Por Carmen Pérez Rodríguez
El tema de hoy es sobre algo que no se lleva pero que nos afecta a todos. El “pero” del que hablábamos un día.
Romano Guardini es un pensador de origen italiano, formación germana y temple europeo, y como ya saben muchos de Vds., uno de mis autores de referencia y confrontación para mi vida. Un formidable pensador cuyo pensamiento se orientó siempre hacia dos metas, que en realidad eran una: trazar las características específicas de lo cristiano y fijar los valores humanos de toda auténtica cultura. Su antropología cultural cristiana supone una hondura y unidad excepcionales. Desde mi juventud ha sido uno de mis grandes maestros. Tuve una compañera en la Universidad de Barcelona que hizo su tesis sobre él, tenía la suerte de dominar el alemán y el italiano. Aún vivía y tuvo el enorme privilegio de conocerle y tener numerosas charlas con él. El contexto para nuestro conocimiento de Romano Guardini fue maravilloso por los profesores que teníamos. Concretamente, como profesor de Estética al catedrático José María Valverde, otro excelente pensador, poeta, ensayista, critico literario, historiador de las ideas y uno de los mejores traductores de España. Precisamente una de sus innumerables traducciones es el Nuevo Testamento del griego antiguo. Y el libro que hoy abre nuestra ventana: Una ética para nuestro tiempo de Romano Guardini. A esta Ética quiero referirme. Ya hemos abierto varias veces la ventana con este maravilloso horizonte que plantea su Ética.
Comienza diciendo Guardini que sus consideraciones se centran en algo que nos afecta a todos, a cada cual a su manera: la virtud. Palabra que nos suena como algo extraño e incluso antipático, porque fácilmente suena anticuada y “moralizadora”. Vamos que al oírla muchos se ponen en actitud de rechazo, o sencillamente, de algo que les parece completamente ajeno, ni les roza. Realmente tiene como decimos hoy mala imagen y mala prensa. Para los griegos la virtud, arete, era el modo de ser del hombre de índole noble y de buena educación; para los latinos significaba la firmeza con que el hombre noble se situaba en el Estado y en la vida. En la Edad Media germánica significaba la índole del hombre caballeresco. Poco a poco pasó a significar algo vivo y hermoso.
Lo que Romano Guardini nos quiere transmitir con esta palabra es que en cada ocasión, las motivaciones, las fuerzas, el actuar y el ser del hombre quedan reunidos por un valor moral determinante, una dominante ética que configura la manera de ser de la persona. La virtud es la que lleva al hombre a su propia humanidad, a su libertad, a su verdad, a la hermosura de su conducta, a la configuración de su personalidad en una dinámica y rica unidad. Por ejemplo esta es una persona veraz, o justa, o fiel, o comprensiva. De S. José se dice solamente que era “justo”, esa era su personalidad. Quizá conocemos a personas que somos capaces de definirlas con una “virtud”. Yo sí. Pienso en una, en que la columna vertebral de su personalidad es la honradez, y en otra la bondad. Nuestro momento, a pesar de todo su fracaso humanístico en la adolescencia, en la juventud, en la madurez, anhela una interpretación de la vida diaria hecha a partir de algo que de sentido, consistencia, fuerza y vigor a la vida de cada persona.
Nos enfrentamos con una frustración existencial que empieza a preocupar, con fuertes depresiones, con todo tipo de enfermedades psíquicas que afectan desde la adolescencia, con conductas preocupantes. Una persona, de manera muy gráfica, dice que nos faltan “los puntos cardinales” para no decir virtudes cardinales. Porque cardinal viene de quicio. La parte de la puerta o ventana en que entra el madero que asegura y afirma las puertas y ventanas para que girando se abran y cierren. Vamos lo principal y fundamental. Pues nos falta el “quicio” de nuestra conducta. Esta carta la escribió un estudiante, solo un par de líneas: me hallo rodeado por doquier de jóvenes de mi edad, que buscan desesperadamente un sentido a su existencia. No hace mucho murió uno de mis mejores amigos, porque no descubrió este sentido.
Romano Guardini no quiere una ética prohibitiva, todo lo contrario; quiere una auténtica y verdadera propuesta de humanidad. Una virtud significa para él una mirada que penetra, invade y configura toda la existencia humana. Un valor moral que se convierte en dominante y unifica la abundancia vital de la personalidad. Toda virtud es original y fecunda, abundancia de libertad y creatividad, esbozo de alegría, y ciertamente también de dolor espiritual. Su verdadero sentido es que la virtud alcanza a toda la existencia como un acorde que la reúne en unidad, y, asimismo, se eleva hasta Dios, o mejor dicho, desciende de El. De la bondad eterna de Dios desciende la iluminación moral al espíritu de los hombres y da a los diversos caracteres su especial disposición para lo bueno. En la fe cristiana llega a su plenitud ese reconocimiento, porque Cristo asumió toda nuestra humanidad. ¿La virtud de Jesús de Nazaret que unifica su vida? La verdad que se identifica con el camino y la vida. Sí, algo que no se lleva, de lo que no se habla, pero que nos afecta a todos.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
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