En cristiano

La cuestión acerca de la verdad

14.07.10 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

Ha sido el libro que escribió Benedicto XVI cuando era el Cardenal Joseph Ratzinger, “Fe, verdad y tolerancia”, que estoy volviendo a leer, el que me ha impulsado a abrir esta ventana con este tema.

El encuentro entre las religiones y las culturas ha llegado a ser una cuestión apremiante. La fe cristiana se ve afectada sobre todo por esa problemática, porque desde su origen, y por su misma esencia, pretende dar a conocer, y proclamar ante todos los hombres de todas las épocas, al Dios que salva a toda a la humanidad. ¿Cómo se compagina esto con la búsqueda de la paz entre las religiones y entre las culturas? Y estamos en lo de siempre en la gran cuestión acerca de la verdad. ¿Puede conocerse la verdad?

La cuestión acerca de la verdad es la gran cuestión. Es como los cimientos de los edificios, de cualquier construcción. En un libro de Popper, En busca de un mundo mejor, lo que se pone de manifiesto es el empeño por alcanzar la verdad como elemento decisivo para construir un mundo mejor. La búsqueda de la verdad es algo consustancial al hombre. Todos los hombres desean saber por naturaleza afirma Aristóteles en el libro primero de la Metafísica. La verdad es el objeto propio de este deseo. El hombre es el único ser en toda la creación que conocemos, que no sólo es capaz de saber, sino que sabe que sabe, y por eso se interesa por la verdad real de lo que se le presenta. Nadie permanece indiferente a la verdad de su saber. Si descubre que es falso, lo rechaza, si confirma su verdad, se siente satisfecho. Dice S. Agustín, en las Confesiones, que encontró muchos que querían engañar, pero ninguno que quisiera dejarse engañar.

¿No es la cuestión que realmente nos importa saber lo que realmente somos, cómo podemos llegar a ser nosotros mismos, realizar nuestra vocación, lograr nuestra misión, destino, felicidad? La urdimbre de toda nuestra vida, creencias, cultura, convivencia, ética, derechos, leyes, sociedad, ciencia, es la verdad. No pasa un momento en nuestra vida en que no se plantee: esto es verdad, esto no es verdad. Sólo desde ella se ve el sentido y la comprensión de todo. Es ineludible afrontar la cuestión acerca de la verdad. La búsqueda de la verdad no es una expresión para llenarse la boca, sino sobre todo, además de la cabeza, el corazón y la vida; porque el hombre, ser que busca la verdad, es también aquél que vive de creencias (Juan Pablo II).

El verdadero problema, más allá de todas las cuestiones particulares, consiste en la cuestión acerca de la verdad. Porque ¿qué significa entonces positivamente la fe, qué significa la religión, si no pueden asociarse con la verdad? La fe requiere la comprensión con la ayuda de la razón. La profundidad y autenticidad de la fe se favorece cuando está unida al pensamiento y no renuncia a él. Sto. Tomás dice que el acto de fe del creyente no se detiene en el enunciado sino en la realidad que se enuncia, lo que implica y lo que supone para la vida. Creemos en las realidades que expresa la fe. Nos acercamos a las realidades con la ayuda de las formulaciones de la fe. Estas nos permiten expresarla, transmitirla, celebrarla en comunidad y vivir de ella cada vez más.

Un problema es la crisis de confianza que atravesamos sobre la capacidad de la razón. Es un hecho que la razón tiene posibilidades para descubrir la verdad, pertenece a su naturaleza más intrínseca. Por eso es tan real el acuerdo intrínseco que hay entre razón y fe, en la que no se prescinde de la cuestión radical sobre la vida personal y su relación con Dios. La verdad que Dios ha comunicado al hombre sobre sí mismo y sobre su vida, se inserta en el tiempo y en la historia. Aunque es verdad que ha sido pronunciada de una vez para siempre en el misterio de Jesús de Nazaret. Dios habló a nuestros padres en distintas ocasiones y de muchas maneras por las profetas. Ahora en la etapa final nos ha hablado por el Hijo dice Pablo de Tarso, el judío convertido.

La verdad vale para todos, el paso de la historia no le afecta. Pero cuántas doctrinas, cuántas ideologías, cuántas propuestas se construyen al servicio de los fines que dictan los intereses y las pasiones. Cuántas veces se ve el pensamiento reducido a la esclavitud, a las órdenes de un ateismo buscado y querido, o de un pobre racionalismo estrecho que corta las alas a la razón y su capacidad para el misterio, para el infinito.

Dice Henri de Lubac que todo auténtico pensador tiene algo de ingenuo. Toda idea profunda esconde algo sencillo y nuevo. Hay algo que se transmite pero también algo que recomienza con lo que se trasmite. Tal es la fuerza y la vida de la verdad. Los que no saben creer en nada no tienen el coraje para evaluar nada. Se condenan a si mismos a no comprender nada a fondo. Hay un culto a la inteligencia que de hecho, la traiciona y se burla de ella, porque no busca la verdad. Y si no se tiene otra preocupación. Donde se niega a Dios, no se edifica la libertad, sino que se la priva de su fundamento y de esta manera se la distorsiona. Donde se rechaza a Dios el hombre se separa de su verdad, vive en contra de ella y no consigue ser libre. Si no hay verdad acerca del hombre, el hombre no tiene tampoco libertad. Sólo la verdad hace libres.


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