Por Carmen Pérez Rodríguez
¿Qué puede significar “esto”? Y en el “esto” cada uno podemos poner nuestra experiencia concreta. ¿Qué sentido tiene “esto” en mi vida? ¿Por qué Dios es un jefe tan omnipresente en nuestras etapas de prosperidad y tan ausente como apoyo en las rachas de catástrofe? Son unas preguntas que ¿quién no se las ha hecho? ¡Cuántas veces, ante situaciones críticas, nuestras conversaciones se centran en este tema¡. Y, si de nada en la vida se puede hablar “en teoría”, de “memoria”, ya podemos pensar, como no puede hacerse en este tema en el que literalmente nos va la vida. El sufrimiento no deja a nadie indiferente, reclama insistentemente nuestra atención. Es un hecho que donde hay sufrimiento hay terreno sagrado que decía Oscar Wilde.
Dice Lewis que Dios susurra y habla a la conciencia a través del placer, pero le grita mediante el dolor, es su megáfono para despertar a un mundo sordo. Un megáfono que puede despertarnos de nuestra sordera para lo que es lo esencial en la vida. Muchos no reconocen a Dios hasta que se encuentran con el sufrimiento, o con un gran peligro. También, podemos responder volviéndonos contra El dándole la espalda.
En realidad lo que late en el fondo es la pregunta acerca del sentido del sufrimiento. Justamente lo importante es la experiencia del sufrimiento, con ese sentido de trascendencia que tiene. El sufrimiento es esa situación en la que nos sentimos impotentes, sentimos que nada podemos hacer. Es lo que no queremos, lo que nadie puede querer para si mismo, y ahí está. Pero un sufrimiento nos descubre en nosotros, en los demás, en la vida misma, lo que desconocemos hasta que viene el sufrimiento a descubrírnoslo. Nos puede enseñar lo pobres y superficiales que somos porque en realidad nos posee todo lo externo y ajeno a nosotros, lo que no es esencial. También el sufrimiento pone de manifiesto el profundo amor de que el ser humano es capaz, la generosidad que es capaz de vivir, la fidelidad hasta la total entrega. Todas las cosas, todos los acontecimientos, para quien sabe leerlos con profundidad, encierran un mensaje que, en definitiva, remite a Dios y a nuestra plena realización. Porque todo nos habla de Dios, pero no lo escuchamos. Quizá lo han oído: cuentan que un irónico profesor ateo, se dirigió al grupo de alumnos y ofreció gran cantidad de dinero a quien le dijera dónde estaba Dios. Todos callaban. Pero uno de ellos se levantó y dijo: yo le doy el doble si me dice dónde no está.
El sufrimiento educa, y en antropología y psicología se sabe que a quien el dolor no le educó es un inmaduro. Poco hemos aprendido en la vida si no sabemos sufrir. No está en nuestra vida cambiar una situación que nos produce dolor, pero si está en nosotros escoger la actitud con la que afrontarla. El pensamiento personalista habla de la creciente superficialidad y ligereza, que impulsa hacia una inmediata satisfacción, evita todo esfuerzo y dificultad, y por tanto se produce una incapacidad para superar dificultades y situaciones en las que la satisfacción no es inmediata.
Esta actitud superficial incapacita para vivir realmente como persona y aumenta con ello la desorientación, la falta de autoestima, la depresión, la ansiedad. En una palabra incapacita para vivir el sufrimiento. Max Scheler ha mostrado que las formas más altas de felicidad son aquellas que no se pueden alcanzar directamente. Yo puedo, sin duda, procurarme un deleite físico, pero las formas más altas de alegría, de profunda satisfacción, de felicidad, no las alcanzo por estudiar Psicología o por aprender técnicas de maximalización del placer. Una civilización fundamentada en el placer inmediato, en el lamento ante el esfuerza y la dificultad, en la que cada uno tiende a compadecerse de sí mismo y a quejarse de su nefasta situación, apenas tiene ya impulso para hacer a los hombres felices. Se habla mucho de placer, pero poco de la seria y profunda alegría. Está en la misma línea de lo que dice Romano Guardini en Cartas de autoformación: no es lo mismo un corazón alegre que un corazón divertido. La alegría tiene mucha relación con la experiencia de gratitud, de agradecimiento. No es posible la alegría sin sentir el “tu”. Y si la alegría es vista sólo como exigencia de felicidad, se pone en movimiento un automatismo que imposibilita la felicidad. Hablamos siempre de la necesidad, de la exigencia de felicidad, pero obstaculizamos su realización.
El sufrimiento no es propiamente algo que no debe suceder, y que si sucede se convierte el hombre en víctima. La idea de una tierra de Jauja carece de sentido. Y sin embargo estamos de lleno metidos en una sociedad que manipula todo buscando una utilidad y conveniencia completamente individual y pasajera. El sentido del sufrimiento es específicamente religioso. Presupone la fe en una ilimitada totalidad de sentido, la fe en Dios. Esa pregunta realmente se plantea donde se cree en un Dios personal, omnipotente y bueno, donde es posible preguntar ¿Cómo se armoniza ese hecho con la existencia de sufrimiento en el mundo?
El Nuevo Testamento, en la Pasión de Cristo, nos sitúa de manera extrema ante la dolorosa experiencia de la falta de sentido: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Martes, 29 de mayo
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