En cristiano

La llamada más fuerte

14.06.10 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

La vida es una llamada fuerte, la llamada más fuerte, ¿para qué?
Esto es lo que he sentido por mis conversaciones con una amiga. Ella sabe el bien que me está haciendo, y precisamente con toda su historia personal, sus sentimientos, sus preguntas.

Leí una entrevista que se le hizo a Alberto Contador, el gran ciclista, en la que iba respondiendo desde su manera concreta de ser y de vivir. Siempre admiró el valor de superación en las personas. Lo aprendió en su casa, en el sencillo municipio de Pinto. Es el tercero de cuatro hermanos. Expresaba su convencimiento de que “querer es poder”. La expresión que me gustó fue: nunca dejaré de ser una persona para hacerme un personaje.

Eso es lo tremendo dejar de ser persona y hacerse un personaje como ocurre tan frecuentemente. Ante todo se trata de lo que realmente es el ser humano. Todo lo que es la base primera de la vida. Una persona concreta, una manera de ser, un temperamento entre otros que hay, estas fuerzas y debilidades específicas, estas posibilidades y límites, esta manera de pensar y reaccionar, No está encerrada en si misma, se puede superar. Puede tener ideas de cómo le gustaría ser, y como puede actuar. Y también puede darse esa curiosa acción por la que el hombre trata de escabullirse de lo que es, ignorar su propia realidad, refugiarse en máscaras, disfraces, juegos externos a él. Sencillamente desviarse, perder el camino, en una palabra, prostituirse.

Necesitamos partir de todo lo que realmente es la base primera de nuestra vida. Y así veremos todo como una llamada fuerte a ser lo que realmente nos corresponde. Eso es nuestra vida: vocación, como dicen los pensadores personalistas. Llamada fuerte a ser lo que hemos de ser. Es necesaria la convicción de que no hay una sorda necesidad natural, ni un agradable o perverso azar, sino que todo es una indicación que procede de la sabiduría eterna. La vida humana solo es posible sobre una instancia en la que se pueda confiar, y que es el Dios vivo. No podemos vivir de un modo fatigado y sordo, arrastrando la vida con una especie de resignado encogimiento de hombros. Es mucho más frecuente de lo que puede parecer el número de los que rechazan la vida, de los que la viven como una carga porque ninguna fe, ningún amor les enseña y les muestra el camino. Pero no se puede vivir como persona con motivaciones meramente humanas, sin trascendencia. Soy dueño de mi voluntad y siervo de mi conciencia.

¿De dónde arranca el por qué de nuestra vida? ¿De Quien arranca? ¿De la mudez de la naturaleza, del transcurso del tiempo, del azar, de la perversidad de un poderoso ser, o de la pura sabiduría y amor de Dios? De nada se sale con motivaciones meramente humanas. La llamada fuerte más es la que nos hace nuestra propia vida, en la que hemos de tomar conciencia de que la revelación de Jesús de Nazaret, sustenta todo lo demás. Dicho con palabras humanas, El nos mostró cuál es la disposición de ánimo de Dios respecto a nosotros: u.na relación de amor, de Padre, de amistad. ¿Cómo puede acercarse una persona a otra como un crítico ante el que se encuentra? ¿Eso es un encuentro humano, un encuentro de amistad, un encuentro como el que necesita toda persona? ¿Eso puede ser una llamada a qué? Pues ¿cómo va a acercarse uno a Cristo como crítico?

La cuestión más importante es nuestra vocación, la llamada que Dios nos ha hecho a la vida, su intención omnipotente, creadora y amorosa que se ha dirigido a mi personalmente. Por eso cuando el hombre se aparta de Dios, como dijo el cardenal Ratzinger, hoy nuestro querido Papa Benedicto XVI, no es Dios quien le persigue sino los ídolos. Cuando tenemos dificultades, angustias, desconciertos sólo tenemos que mirar con todo nuestro corazón a Jesucristo y esperar, porque brillará la luz. Cuando parece que todo nos abandona, Dios siempre está llamándonos y precisamente “ahí”, con una fuerte llamada.

La llamada más fuerte, eso es la vida de cada ser humano. Tiene aquí mucho sentido la experiencia de Julien Green: Dios no habla, pero todo habla de Dios. Esa es la llamada fuerte y verdadera. El cristianismo no necesita de propaganda sino de testigos que vivan así su vida. Testigos que como Dostoyevski sienten que Dios le es necesario porque es el único que ser que puede amar eternamente. La revelación nos habla de un misterio, tan consolador como incomprensible: Dios ha prescindido de su infinitud, de su inmensidad, de su intangibilidad en Cristo. Por la encarnación entró El en el tiempo y en el espacio, para formar una única cadena de destino con nosotros, con cada uno de nosotros, en nuestra propia historia.

Cristo es la respuesta total y absoluta a todas las preguntas que podemos hacernos. Es el amigo, el compañero del camino. Cristo jamás vio a la humanidad como una suma de males irremediables, tuvo siempre la total seguridad de que valía la pena luchar por el hombre y morir por él. Por eso en nosotros está la respuesta a esa fuerte llamada que es nuestro estar en el mundo, nuestro vivir. Podemos decidir poner toda nuestra confianza en Dios en todo momento y en todo lugar. El nunca nos rechaza. Busquemos todas las frases que en el Evangelio nos lo expresan así. Y es verdad que esa fuerte llamada requiere nuestra respuesta. Quizá hemos oído ese proverbio ruso: Dios da las nueces pero no las parte. La ayuda de Dios no es la de solucionarnos las cosas. Y Dios no ayuda a los que están llenos de si mismos.


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