Por Carmen Pérez Rodríguez
Decía Tolstoi que a un gran corazón, ninguna ingratitud lo cierra, ninguna indiferencia lo cansa. Todos somos conscientes del gran sentido que tiene lo que dice Tolstoi. ¡Lo que se ha escrito y dicho sobre el corazón¡ Ciertamente un gran corazón es el iniciador de todo, porque el amor es la fuerza de la vida. El corazón, en este sentido del que venimos hablando, es imprescindible para la propia felicidad. La persona que no quiere nunca, que como vulgarmente decimos “no tiene corazón”, ese es ya su mayor infierno, y su desgracia. Cuando se tiene un buen corazón se tiene todo. La misma sabiduría popular sabe que el corazón lo dice todo con una sola palabra. El principito de Saint-Exupery, un libro delicioso sobre la fenomenología de la amistad, aprende que sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible para los ojos. Cuando el corazón es bueno todo puede corregirse. La dinámica de la vida, el dar y el recibir, supone el corazón. Parece que todo se perdona menos no tener corazón, porque entonces ni siquiera se es capaz de experimentar el perdón.
Claro, por eso es tan significativo que se celebren las fiestas, y además seguidas, del Corazón de Jesús y del Corazón de María, porque el corazón es el principio y el fin de todas las cosas. Nos puede hacer mucho bien, y nos puede confortar, sentir las fiestas y las celebraciones que como cristianos, como hijos que somos de una gran familia, celebramos. Son celebraciones que una vez más nos ponen de manifiesto la profunda humanidad del cristianismo y el sentido que tienen en función de la persona, y de todo lo que a ella se refiere. Hoy, nada menos que el amor de una Madre. ¿Me quieren decir a lo largo de la Historia lo que se llega a decir y sentir de una madre según el corazón de Dios?
La fiesta del Inmaculado Corazón de María se celebra el sábado después de Corpus Christi. La fiesta del Sagrado Corazón es el día anterior, o sea el viernes. Celebramos, ahora, las dos fiestas consecutivas para expresar que no tiene sentido pensar en María sin pensar en Jesús. Ella siempre nos conduce a Cristo. La madre une a los hijos. En el siglo XVII S. Juan Eudes ya sintió la necesidad de abrirse al amor de Cristo y de María en el signo y señal de su corazón. En 1942, en plena segunda Guerra Mundial el Papa Pio XII consagró el mundo al Corazón Inmaculado de María. Y la fiesta fue oficialmente establecida para toda la Iglesia el 4 de mayo de 1944, para obtener por la intercesión de María lo que los hijos tanto necesitamos. El Papa Juan Pablo II declaró que la conmemoración del Inmaculado Corazón de María, fuera de naturaleza obligatoria, no opcional.
La auténtica piedad mariana, nos dice Benedicto XVI, se realiza en su estrecha referencia a Cristo. Y no se puede recluir en aspectos parciales de lo cristiano; ni tampoco reducir lo cristiano a aspectos parciales de sí mismo. Debe abrirse a la amplitud total del misterio y convertirse en camino hacia dicha amplitud. La piedad mariana está siempre en tensión entre racionalidad teológica y afectividad creyente. Pertenece a su esencia, y le incumbe de lleno, no dejar atrofiarse ninguna de las dos. No olvidar en el afecto la sobria medida de la razón, pero tampoco ahogar con la sobriedad de una fe inteligente al corazón, que a menudo ve más allá de la pura razón. El centro del conocimiento teológico es que son bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. El órgano para ver todo lo referente a Dios es el corazón purificado. Y a la piedad mariana podría corresponderle provocar el despertar del corazón y realizar su purificación en la fe. Si la pobreza y miseria del hombre actual es desmoronarse cada vez más en un puro reduccionismo y materialismo y por otra parte, en una pura racionalidad, la piedad mariana puede contrarrestar tal descomposición de lo humano y ayudar a recuperar a la persona, la unidad de la persona, en el centro, desde el corazón.
Pensemos lo que hemos dicho al comienzo sobre el corazón. Pues el cristianismo nos lo presenta de manera excepcional y única en el Inmaculado Corazón de María. El Corazón de la Madre de la Iglesia nos hace sentir el dinamismo histórico de la salvación que nos une a los hijos, y nos asigna nuestro lugar en la historia. María no está simplemente en el pasado, ni sólo en lo alto del cielo, no hay nada así en el cristianismo. El cristianismo siempre es un hecho actual. Está y sigue, presente y activo en el actual momento histórico. Nos explica nuestro momento, no mediante teorías, sino actuando, mostrándonos el camino a seguir. Cada uno en su vida, en su historia personal, en sus situaciones concretas tiene que hacer visible quien es Ella, y saber de su Corazón maternal. Si como ha sido capaz de sentir un gran escritor: a un gran corazón, ninguna ingratitud lo cierra, ninguna indiferencia lo cansa, ¿cómo será el latir del Inmaculado Corazón de María, la Madre según el corazón de Cristo?
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn