Por Carmen Pérez Rodríguez
Entramos también nosotros en esa conversación de Peter Seewald con el Papa Benedicto XVI. Necesitamos hoy atisbar, como el periodista, algo del océano de Dios, de la mano de Benedicto XVI, para que se produzca en nosotros un nuevo despertar a la realidad del amor de Dios, que se celebra y vive en el Congreso Eucarístico Nacional de Toledo, para vivir un encuentro con Dios Padre, con Dios Hijo, y así, sentir el Consuelo del Espíritu, la Luz que nos penetra.
No puede ser que me deje igual pensar en un Dios personal que se nos ha revelado a través de Jesucristo, en el llamado misterio de la Santísima Trinidad y en su Presencia real en la Eucaristía. El Dios único y verdadero, no puede dejar igual. O es que, sencillamente, no me he sabido poner ante el océano de su inmensidad. Si las cosas siguen igual en mi vida es que no me he sentido hija del Padre, coheredera con Jesucristo a la casa del Padre, y renacida por el Espíritu a una nueva vida. No puedo ni afirmar, ni negar, al Dios único, con mis medidas y con mis esquemas. Bueno, negar ese Dios de mis medidas, es lo que debo hacer de inmediato. Y también ponerme con mi inteligencia y con mi corazón, abiertos ante lo que Dios ha querido revelarnos, ante lo que Dios ha expresado. Y precisamente en estos momentos del X Congreso Eucarístico nacional, en el que, como una gran familia, reconocemos públicamente, una vez más, el amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, entregado a la humanidad. Me acercaré al altar de Dios, la alegría de mi juventud.
Dios ha hablado, se ha revelado, se ha expresado a nuestro entendimiento y a nuestro corazón. ¿Nos escandalizamos de que Dios se haya revelado, expresado a nuestro corazón y a nuestro entendimiento? Nos da capacidad para hacer el bien, para crear y gozar de la belleza, para investigar y conocer la naturaleza ¿y no vamos a ser capaces de atisbar algo el océano de su misterio a través de la Trinidad y de su Presencia en el misterio de la Eucaristía?
No se si sabían que en Irlanda, el trébol es el símbolo de la nación porque S. Patricio lo utilizó como imagen de la Santísima Trinidad. S. Patricio, que nació en la actual Escocia, alrededor del año 387, era hijo de un oficial romano, cuya religión era el cristianismo. No voy a contar su vida. Sencillamente que se le conoce como el Apóstol de Irlanda. Tuvo que explicar lo que era la Santísima Trinidad, y, para que todos lo entendieran, utilizó un trébol como muestra, explicando que la Santísima Trinidad, al igual que el trébol, era una misma unidad pero con tres Personas diferentes, una misma hoja con tres foliolos. La necesidad de las imágenes.
Nos recuerda el Papa Benedicto XVI en la conversación en la que nos hemos introducido, la conocida leyenda de que S. Agustín había encontrado a un niño en la playa haciendo un hoyo e intentando con la concha meter el océano en él. Al verlo, el santo comprendió que tan imposible es meter el océano en este hoyo como meter el misterio de Dios en tu cerebro, demasiado minúsculo para ello. La leyenda es una expresión muy certera de nuestras limitaciones, pues el océano no cabe en la pequeña concha de nuestro pensamiento por mucho que este se amplíe. La Alteridad Absoluta de Dios sigue siendo incomprensible para nosotros. Dios es Uno y es la Unidad Suprema que es unidad que surge mediante el diálogo amoroso. Dios, el Uno, es al mismo tiempo relación en sí mismo, de ahí que pueda generar relación.
Y el periodista le hace la misma pregunta que muchos nos hemos hecho. ¿Cómo surge entonces la teoría de la Trinidad? ¿Cómo surgió en la mente humana el misterio de la Trinidad? ¿Cómo se supo de este misterio? La contestación de Papa es inmediata. De la relación con Cristo. En Jesucristo y por Jesucristo se atisba el océano. Del hecho de que Jesús de Nazaret llamaba Padre a Dios y se calificaba a si mismo de Hijo, no de un hijo de Dios, sino de Hijo idéntico a Dios. El Padre y El era una misma cosa. Quien le ve a El ve al Padre. Existe un hecho probado por la experiencia y es el diálogo constante de Jesús de Nazaret con el Padre. A partir de este diálogo entre Padre e Hijo, sale constantemente al encuentro de sus oyentes. En sus palabras, nos topamos con la igualdad, la unidad y la divinidad.
Y la presencia del Espíritu Santo está desde el momento de la Encarnación. Del Espíritu Santo se nos exponen sus efectos. En la Encarnación el Espíritu Santo viene sobre María y el poder del Altísimo la cubre con su sombra, por eso el que nace es santo y es llamado Hijo de Dios. Cuando Jesús habla del Espíritu Santo le llama el Paráclito, el Consolador, el Abogado que El nos da. Es evidente que tiene el mismo rango y que esa esencia relacional de Dios se expresa en el triple entramado Padre-Hijo-Espíritu Santo. La teología, y es razonable y está en el corazón del hombre, ha emprendido numerosos intentos, muy conmovedores e impresionantes, para explicar la armonía interna de que sólo la Trinidad completa la relación. Ha ofrecido esenciales ayudas intelectuales para atisbar algo del océano a pesar de la pequeñez de nuestro hoyito.
Por eso, la fórmula bautismal que se remonta muy atrás en el tiempo: Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Está fórmula hunde sus raíces en el encargo de Jesucristo Resucitado. Aun cuando siga sin comprender su calado está siempre presente en la estructura de la oración y de la fe cristiana. Está llena de sentido la única oración que el Maestro enseñó a los Apóstoles: Padre nuestro…
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
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