. Con la serpiente se nos sitúa siempre del lado del artificio, de ese más, que en realidad es un menos, puesto que no ha sido querido por Aquel que es. Eso es, el espejismo de un oasis para el se niega la fuente verdadera. Y ese espejismo soy yo quien lo fabrica con mi propio proyector.
Cualquier pensador, cualquier político, cualquier ser humano, con un mínimo de sentido de humanidad, de su propia humanidad tendría que oponerse radicalmente a la destrucción de la realidad de nuestra relación con Dios. Separarnos de Dios, separar el mundo de Dios. Pretende ser un más y es un menos, un vacío. Cómo decía Pascal: Dios no es un Dios que pone en marcha la máquina del mundo y después lo abandona. No se puede dar sin haber recibido, hablar sin haber escuchado. Si no se acaba dando más que nada.
Martes, 29 de mayo
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo