Por Carmen Pérez Rodríguez
Es sencillamente entrañable, cercano, próximo a nosotros. Nos conmueve y alegra. Eso es lo que muchos sentimos, ante el hecho de que una joven mujer, embarazada, se entere que una prima suya que no tenía hijos, también está embarazada, y está ya en el sexto mes. Y la que parecía que no había posibilidad de que tuviera hijos, pues va a dar a luz a un niño que va a admirar, a entusiasmar, que va a marcar un paso importantísimo en la historia. No ya del pueblo en el que vive, ni del momento en que vive, sino de toda la humanidad, de la historia de la humanidad. En moderno se hablaría de alguien con el que la gente va a “flipar”. La verdad es que “flipar” tiene un sentido muy gráfico, gustar, agradar mucho, entusiasmar. Pues la joven que está en el inicio de su embarazo, se queda con la prima los tres meses que le quedan a ella para dar a luz. Sencillamente entrañable, humano, cariñoso.
Estamos hablando naturalmente de lo que muchos de Vds. han comprendido inmediatamente: de la fiesta de la Visitación de la Virgen María a su prima Sta. Isabel. Con lo cual todavía es más impresionante, porque resulta que, aunque lo que aconteció a María, está profundamente en conexión con lo que le ocurre a su prima, Ella es la bienaventurada que pone en marcha el camino de la fe que todos hemos de seguir, porque ha creído en lo más grande que ha ocurrido, ocurre y ocurrirá. Ciertamente, Bendita tú entre todas las mujeres Y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a verme? “Dichosa Tu que has creído”. Fue Isabel, la prima ya entrada en años, la que dijo lo que repite todo aquel que tenga entrañas humanas, anhelos de lo que da sentido a la vida, y a la muerte, y quiera reconocer su propia vida y su propia historia. En el Ave María, la oración que es como el Padrenuestro de María, oramos a diario con la Anunciación y la Visitación. ¿Verdad que son dos oraciones el Padrenuestro y el Ave María que no podríamos pasar un día sin decirlas con todo nuestro corazón? Realmente son dos oraciones que pueden aflorar de interior de todo ser humano. Digámoslas a solas, viendo el cumplimiento de nuestros deseos y anhelos. Y reconoceremos que todo ser humano que las dijera en espíritu y en verdad se sentiría mejor.
El abrazo de las dos mujeres, aunque ellas no tengan la perspectiva que nosotros ya tenemos, marca la historia. Ahora es el Magnificat el que estalla en el corazón de María. ¡Vaya abrazo en el que se funden el Antiguo y el Nuevo Testamento¡. Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu está transportado de gozo porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí. Verdaderamente el cristianismo es lo más profundo, y hondamente humano que podemos vivir. Así son sus signos, sus hechos, sus señales, sus muestras, su lenguaje en una palabra. ¿Hay algo más expresivo que un abrazo así? No hay nada en el cristianismo ajeno a la humanidad de nuestra condición, de nuestra grandeza, de nuestras posibilidades. No hay nada ajeno a lo que puede conmovernos, hacernos sentir, engrandecernos, dignificarnos.; ponernos en el camino de nuestra libertad y verdad. Hace un tiempo comentaba en esta ventana abierta que tengo una amiga que expresa toda su manera de ser en el abrazo. Es una mujer que con su vida “abraza” y cuando abraza expresa lo que realmente hay en el abrazo: reconocimiento, bondad, verdad, confianza, cordialidad, estima, seguridad, alegría por el encuentro… Sigan añadiendo sentimientos, y pensemos en el abrazo de María y de su prima Isabel.
Como siempre, en el cristianismo, realidades concretas como es este hecho de la vida de María. El abrazo en el que se funden las dos mujeres embarazadas, ha servido de inspiración a numerosos artistas. Esta escena ha sigo pintada, esculpida, escrita, convertida en poesía en el mundo entero. El fragmento de la narración del Evangelio de Lucas ha sido convertido en arte, en expresión de la belleza. Belleza que se expresa en el abrazo de estas dos mujeres con la realidad que implica y el profundo significado humano y divino. Con el sentido del diálogo que de corazón a corazón surge en ellas.
La celebración de la fiesta es de iniciativa, de sensibilidad franciscana. S. Buenaventura, franciscano, llamado el doctor seráfico (viene el nombre de los serafines, los espíritus bienaventurados), la inició en el año 1263. Los franciscanos querían acentuar aún más la devoción a María en la naciente orden. Posteriormente en 1389 fue instituida fiesta para toda la Iglesia universal, precisamente recurriendo a la Madre en ese momento difícil del llamado cisma de Occidente. En el calendario promulgado por Pablo VI en 1960 se colocó el 31 de mayo por estar situada entre la fiesta de la Anunciación del Señor y la de S. Juan Bautista, y para culminar en ese día el mes dedicado al culto mariano, al menos en Europa.
Un abrazo en el que se expresa lo inseparable de lo humano y lo teológico. En él se puede ver la respuesta de la creación entera al plan de Dios. Ahora la de cada uno de nosotros puede ser rezar el Magnificat.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
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