Por Carmen Pérez Rodríguez
Esta vivencia me la ha suscitado Fabrice Hadjad, y precisamente por su reflexión de por qué se esconde Dios. Algunos dirán ¡Ah¡ pero ¿Dios se esconde? ¿El Dios que nos revela Jesucristo se esconde? Realmente Dios es el Dios escondido, al que únicamente se Le descubre en el camino de la fe humilde. Este convertido nos lo muestra en el libro La fe de los demonios o el ateismo superado. El capítulo se llama la lucidez de las tinieblas y el punto concreto es “por qué se esconde Dios”
Su reflexión me ha hecho reconocer, abrirme al misterio del Dios escondido, entender un poco más que es eso de la fe. Parece una gran paradoja, parece extraño y opuesto a lo que es la opinión común y el sentir de muchas personas sobre “Dios”. Un Dios que deslumbra, que aplasta, que todo lo hace y tiene la culpa de todo, la responsabilidad de todo. Un Dios, quizá como un científico que todo lo controlara y supiera, un invencible general, o un todopoderoso director de empresa. No se, son tantas las cosas que se le ocurren a los hombres.
Pues no, Dios esta por encima de todo eso. Es el Dios escondido y nosotros necesitamos día a día ir por el camino de la fe, Necesitamos de la lucidez de las tinieblas. Fabrice Hadjad reflexiona sobre la manera de hacer, de hablar de Jesús, el Hijo de Dios. Ayuda mucho. Y se siente de otra manera la celebración, ahora concretamente, del Corpus Christi, la fiesta de la exaltación de la Eucaristía. Por parte de Dios: misterio de silencio, de sencillez, de ocultamiento, de humildad, de amor, de respeto al hombre que ha creado libre, y del que quiere su respuesta. Se nos da en una pobre apariencia de pan y de vino, de comida y bebida. Así se nos da y así está con nosotros. Y el contraste es lo que ha ocurrido, lo que ha suscitado en el hombre sencillo y creyente, en el hombre que deja salir lo mejor de sí: adoración, admiración, creación de grandes obras de arte, grandes y solemnes fiestas. El hombre, que ha creído a lo largo de la historia, y cree, responde con los mejor de sí mismo en todos los campos a los largo de los siglos. La fiesta del Corpus Christi es la respuesta de muchos hombres que creen en el Dios escondido.
Por qué se esconde Dios. Cristo constantemente exige que se silencien las exclamaciones que declaran su identidad y que se oculten los milagros que atestiguan su poder. Seguro que muchas veces al leer el Evangelio nos ha extrañado la actitud de Jesús de Nazaret. La gran discreción de Cristo, del Ungido de Dios, del Hijo de Dios, parece que pone trabas a su propia revelación. Parece que a muchos les hubiera gustado una operación de publicidad mejor hecha, con otros resultados, con signos más convincentes. En Dios no hay manipulaciones, no hay facturas enormes que pagar. Su discreción tampoco son secretitos, lo mismo que su anuncio no es exhibición. Es la gran paradoja. Lejos de ahogar el gran testimonio, la verdadera proclamación, la despliega en profundidad, Lejos de rechazar su reino, lo afirma como un reino de amor, no de fuerza, de misericordia no de imposición y dominio.
La misión de Cristo es una misión de humildad porque los hombres necesitamos de ella y de la fe. Pensemos seriamente, nuestro camino es de la fe., el de ir viendo las sombras y la luz, la alegría y el sufrimiento. Es nuestra manera real de crecer, de ser, de abrirnos a la inmensidad de Dios. La manera de actuar de Cristo va en otra dirección de la voluntad de poder. Herodes ha oído hablar de Jesús de Nazaret y siente una gran alegría al verlo porque espera que le muestre alguna maravilla. Cuanto más se reduzca a Cristo a un milagrero, a un Führer, a un conquistador, a un poderoso, menos se le reconocerá, No habrá posibilidad de encuentro con El. No está en la línea de la supervivencia del más fuerte. Es su atención a lo más pequeño. Jesucristo quiere lo que el hombre sencillo saca a la luz cuando la ducha de la desgracia lo serena y le disipa los vapores de la vanidad, cuando el dolor o la desgracia desnuda al personaje en el que nos podemos convertir cada uno de nosotros. Quiere la humildad que en palabras de Sta. Teresa es andar en verdad.
Y en segundo lugar, el ser humano lo que necesita es reconocer a Dios, abrirse a El, encontrarse con El no como con una ciencia sino como con la vida. Jesús se revela a través de un secreto: no viene a proponer una teoría perfecta pero exterior a nuestros corazones. No quiere un saber resplandeciente que nos cautive y deslumbre. Nadie puede acogerlo como sabio más que como amigo. A los que en El creen los llama amigos. Jesús de Nazaret podía hacer bajar ejércitos de ángeles más eficaces que nuestros mejores expertos en marketing operativo. Pero mo es un seductor, ni un opresor, ni un rey temporal. Cuando el hombre reflexiona sobre su vida y luego ve el Evangelio ¡cómo no se va a quedar desconcertado y dividido dentro de sí mismo¡. Por eso la súplica que a muchos nos puede brotar del corazón es: Señor dame la luz de la fe, impide a mi corazón el velo de una ciencia, de un saber, que me oculta la vida, que me oculta a Ti, mi Dios desconocido. Seguiremos.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
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