En cristiano

No es la figura común

27.05.10 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

La figura del sacerdote católico no es la figura común del sacerdote a través de la historia de las religiones. Por lo que ocurre, por la debilidad y miseria humana, me parecería cicatero y carroñero, como ha dicho un periodista, estar lleno de prejuicios y ponerse en guardia ante el sacerdote católico. Pensemos, no en lo que un hombre puede prostituirse, incluso siendo sacerdote de Cristo, sino en lo que realmente es un sacerdote católico según la misión de Cristo, según el encargo específico que de El ha recibido a través de los Apóstoles. Cristo le ha encomendado predicar su palabra, anunciarla como El mismo, proclamar la promesa que El nos dio. Una tarea de amor, de construir el cuerpo de Cristo, de servir y ayudar a todos los que lo necesitan.

La figura del sacerdote de Cristo está plenamente iluminada con una celebración quizá no muy conocida: la festividad de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Esta fiesta expresa precisamente lo que siempre ha dicho Benedicto XVI y acabamos de ver: el sacerdote católico ha recibido un encargo específico de Jesucristo a través de los Apóstoles. Así pues, no es la figura común del sacerdote de la historia de las religiones. Sólo desde Jesucristo, desde su Sumo, Eterno y Único Sacerdocio se puede entender la figura del sacerdote católico.

La festividad la impulso D. José María García Lahiguera, al que tuve el gran don de conocer y tratar personalmente, siendo arzobispo de Valencia de 1969 a 1978. Su vida está entrañablemente unida al Seminario Conciliar de Madrid, como así se recuerda, y a la historia personal de muchos sacerdotes. Una vida vivida como sacerdote de Cristo, al servicio de la Iglesia. Conmovido por la persona de Cristo, por su sacerdocio, fue un apóstol de la santidad sacerdotal y de la oración como camino para lograrla, saborearla y difundirla en toda la Iglesia. Hoy es un momento muy indicado por todas las circunstancias que nos rodean a sentir dos de sus iniciativas muy queridas: la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote y los Jueves Sacerdotales. Esta festividad se celebra el jueves siguiente al domingo de Pentecostés, y anterior al tradicional Jueves de Corpus Christi. Durante todo este tiempo Pascual se viven unas celebraciones llenas de sentido y que de nosotros depende ya que iluminen nuestra vida, nos conforten y alegren.

Es una celebración que nos hace volver la mirada al sacerdocio de Jesucristo que El dona a los hombres, a los que vino a salvar y a los que amó hasta el extremo, con una total entrega. Por todo ello quiso llegar de manera única y personal a cada uno, como lo muestran las señales por El instituidas, sus sacramentos. Los pilares reales sobre los que se asienta la estructura de los grandes momentos de la vida humana. Y entre estos pilares, el sacramento del orden que está al servicio de la edificación del Pueblo de Dios, de la comunión eclesial y de la salvación de los demás.

Las raíces de esta fiesta son claras. En la carta a los Hebreos S. Pablo nos presenta a Cristo, Sumo y Eterno sacerdote, exaltado a la gloria del Padre después de haberse ofrecido a sí mismo como único y perfecto sacrificio de la nueva alianza, con el que se llevó a cabo la obra de la Redención. S. Agustín, dice Benedicto XVI, fijó su mirada en esta realidad y encontró la Verdad que tanto buscaba, Jesucristo revelación del rostro de Dios, Amor a todo ser humano en camino por las difíciles sendas de la vida hacia la eternidad. Es un hecho, lo que dice S, Juan: el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios sino en que El nos amó primero y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Este es el corazón del Evangelio, la luz de este amor, abrió los ojos de S, Agustín y le hizo encontrar la belleza antigua y siempre nueva en la que únicamente encuentra paz el corazón del hombre.

Se puede traicionar cualquier vocación, no vivirla de verdad. Lo mismo ocurre con la vocación sacerdotal. Lo que tendría que sorprendernos es que Dios confíe en recipientes tan frágiles, que se arriesgue así la misión de la Iglesia. El siempre se puso, y se pone, en unas manos que le traicionan una y otra vez. Nos dejó la libertad, la capacidad de decidir, la posibilidad de caer y degenerar, y eso a todos y cada uno de los seres humanos. En concreto, en la Iglesia por El fundada, debido precisamente a la ineptitud de los instrumentos, El mismo tiene que sostenerla continuamente. Por una parte, es un consuelo que el Señor sea más fuerte que los pecados de las personas. Pero, por otra, para los que se consagran a la vocación sacerdotal, y creen haberla recibido, constituye un gran desafío dejarla crecer hasta madurar en una comunión con Cristo.

Cristo Sumo y Eterno Sacerdote: una festividad que puede ayudarnos a reconocer el corazón del Evangelio de Cristo.


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