En cristiano

Un buen y concienzudo cirujano

07.06.10 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

A una madre de familia se le ha presentado de pronto, en una vida completamente organizada y “aparentemente” con todo en orden, una de esas situaciones tan duras y difíciles que trastornan completamente la marcha, el camino. Vamos, la expresión que se dice tan corrientemente: les ha cambiado de manera radical la vida, se han quedado como vacíos, como sin armas. Una situación en la que inmediatamente uno mira a Dios y le grita desde el corazón ¿Dónde estás? ¿Pero puede pasarnos esto? ¿Para qué todo “esto”? ¿Qué hemos hecho para merecerlo? ¿Cómo seguir, cómo vivir? ¿No parece que se nos ha cerrado la puerta en las narices, con un ruido de cerrojos de doble vuelta en el interior? ¿Qué puede significar “esto”? Cuando más necesitamos a Dios está ausente.

Esta amiga es una formidable profesora de física, en concreto de mecánica cuántica, creo que se llamaba mecánica ondulatoria y que es una ciencia que explica el comportamiento de la materia y de la energía. Aunque su aplicación puede ser universal es el mundo de lo pequeño donde las investigaciones difieren de la física clásica. Su marido es un buen ejecutivo del campo empresarial. Doy estos datos porque los dos se movían en un tipo de certezas, de datos, de comprobaciones de resultados, de eficacia, que quizá no habían comprendido como había penetrado en ellos, como les habían invadido. Su manera de enfocar los hechos, la solución a las dificultades, todo parecía encasillado dentro de unas coordenadas controlables, experimentables. O sea, lo importante era solucionar las cosas de una manera operativa y eficaz.

En una de nuestras inolvidables conversaciones recordábamos una anécdota que le ocurrió a C. S. Lewis, y la cuenta él mismo. Le preguntó a un amigo: Cuando acudes a Dios en una necesidad desesperada ¿con qué te encuentras? Cuanto más esperas parece mayor el silencio. El amigo le recordó que Jesús de Nazaret, a la hora de gran necesidad también gritó ¿Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado? A lo que Lewis le contestó: ¿Y qué? ¿Se consigue con eso que las cosas se vuelvan más fáciles de entender? A raíz de toda esa situación, decía Lewis que el peligro para él no fue en ese momento dejar de creer en Dios. El verdadero peligro está en empezar a pensar tan horriblemente mal de El. La conclusión a la que temía llegar no es la de: no hay Dios a fin de cuentas. Sino la de: de manera que así era Dios en realidad. No te sigas engañando.

Con su anhelo de Alegría, de Felicidad, de Verdad, -no olvidemos que su conversión la describe en un libro que se llama Cautivado por la alegría-, Lewis llegó a sentir en lo hondo de su corazón y a entender con su profunda inteligencia, como un Ser Omnipotente que le amaba podría permitir tal sufrimiento. Y empezó a pensar en Dios como en un buen y concienzudo cirujano: cuanto más acendrada sean su bondad y su esmero, más inexorable se mostrará en manejar el bisturí. Si cediese a nuestras súplicas, si interrumpiese la operación antes de darla por concluida, todo el dolor padecido hasta ese momento no había servido para nada. El sufrimiento existe, el sufrimiento tiene lugar. Si es innecesario es que no existe Dios o que el que hay es malo. Si existe un Dios amor, “bienintencionado”, omnipotente, será que el sufrimiento es necesario. Ningún Ser medianamente bueno podría infligirlas o permitírselas, si hubiera otro remedio. ¿Qué quiere decir la gente cuando afirma, yo a Dios no le tengo miedo porque sé que es bueno ¿han ido al dentista alguna vez?

Eso es lo que estamos aprendiendo juntos estos amigos y yo. Cuando nos volvemos a Dios, con todo el corazón abierto y confiado a su voluntad, aunque no veamos con la claridad con la que vemos las cosas en nuestra profesión, en las realizaciones, en el orden y proyectos en los que nos movemos, no nos encontramos ya con ese vacío, ni tampoco con una red de teorías científicas, comprobables, de cosas eficaces, de utilidades, goces planteados como unas cuentas, o unos experimentos. Dios no hace experimentos con nuestra fe, con nuestro amor. El sufrimiento en sí no es bueno, lo que es bueno es lo que se aprende, la comprensión que produce, el megáfono que puede ser en un momento en el que nos parece que todo está en orden y resulta que estamos realmente aturdidos. Dios que es Padre sabe como “operarnos” en esa situación. Una cosa es el bien sencillamente, cuyo origen es Dios. Y otra el poder, el amor de Dios que puede hacer un “bien complejo” a partir de un sufrimiento, de un mal realizado por una criatura. No podemos dar a la palabra amor, alegría, en una palabra, “vida”, un sentido trivial.

Mis amigos han visto un “orden nuevo”, una situación nueva. El sufrimiento aparece en toda vida. Cómo reaccionamos ante el determina cómo influye en la calidad de nuestra “nueva” vida. Si creemos en un Ser Supremo que es Padre, ama, y “controla” en último extremo nuestro destino podemos aguantar, vivir con paciencia y esperanza.


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