Por Carmen Pérez Rodríguez
Eso es lo que hemos pensado unos amigos, ante un descubrimiento, como el del Mediterráneo en el siglo XXI. Y aquí tienen la propuesta de hoy: no engañarnos. No ser “normal” todos los días y cristiano un ratito para ir a una misa cortita el domingo, a un funeral cuando muere un ser querido, a una boda, a una primera comunión. No permitas, Señor, que juzguemos con nuestras buenas y medidas razones, con ese sentido común tan ordenado y lleno de cálculos.
La verdad es que esta ventana abierta me está haciendo un bien enorme. Siempre estoy aprendiendo. Aquí “hablamos” como consecuencia de las conversaciones, de los encuentros, de la lectura y reflexión, de las experiencias y testimonios de otras personas. Eso de pensar en “voz fuerte” queriendo, lógicamente, lo mejor, ayuda mucho. Ahora he abierto los ojos a “algo” que realmente es elemental, y da un cierto apuro decirlo. Pero muchas veces se ha visto un paisaje, se ha oído una música, se ha leído un libro, se ha encontrado uno con alguien, y de pronto se descubre el punto que todo lo ilumina y, como si antes no se hubiera reconocido bien, se siente que ese punto toca el corazón de manera especial. Y sencillamente se ve clarísimo. Pero ¡si miraba y no veía¡ ¡Oía y no escuchaba¡ Seguro que les ha pasado con pasajes de la Biblia, con expresiones, con obras de arte, con conversaciones, con amigos etc. Eso me ha pasado con el descubrimiento de que el problema está en que queremos ser normalitos, y algún rato cristianos. Sí, dicho de una vez, el problema está en que ni nos hemos planteado lo que el Señor quiere, que es que seamos santos e irreprochables. Ser conscientes de la llamada que, real y verdaderamente, nos hace el Señor, la de ser santos.
“Santo”, dicho así a “bocajarro”, a quemarropa, de improviso, sin preparación ninguna, suena muy fuerte, pero es, en realidad, para lo que llama Jesucristo. No se puede creer a medias. No pensemos ni en las imágenes, ni en los cuadros, ni en las reliquias, ni en el santo al que hay que encomendarse para tol cosa concreta. Cosas un poco fuera de nuestra propia experiencia diaria. El santo del que habla S. Pablo, es un “hombre en pie” En pie junto a Cristo. Es un compañero de Cristo, y ya para toda la eternidad.
Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba y razonaba como niño. Al hacerme hombre dejé todas las cosas de niño. Pues eso nos pasa a muchos, que somos muy dualistas, y crecemos en las relaciones, cuestiones sociales, de trabajo, diversiones, pero no hemos madurado y crecido en la misma proporción en nuestra fe. En la fe, queremos ser más o menos “normalitos” Y vivir lo más posible de rebajas. No hablamos del Evangelio, de los Hechos de los Apóstoles, de los salmos, de las cartas de los Apóstoles, con el mismo conocimiento con el que hablamos de política, de cine, de los acontecimientos que señalan los medios de comunicación, de los últimos libros señalados por las encuestas, de viajes etc.
Y si al niño no se le quitan los andadores, nunca aprenderá a andar. Tiene que dejar de tomar papilla y alimentos de niño. Pues eso nos pasa en nuestra condición de cristianos, andamos no se, ni si con andadores ¿Estamos en pie junto a Cristo, y El es nuestro compañero de camino, con todas las consecuencias en todos los campos? Nada puede quedar excluido.
Pues, sí, un santo no es una imagen, ni una reliquia, sino un compañero de Cristo, y ya para toda la eternidad. El descubrimiento que hemos hecho algunos, es que no hay orgullo alguno en el deseo de ser un santo. Todo lo contrario, es la actitud humilde, la expresión lógica y normal del que escucha y cree en las palabras de Cristo. Un cristiano, lo lógico y consecuente, es que quiera ser santo. No una persona rara y extraña. Sino sencillamente santos, vamos, consecuentes con lo que es ser cristiano. No sólo no hay orgullo en el deseo de ser un santo, sino que es lo que deberíamos hacer ya, y dejarnos de engañar.
Lo que mueve a desear ser santo es creer en las palabras de Cristo con humildad, verdad, justicia, sencillez, fe y confianza. Ser humilde y no inventarse soluciones más o menos amañadas por nuestros intereses. No extraviarnos, viendo las ideologías y propuestas, buscando otros caminos, otras puertas. No, no hay nada de orgullo en el deseo ser un santo. Todo lo contrario. Donde hay orgullo es en las mil cosas que maquinamos, en los juicios que hacemos sobre los demás, en las contestaciones o silencios que acompañan muchas veces nuestro trato. Y todo por no creer en Dios, en Jesucristo y creernos unos extraños seres independientes que no saben ni de donde vienen ni adonde van. ¿Qué les parece pedir desde el fondo de nuestro corazón: Señor, deseo ser santo y no permitas que juzgue con mis “buenas y medidas razones”?
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn