En cristiano

El eco de nuestra vida

19.05.10 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
  • enviar a un amigo
  • Imprimir contenido

Por Carmen Pérez Rodríguez

Eso es la vida: el eco de nuestra conducta. ¿Cómo vamos por la vida? ¿Qué ponemos en la vida?

Hay algo fuerte y profundo en nuestro interio,r y de lo que quizá no nos damos cuenta. En realidad es la bondad o no bondad, la buena o no buena intención respecto a la vida. Hay un espacio abierto a quien lo vive, en el que se vive y se crece. O por el contrario una especie de rencor a la vida. Un sentir dentro que se ha sufrido una injusticia, que se han visto defraudadas las expectaciones, que no han sido satisfechas las pretensiones, que nunca se recibe bastante. Hay toda una disposición de ánimo tras nuestras actuaciones. Por ejemplo, hay personas que pueden decir que lo que quieren es lo mejor para los demás, pero en realidad hay un sentido de dominio. La buena intención ante la vida es generosa y concede libremente a los demás, tiene confianza y deja que la vida vuelva a empezar otra vez constantemente.

Cada vez más me doy cuenta de lo importante que es ser consciente de algo tan elemental y sencillo como que la vida es el eco de nuestra conducta. Interpretamos nuestra propia melodía, componemos nuestra propia obra. Es ya una reflexión y un análisis constante en mi vida. Por otra parte es fácil verlo en los demás. Las expresiones de Jesús en el Evangelio son claras: Lo que sembramos eso recogemos. Dad y se os dará una medida bien colmada. Del interior del hombre es donde salen las buenas y las malas actuaciones. Nuestra actitud en la vida es el pan cotidiano del que nos nutrimos. El primer movimiento no puede ser desconfiar, criticar, envenenar el ambiente. Tener buena intención supone tener respeto, prescindir de sí, conceder al otro lo que le falta, disfrutar con el bien de los demás.

Comentábamos esto mismo, hace ya mucho tiempo, con una anécdota igual o muy parecida a la que me viene en este momento, pero que es tan gráfica que nos puede servir una vez y otra. Y también, recuerdo, que otro día, por mi encuentro con una niña de casi tres años, aprendí como “sonreía la luna”. Se admiró, de que una persona tan mayor como yo, ni lo supiera, ni hubiera visto nunca como podía reírse la luna. Me decía mi madre, cuando era pequeña, para enseñarme las fases de la luna, que la luna era mentirosa. Si veía como una C era menguante, decreciente. Y se veía como una C al revés, o sea como una D sin acabar, era creciente. Pues desde el día de mi encuentro con Sofía, cuando la luna está en cuarto menguante, la miro, la veo sonreír, y sonrío yo también. Me acuerdo de mi maestra de tres años no cumplidos. El secreto de los niños, decíamos, es que todo lo ven natural. Y es necesario que vivan su infancia descubriendo cosas nuevas, despertándose a la admiración, y haciendo toda clase de preguntas. Despertarles a la buena intención ante la vida. Todo es una novedad maravillosa, y todo puede sorprenderles. ¡Qué enriquecedor es vivir un camino así con ellos¡ Si no os hacéis como niños…

Vamos a recordar la anécdota que nos puede servir de nuevo. Un niño que se llamaba Álvaro no sabía que era el eco. Un día se divertía en el campo mientras iba montado sobre el bastón de monte de su abuelo, como si fuera un gran caballo. Y gritaba muy fuerte: ¡Arre¡ ¡Arre¡ ¡Más de prisa¡ Y con gran sorpresa oyó las mismas palabras en el valle cercano. Creyendo que era otro niño escondido detrás de alguna piedra, preguntó asombrado, también muy fuerte: ¿Quién eres? La voz repitió inmediatamente ¿Quién eres? Álvaro se iba enfadando por el juego del supuesto repetidor de sus palabras. Y entonces gritó: tú eres tonto. Y la voz repitió las mismas palabras. Álvaro, cada vez más enfadado, seguía gritando palabras cada vez más fuertes. Buscaba, pero no conseguía encontrar a nadie. Cansado, se fue a su casa arrastrando el bastón de su abuelo. Cuando llego le contó a su abuela que un niño escondido en algún sitio le había insultado. Estás engañado, hijo, lo que tu has oído se llama “eco”, y es la resonancia de tu misma voz. El eco es ese sonido que se repite. Si tú hubieras dicho palabras amables también las hubieras escuchado. Es lo que sucede en la vida. El modo como los demás se comportan con nosotros es el eco de nuestra conducta para con ellos.

Lo importante es ser concientes de lo que nosotros ponemos. Todo lo demás es el eco, la resonancia de lo que hemos puesto, dicho, hecho. El que tiene buena intención ante la vida no va de “perdonavidas”, de baladrón, de fanfarrón, con mucha apariencia pero todo es hojarasca. En realidad nadie puede ser un perdonavidas, uno que perdona “la manera de ser del otro”, ese es un problema radical porque es una profunda falta de respeto. Pensemos en lo que realmente queremos que se nos perdone a nosotros y lo que nosotros hemos de perdonar. La verdadera desgracia de una persona es no tener buena intención ante la vida, no amar, no ser capaz de reconocer, de admirar, de abrirse. No ser consciente de la importancia de lo que dice S. Juan de la Cruz: donde no hay amor pon amor y sacaras amor. Hay una convicción en S. Enrique de Ossó que es muy práctica y ayuda mucho, no os dañará ninguna adversidad sino os domina una iniquidad. Siempre volvemos al gran conocedor de nuestra naturaleza Jesucristo: la lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y si la luz que hay en ti es oscuridad ¡qué oscuridad habrá¡


Los comentarios para este post están cerrados.

Comentarios

Aún no hay Comentarios para este post...

    Martes, 29 de mayo

    BUSCAR

    Editado por

    Los mejores videos

    Síguenos

    Hemeroteca

    Junio 2011
    LMXJVSD
    <<  <   >  >>
      12345
    6789101112
    13141516171819
    20212223242526
    27282930   

    Sindicación