Por Carmen Pérez Rodríguez
¿Necesitamos primero personalmente y luego desde nuestra dimensión social una Autoridad Última?
Nuestra conciencia es voz de la trascendencia. Sentimos algo en nuestro interior, y es lo que nos permite comprender al ser humano, su personalidad, su sentido profundo. La persona, ser persona, implica una instancia extramundana. El ejemplo es de Viktor Franfl, del mismo modo que el ombligo humano considerado por sí mismo no parecería tener sentido, porque ha de entenderse solamente a partir de nuestra “prehistoria”, o mejor todavía, de nuestra historia antes de nacer, y considerarse como un “resto” en nosotros, que nos trasciende y remite a nuestra procedencia en el organismo materno, en que fuimos formados, así la conciencia sólo puede entenderse en su sentido pleno cuando la concebimos remitiéndola a un origen trascendente.
No nos es posible comprendernos a nosotros mismos en todos los aspectos de nuestro organismo sin partir de nuestros orígenes. Pues de la misma manera no podemos comprender todos los aspectos de nuestra manera de ser personal sin recurrir a la conciencia, y a su origen trascendente. Como dueños de nuestra voluntad, hecho que invocamos, e incluso en muchos momentos casi lo gritamos, somos creadores, ponemos en nuestra vida nuestra peculiar y única manera de ser. Y como seres con conciencia moral, histórica, somos “criaturas”. Esto es muy importante y muy real, esta a nuestro alcance el verlo. Es decir: para explicar nuestra condición humana de seres libres basta el análisis de nuestra realidad. Como seres libres, escogemos, decidimos. Para explicar nuestra condición humana de ser responsables tenemos que remitirnos a la trascendentalidad de “tener conciencia”. Esa persona “no tiene conciencia, se dice para expresar su maldad.
Hay tantas maneras de ser bueno o malo como personas existen. Todo lo que implica ser persona, y creo que todos estaremos de acuerdo en ello, es hablar: de su singularidad, de su dignidad, de su interioridad, de su autoafirmación y autodeterminación ante una serie de posibilidades de acción, de su voluntad para establecer unos fines a conseguir, de la exigencia de entrega por el amor y en la apertura a todo. Y todo esto situado en las dos coordenadas que decíamos: libertad y responsabilidad. Pues todo ello es imposible sin sentir que la conciencia es, como dice Viktor Frankl, voz de la trascendencia.
En toda nuestra persona está la noción, la realidad de una Autoridad Última que da sentido y orientación a nuestra vida, que es el sentido de todo, no hay nada, absolutamente nada, que podamos proteger con un muro que impida la presencia de Dios. Sin Dios, somos comos seres que se dirigen a la ciudad a campo a través, en la dirección contraria, no podemos ver la gran ciudad, por ejemplo Toledo, que vamos dejando atrás. Si nos damos la vuelta percibimos sus murallas, sus puertas, sus edificios, sus torres. No podemos hacer lo que, en otro plano, dice Pascal de Descartes: necesitó a Dios para poner el mundo en movimiento, pero después ya Dios no tenía nada que hacer.
Nuestra libertad y responsabilidad, nuestra conciencia es la clave de bóveda de nuestro ser, como Dios lo es para toda la creación. ¿No está nuestra grandeza humana en el hecho de someter nuestra libertad a los imperativos de los valores superiores? ¿No son realidad nuestros juicios de lo que es noble, grande, digno de ser hecho, justo? ¿Cómo se pueden decir calificativos morales sin una clave de referencia? ¿Con relación a que es buena o mala, digna o indigna, la persona? Todo necesita de una autoridad. No podemos vivir sin ella. ¿Dónde está la garantía de nuestra libertad? No hay mundo más inquietante que aquel en el que los poderes humanos tienen la última palabra. ¿No está la mayor garantía de la libertad en saber que todos somos juzgados por la Autoridad Última, que es lo única que garantiza nuestra libertad? Dios Amor, Dios Padre, es el reconocimiento claro de nuestra dignidad y libertad.
Es intrínseco a todo lo que existe una Autoridad Última. Y en nuestra naturaleza humana esto viene expresado en la conciencia. Dentro de nosotros experimentamos como una influencia, o una orden que nos impele a portarnos de una cierta manera. Lo encontramos dentro de nosotros. Algo que dirige el universo, y que aparece de una manera íntima en nosotros, como una ley que nos urge a hacer el bien y nos hace sentirnos responsables e incómodos cuando hacemos el mal. Yo pondré mi ley en sus mentes y la escribiré en sus corazones. Cuando juzgamos que las ideas morales de tal cultura son mejores que las de otra, estamos utilizando una ley moral para hacer tal juicio. De manera inconsciente, en nuestros juicios, estamos siempre invocando y refiriéndonos a una Autoridad Última con relación a la cual establecemos nuestra postura. En caso contrario es el truco del fakir hacer creer que un muchacho sería capaz de trepar por la soga que él ha lanzado al aire. Lanzar la cuerda, lo bueno, hacia la nada, sin punto alguno de apoyo que le venga de otra parte.
Martes, 29 de mayo
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo