Por Carmen Pérez Rodríguez
Comentábamos hace pocos días un artículo de Fabrice Hadjadj en L´Osservatore Romano sobre los ataques a Benedicto XVI que se llamaba La última bienaventuranza. Uno de los motivos que dice él, incluso para alegrarse en este linchamiento que ha provocado la pederastia, es el sentido de paternidad de la Iglesia Católica. El sacerdote pederasta prostituye esta paternidad.
El análisis que hay en la raíz del artículo tiene un sentido muy parecido a lo que Chesterton llama en El hombre eterno, Las muertes de la fe. La fe parece arrojada a los perros, pero son los perros los que perecen. El extraño giro que siempre ocurre en la historia es algo que conmueve. Muchos esperan continuamente que la Iglesia, el Papa, el cristianismo, se precipite como una catarata de catástrofe. Pero esto es ya un hecho definitivo y extraordinario. La fe, en la que Chesterton sintetizó todo lo que comporta el acontecimiento cristiano, ha muerto muchas veces y a menudo de vieja. Ha sido muchas veces asesinada. Ha sobrevivido a las persecuciones más salvajes y universales. Pero más extraña es siempre su pervivencia. Ha sobrevivido no sólo a la guerra sino también a la paz. Decayó y se degeneró. Ha sobrevivido a su propia debilidad, a las traiciones, crímenes y prostitución de sus propios miembros, y hasta a su propia rendición. De todo sale purificada y renovada.
El punto de vista ahora concreto que nos puede servir de conmoción es el sentido de paternidad de la Iglesia Católica. Nuestra sociedad necesita una fuerte revisión de este sentido. Lo que favorece la tendencia a abusar de los niños, a la prostitución de la sociedad, es una sociedad horizontal en la que no se reconoce un hecho tan natural como la familia. Una sociedad horizontal atenúa el sentido de la paternidad, de la verticalidad, no se reconoce la jerarquía de las generaciones. Se ignora el auténtico y profundo sentido de la autoridad.
La sociedad no parece hoy un hecho natural fundado en la familia. Se habla de contratos suscritos por meros individuos, sin pertenencia, sexo o filiación. Se legisla de manera completamente ajena de lo que es realmente la persona humana con toda su capacidad y riqueza, con toda su dimensión de trascendencia. Todo aparece en el mismo nivel. Pero ¿por qué no es posible, por ejemplo, realmente la relación sexual entre un adulto y un niño? Este primer “por qué” es pregunta. Ahora es un “porque” que es causa, razón. ¿Porque el niño no es capaz de consentimiento’ ¿Porque no es consciente de su libertad y responsabilidad? ¿Porque el ser humano es una persona, que necesita realmente ser él mismo, en su sexualidad, en toda su personalidad? O sea que hay una naturaleza humana, una manera de ser, que necesita una familia natural.
Para salir de la situación en la que estamos, algo urgente es restaurar el sentido de paternidad y de la maternidad desde la perspectiva divina, hasta llegar a informar y configurar toda paternidad y maternidad humana. Evidentemente pasando por la paternidad sacerdotal. La afirmación de Fabrice Hadjadj es clara: la existencia misma de un “Santo Padre” indica la exigencia de una amor radical y vertical por los niños que prohíbe todos los abusos de la horizontalidad.
En el Evangelio se nos dice: hay que sentirse hijo, mirar a Dios como Padre, sentirle como tal, invocarle con todo el corazón: Padre nuestro. Comentábamos un día una de las parábolas de Jesucristo más profundamente humanas y cercanas: la del hijo pródigo. El padre pierde al hijo menor, pero respeto su libertad: es paciente, espera, ama, y ya le ha perdonado. Y lo mismo ocurre con los celos del hijo mayor: hijo tú siempre estás conmigo. Sus afirmaciones en el Evangelio son constantes: mirad las aves del cielo que no siembran, ni siegan y vuestro Padre celestial las alimenta ¿no sois vosotros mucho mejores que ellas?
Lo que ocurre nos lleva a ver de manera clara que vivimos una pobre y horizontal sociedad en la que todo vale, y en la que nada merece la pena, ni cuenta. La paternidad natural tiene que aprenderse de la paternidad divina. La familia es la forma natural que está insertada en el misterio de la Iglesia, en la realidad de la Historia de la humanidad que es Historia de salvación. La familia es una iglesia doméstica, y la Iglesia es la gran familia de Cristo Resucitado, que entre luces y sombras, entre angustias y esperanzas hace un camino que solo cada uno, de manera libre y responsable, podemos hacer con ella y en ella. Se puede herir y matar al Papa, pero no se puede herir y matar lo que llamamos los artículos de la fe. En estos tiempos de oscuridad, y ante sacudidas como las que estamos viviendo, aparecen por todas partes síntomas de nostalgia y búsqueda de la verdadera paternidad y filiación, de la necesidad de la verticalidad y de la autoridad divina.
Esta situación no puede significar rechazar a los testigos de la fe, de la esperanza y de la caridad. Son las realidades más profundas y necesarias de la vida humana, sin las que literalmente no se puede vivir. Rechazar a estos testigos es cometer un abuso contra los niños y contra toda la sociedad. Dice Fabrice Hadjadj que los ataque que Benedicto XVI está sufriendo, y en él toda la Iglesia, no hacen más que conformarlo mejor a Cristo y permiten al creyente admirarlos más todavía como su inesperado vicario.
Martes, 29 de mayo
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