En cristiano

El arquetipo

26.05.10 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

El arquetipo es una palabra que empleamos muy corrientemente. Me gusta la etimología de las palabras, su origen y su forma. La veo muy relacionada con la lógica de nuestro lenguaje. Es como si necesitara encontrar su significación originaria. Siempre está la impronta de alguien que te ha despertado a ello. Y sí, me han despertado a ello. Pues la palabra arquetipo viene del griego “arjé”, fuente, principio, origen, y “tipos” impresión, modelo. Vamos patrón ejemplar de otros objetos, ideas, conceptos.

Arquetipo. Y pensamos en personas que se consideran modelo de una manifestación de la realidad. Hay figuras, tipos soberanos y eternos, que sirven de ejemplar y modelo al entendimiento y también a la voluntad humana. Nos ocurre a todos, pero en los niños se ve clarísimo. También hay representaciones, imágenes, creaciones artísticas con un valor simbólico que forman parte de la cultura de la humanidad: Aquiles, Ulises, Eneas, la Divina Comedia, Hamlet, el Quijote, D. Juan. Jung, uno de los grandes del psicoanálisis, propone que los personas poseemos “arquetipos”, respuestas fundamentales que los hombres han ido dando ante temas importantes a lo largo de las culturas, y forman parte del modo de pensar y de actuar. Lo llama el “inconsciente colectivo”.

Esto ha sido una digresión pero que tiene sentido porque me gusta sentir lo profundo y radicalmente humano y divino que es el cristianismo. Pienso en un arquetipo para la conducta humana, una verdadera referencia, un necesario estímulo, Y nos ayuda Paul Claudel, un gran escritor, representante del catolicismo francés en la literatura moderna. Intelectual, poeta, autor de obras de teatro, ensayos, diario de memorias, correspondencia. En castellano hay traducciones por ejemplo La anunciación a María, El zapato de raso. Este autor ayudó contemplar a la Virgen María como una referencia, como un arquetipo y ayudó en su momento a liberar el culto mariano de una cierta marginalidad religiosa.

Ya hemos abierto con este convertido la ventana. El mismo Claudel ha contado que su relación con María, la Madre de Dios, estuvo estrechamente vinculada a su experiencia de conversión, acaecida en la víspera de Navidad del año 1886 en París. Había acudido a misa en Notre Dame, más bien por aburrimiento, pero de repente, durante el Magnificat, el canto de alabanza a María, le invadió como un torrente interior. Algo que le hizo reconocer que todo lo que se dice de María puede decirse de la Iglesia. Y que la Iglesia ve en María su arquetipo perfecto. La Madre de Dios, dice Claudel, es para mí una y la misma cosa que la santa Iglesia; nunca he aprendido a diferenciar a ambas.

La autoridad, la humanidad, y la vivencia de Benedicto XVI nos aclaran lo que sintió Paul Claudel. En María se concreta lo que es la Iglesia. El significado teológico de María se representa en la Iglesia. Ambas se transforman una en otra. María es la Iglesia en persona, y María, como persona, anticipa la Iglesia en su totalidad. Claudel experimentó realmente de nuevo, y de forma instintiva, en esa experiencia de conversión, la forma primitiva y la inseparabilidad de mariología y eclesiología. Hugo Rahner, hermano del conocido jesuita Karl Rahner, uno de los teólogos más importantes del siglo XX, mostró, que cuando en los textos de los Padres hablan de la mujer Iglesia, aparece en cierto modo María, superando con ella una mariología estrecha. El Vaticano II ha recogido esta unión. Según Benedicto XVI este redescubrimiento de la transicionalidad de María e Iglesia, de la personalidad de la Iglesia en María, y de la universalidad de lo mariano en la Iglesia, es uno de los redescubrimientos más importantes de la teología del siglo XX.

Lo mejor que los hijos de la Iglesia podemos hacer es parecernos a nuestra Madre. Ella es nuestro arquetipo, nuestra referencia, nuestro modelo. Pensemos en la persona de María, en lo que realmente fue en su vida. La conocemos desde el momento en que se sitúa ante su destino, ante su vocación, en las escasas y sencillas narraciones llenas de grandeza, del Evangelio: anunciación y encarnación del Hijo de Dios, la visita a su prima ante la feliz noticia de que esta embarazada, todo lo relacionado con el nacimiento de su Hijo, su sencilla y oculta vida en Nazaret. La relación y confianza con su Hijo como se expone en la ceremonia de una boda. Su silencio y acompañar al Hijo en todos sus pasos, como una Madre que sabe donde tiene que estar. En María se percibe el misterio de la unidad de Dios y hombre en Jesucristo. Ahora habría que pensar en la letanía a la Virgen que solemos exclamar después del rezo del rosario, el salterio de María, la biblia de los sencillos. Esas invocaciones que no pueden ser una retahila, porque entonces ¿qué invocaciones son? Han de ser exclamaciones que brotan del corazón de un hijo. La letanía mariana, elogios y atributos con los que la sentimos, después de ese comienzo solemne: Señor ten piedad..Dios Padre celestial, Dios Hijo redentor del mundo, Dios Espíritu Santo...

¿Se puede decir “madre” sin pensar en el hijo, se puede decir hijo sin pensar en la madre? Tenemos una referencia, un arquetipo real: nuestra propia Madre, la Madre que el Amor de Dios ha querido para cada ser humano que viene a este mundo. Ella posibilita que podamos comprender, a partir de Ella, el gran misterio de Cristo y que este Dios también se nos vuelve cercano.


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