Por Carmen Pérez Rodríguez
La gran solemnidad del Corpus Christi. El día de Corpus Christi quiere celebrar, de la manera más solemne y festiva, más radiante y luminosa, más llena de gratitud y reconocimiento, lo que diariamente ocurre, lo que es la vida, el corazón de la Iglesia. El asombro inunda a los que creen. Desde niños se nos ha enseñado a muchos a responder al misterio eucarístico con las palabras del apóstol Tomás: Señor mío y Dios mío.
Eso siento este año que es la Fiesta del Corpus Christi: una respuesta al misterio del Dios escondido. Una respuesta que la libertad humana ha ido dando a lo largo de la historia. Sean los autos sacramentales, sea la poesía, la música, las procesiones solemnes, las celebraciones, los movimientos católicos de adoración al Santísimo. Todo es respuesta ante la gran realidad del Misterio de la Eucaristía. ¿Cómo ante semejante manifestación de Dios no va a responder el ser humano? Cada uno damos nuestra propia respuesta. Siempre la damos. La negación, la incredulidad, la indiferencia, la ignorancia, la superficialidad, la duda, la desconfianza son una forma de respuesta. Como lo es la fe con todas sus consecuencias: la confianza, la seguridad en su palabra, el reconocimiento, la gratitud, la adoración, el entusiasmo, la relación personal con El que ama hasta el extremo. Toda actitud humana es una respuesta ante esa gran realidad que se vive y celebra en el silencio de las Iglesias, de las capillas, de los oratorios.
He leído una teoría de la mística judía que me ha gustado. Es la teoría del Tsimtsum que puede resumirse en el fenómeno de contracción divina con el objetivo de permitir la creación. Dios crea al mundo como el océano hace aparecer la tierra, retirándose de ella. Es lo que acontece con la fe. Somos judeocristianos. Somos conscientes de lo que es la Creación, manifestación de Dios, la obra de Dios. Y la historia es historia del Salvación. El Antiguo Testamento también está en Jesucristo. Dios se oculta y el hombre le busca con deseo, la fe es el modo de encontrarse con El. Jesucristo, el Hijo de Dios se retira pero se queda oculto en la Eucaristía.
Según la interpretación rabínica el Señor dijo a Moisés: allí donde veas las huellas del hombre, allí estoy yo delante de ti. Lo importante, ante la intervención de Dios, es ya siempre la libertad humana, la respuesta que da. Un relato jasídico explica de manera muy gráfica lo que significa la idea del Dios escondido, el Dios que esconde su rostro. Yejiel, el nieto del importante Rabí Baruj, jugaba un día al escondite con otro niño. Encontró un buen sitio para esconderse, se escondió, y esperó, como se hace en el juego, a que a que su compañero le buscara y le encontrara. Esperó mucho tiempo y al ver que no venía, salió de su escondite y se dio cuenta de que su amigo no le había buscado en ningún momento, sencillamente se había ido. Rompió a llorar y se fue con su abuelo a quejarse del amigo infiel. El abuelo comprendió a su nieto y las lágrimas afloraron en los ojos de los dos. El Rabí Baruj dijo: Dios dice lo mismo, me escondo, pero nadie quiere buscarme.
Esto nos pone de manifiesto lo que Dios hace para que los seres humanos le busquemos, y nos hace sentir nuestra libertad y responsabilidad ante la búsqueda y la respuesta que damos. El autor del salmo 27 vivió la dolorosa experiencia de abandono y encontró en Dios un padre solícito: Oigo en mi corazón: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré Señor. Nada ha podido acabar dice Martin Buber, con ese Dios de inacabable presencia. Ninguna ideología, ninguna corriente de pensamiento han podido arrancar del corazón del hombre la necesidad y la búsqueda de ese Dios escondido, pero que se manifiesta. Cada uno ha de buscarle.
Desde que el Hijo de Dios vino al mundo en Jesús de Nazaret, la búsqueda del rostro escondido de Dios ha asumido una dimensión clara. Quien me ve a Mi, en todo mi hacer, en todas mis signos y señales, en toda mi Presencia ve al Padre. Nos amó ante el extremo de su Presencia real en la Eucaristía. Por eso Juan exclama lleno de estupor y admiración: mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, y ¡lo somos¡
Mi respuesta ante esta gran celebración ¿cuál es? ¿Le encuentro a El o me quedo entre el follaje de la fiesta, en el espectáculo que se contempla? ¿Qué aprendo, que descubro en cada Corpus Christi del rostro de Dios? Se oculta para que libremente le busquemos y le busquemos con deseo ante todo y en todo lo que ocurre en nuestra vida. Somos seres libres y Dios se oculta para mantener despierta mi atención hacia las cosas pequeñas, para darme un espacio en el que arriesgue mi propio camino. No deslumbra mi inteligencia para que con mi libertad y mi responsabilidad, no quede retrasada y Le busque y Le encuentre.
Es verdad que pueden brotarnos palabras como las de S. Agustín en sus confesiones: ¿Qué soy yo para ti, para que me mandes que te ame y si no lo hago ahí está mi miseria?
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
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