Por Carmen Pérez Rodríguez
Seguimos con lo que puede parecer una gran paradoja, y que es la gran realidad: Por qué se esconde Dios, por qué es Dios un Dios escondido. Por que se manifiesta de la manera que lo ha hecho. Nuestro verdadero encuentro con Dios requiere este camino de intimidad, de fe, de humildad. ¿Dios lo podía haber hecho de otras mil maneras? Es posible. Pero la realidad es que hizo lo que es adecuado a la naturaleza humana, lo que es más propio para el ser humano y el camino de su realización y plenitud. Lo hizo de la manera que nos “corresponde”, que corresponde a nuestra condición de un ser libre y responsable, que está lleno de anhelos y deseos, que aprende y reconoce. Corresponde a nuestra manera auténtica de encontrarnos realmente con Él.
Comentábamos ayer dos puntos de vista: el Dios escondido impide el malentendido sobre la misión de Jesucristo que es una misión de humildad. Y en segundo lugar nosotros, que somos los que recibimos el Anuncio de Dios, como ocurrió con los dos primeros cristianos, María y José, necesitamos recibirlo no como una ciencia, sino como una vida.
En tercer lugar los signos que Jesucristo nos ha ofrecido respetan nuestra manera de ser, nuestra inteligencia y nuestro corazón. Nos preservan de la violación de lo absurdo, y nos protegen contra la violencia de la vanagloria. No producen estos signos evidencias tan deslumbrantes que nos fuerzan como esclavos. No se imponen por la fuerza. Todo lo contrario, Cristo, con sus signos, quiere liberarnos como hermanos. Esta es la lucidez de nuestras tinieblas, la luz de la oscuridad de la fe. Esta penumbra y a veces oscuridad es para “mendigar” el plus de un consentimiento libre, nos dice Fabrice Hadjad, en cuya compañía y experiencia seguimos. Su poder podría hacer que en cada Eucaristía, en la Primera Comunión que hacemos a la edad que sea, al recibir la Confirmación, en la celebración del Sacramento del Matrimonio, o en un día radiante como es el día de Corpus, una columna de fuego abrasara el altar, o en la Magnifica custodia en la que camina por las calles el Dios escondido presentara signos asombrosos de su magnificencia y gloria. ¿Pero que sería de nuestro camino de fe, de nuestra humilde y sencilla respuesta, de esa penumbra amorosa en la que damos una respuesta a Dios? ¿Qué sería de la respuesta que podemos dar desde nuestra condición humana?
Nuestra adoración, ante hechos espectaculares, sería exterior, forzada, servil, mientras que viniendo en pobres especies, Dios nos da el poder darle nuestra confianza, nuestra fe firme, nos mendiga el amor que El mismo nos insufla en secreto, y nos lleva a saber estar en las dificultades y sufrimientos de la vida. Porque El siendo rico, por nosotros se hizo pobre, a fin de que nos enriqueciéramos con su pobreza dice S, Pablo.
“Si no hubiera oscuridad, el hombre no notaría su corrupción; si no hubiera luz, el hombre no esperaría remedio. Así pues, no solo es justo, sino también útil para nosotros, que Dios esté parcialmente escondido y parcialmente descubierto, puesto que es igualmente peligroso para el hombre conocer a Dios sin conocer su miseria y conocer su miseria sin conocer a Dios” Es un texto de Pascal. Decir sí a través de la fe, en la penumbra, en la dificultad, está más lleno de amor que decirlo en la luz. La fe nos libera del orgullo y de la vanagloria. Nuestra oración no es una pose, ni una exhibición de valentía, sino un abandono y un clamor que nos hace participar del amor. Dios da sin hacerse ver, y nosotros damos gracias sin estar obligados a hacerlo, con amor y confianza.
Y por último Fabrice Hadjad nos presenta un cuarto motivo de por qué se esconde Dios. Deducible de los otros tres: formamos el cuerpo místico. Al no revelarse inmediatamente, Dios deja espacio para la mediación de sus criaturas. Concede a toda la creación ser portavoces suyos. Le encontramos los unos en los otros. No podemos ir hacia El sin ir hacia los demás. Esta forma de relación y de encuentro nos hace vivir en una comunión, siendo cada uno para el otro testigo del misterio. A través de testigos es como sabemos de la Encarnación, de la Resurrección, de su Presencia real en el Sacramento de la Eucaristía. Por esta comunión somos Iglesia, y sabemos de los sacramentos, el verdadero plan vital, que El quiere para cada uno de nosotros.
Gocemos realmente de la celebración de la fiesta del Corpus Christi. Alegrémonos de la fe de la que hemos de vivir. Sin fe y confianza no hay amor. ¿Y cómo se realiza esta fe si no es así? Dios está real y sacramentalmente presente, es el gran signo que no nos aplasta sino que nos conmueve. No es una teoría, ni un discurso demostrativo. Es Cristo que como pan y vino se nos ofrece. Es una Presencia que conforta y consuela, que no domina, ni se impone. Requiere de nuestra confiada entrega. Dejemos que el Dios escondido nos toque. Somos capaces de recibirle, de encontrarnos con El. Mi yo se vuelve tan libre y abierto que puede creer y confiar en El, puede amarle.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
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