Por Carmen Pérez Rodríguez
Ante el acontecimiento que es realmente un Congreso Eucarístico, ante la conversión, el encuentro, que puede significarnos, necesito una y otra vez adentrarme en el enorme “misterio de fe”. Detrás de lo que llamamos “especies sacramentales”, el sencillo pan de ángel, que decíamos cuando nos preparábamos para la primera Comunión, y “el vino de misa” hay Alguien, hay una Presencia real.
Eso es lo que sentimos si realmente pensamos en el misterio que es la vida, nuestra vida, las galaxias, la energía, todo lo que existe, aunque no seamos capaces de reconocer el “todo”. Detrás del velo que nos separa del misterio, no hay algo sino Alguien, Alguien que es Presencia, Amor, Creador. De ninguna manera puede ser “algo nebuloso”, sino un Tú ante Quien comprendemos el horizonte que se abre ante nosotros, ante Quien juzgamos y nos sentimos juzgados, conocemos y nos conocemos a nosotros mismos. Y existe eso tan misterioso y de tanta trascendencia que se llama la voz de la conciencia.
No es un algo lo que ha hecho posible la creación de lo conocido, y lo desconocido, sino un Alguien, una Inteligencia. No es un “algo” lo que pide, y reclama nuestro corazón y nuestra cabeza. No es un “algo” lo que nos ha hecho posibles a nosotros, seres “personales”, seres capaces de diálogo, comunicación, comunión, de transformar el mundo, de penetrar en sus leyes, de ser historia y cambiar los rumbos de la historia.
“Detrás del velo que nos separa” del misterio no hay algo, sino Alguien, es una expresión en la que no podemos quedarnos, sino ver lo que trasciende, lo que quiere significar. “El velo que nos separa del misterio”. Necesitamos continuamente de las imágenes, de los signos, de los símbolos. Con esta imagen, con esta expresión quiero hacer sencillamente perceptible una enorme realidad que no cabe en ella. Detrás del velo que nos separa del misterio no hay algo sino Alguien. Hay una Presencia. Charles Stephen Dessain, fundador de los estudios modernos sobre Newman ha dicho que para Newman el auténtico cristianismo es presencia de Personas. Tengo debilidad por los convertidos, porque reconocen, saber ver, se admiran, se sorprenden. Me ayudan por el reconocimiento que hacen de la realidad de lo que es el cristianismo. Ahí esta en concreto esta expresión de Newman, que puede conmovernos hasta lo más profundo de nuestra fe. Y si calamos, con todas las consecuencias, que detrás del velo que nos separa del misterio hay Alguien, entonces comprendemos por qué el auténtico cristianismo es presencia de Personas.
¿La radical del ser humano no es ser persona? Todos las Declaraciones internaciones de los Derechos humanos, todos los Tratados, todos los Manifiestos, Leyes, y Jurisdicciones tienen que apoyarse en la realidad de lo que es la persona, única, insustituible, sujeto de deberes y derechos, libre e independiente, de tal manera que desarrolla su vida mediante su adhesión a una jerarquía de valores libremente adoptados, vividos, en un compromiso responsable y en una constante conversión, maduración, perfeccionamiento. Dice Mounier, que el hombre es una persona encarnada en un individuo. Si la individualidad domina, el hombre se dispersa y se convierte en una cosa, se deshumaniza. Si predomina la personalidad, la comunión, el diálogo, el amor, el hombre realiza plenamente la peculiaridad de su vocación.
Dios, para revelarnos, para decirnos Quien ese Alguien, esa Inteligencia, ese Creador, nos ha dicho que es Persona. En nuestro lenguaje hablamos del misterio de la Trinidad. Un Dios que es Padre, que es Hijo y es Espíritu. Un Dios que nos crea a su imagen y semejanza. Tampoco nosotros somos “algo”, ni tampoco meramente individuos, como explica muy bien Mounier. Somos “alguien”, somos personas, comunión, relación, diálogo. Detrás del velo que nos separa del misterio hay Alguien que es Padre, que es Hijo, y es Espíritu. El amor creador y redentor de Dios se expresa en el Hijo. En Cristo ha asumido nuestra humanidad. Y el Espíritu le vivifica. Pero solo quiero sentir hoy que el auténtico cristianismo es la presencia de Personas. Y así reconocer, a través del velo que nos separa del misterio, a Alguien, y este Alguien es la Presencia personal de Cristo en la Eucaristía. Pero si corresponde completamente con el “Alguien” que es Dios, cuando uno se atreve a creer, ya no puede comprender, ni sentir, ni pensar, ni imaginar otro Dios.
No es nada extraño y ajeno a Dios la enormidad de esta Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. No es una vaga metáfora, insiste Newman. Cristo está presente en ella en la plenitud de su muerte y de su resurrección. Una Presencia sagrada, no como una forma de palabras, ni como un concepto, sino tan real como nosotros mismos somos reales. ¡Qué agradable, qué confianza y seguridad, qué luz y qué fuerza para nuestra vida, acudir, día tras días, con calma y sosiego, a arrodillarnos ante nuestro Creador; acudir, semana tras semana, con nuestras familias y amigos, con toda la Iglesia, a encontrarnos con nuestros Señor y Salvador¡. ¡Qué confortante es el recuerdo de todo lo que hemos recibido, de lo vivido¡ Podemos recordar que nos levantábamos temprano por la mañana para ese encuentro único, o acudíamos al atardecer. Y que todas las cosas, luz y oscuridad, aire o sol, frío o calor, exhalaban algo de El. De El, el Señor de la gloria que, estando en lo más alto, bajaba para acercársenos. Sin duda lo tenemos todo, y bien abundante. Tenemos la plenitud. Solo depende de nosotros, de saber recibirlo y vivirlo.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
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