Por Carmen Pérez Rodríguez
Tener la última palabra es sólo causar la última herida. No hay motivo para enorgullecerse (Ramas y raíces. Gilbert Cesbrón)¡ Es tan fácil ver, cuando otros discuten, el poco valor que tiene la última palabra¡. Pero no es sólo el poco valor que tiene la última palabra en la discusión, sino que la última palabra es la causa de la última herida, la quema de todos los puentes para unir ese abismo que hay entre las dos partes. Esa última palabra en realidad no tiene nada que ver con la discusión y sí con los problemas personales y de relación.
No queramos ser, no seamos de los que tienen la última palabra, y así causar la última herida. Desde luego, aunque de momento no lo veamos, no puede causarnos satisfacción. No se consigue absolutamente nada de lo que se pudiera pretender. No hace bien a nadie, ni al que la pronuncia, ni al que calla. Cuando se está centrado en tener la razón, en tener la última palabra no hay diálogo, ni encuentro posible. La última palabra vuelve insensible, desconsiderado. Por esa última palabra se descuida la amabilidad, la comprensión, la humildad y sencillez tan importantes para una relación.
La última herida supone centrarse en las propias necesidades, e intereses. El orgullo, la inseguridad, el resentimiento, el afán de dominar y controlar todo, producen esa última palabra que destroza la relación. Así no se acaba nunca. Es como si lo importante fuera vencer, humillar al otro en esa última palabra, y dominar la situación. Nadie se convence así, ni nadie triunfa. Los que siempre tienen esa última palabra, los que tienen siempre razón, no son conscientes de la técnica tan destructora que es “la última palabra”. Esa última palabra, en realidad, está ya al principio como la primera piedra lanzada y encierra toda la agresión que uno puede proyectar. Nadie que sea sencillo, generoso, verdadero, auténtico, noble, causa la última herida. Parece insignificante ese tener la última palabra, pero es significativa de la personalidad del que la pronuncia.
No sentir la necesidad de “tener la última palabra” supone tener dentro un SI muy grande y muy vivo, supone estar lleno del sentimiento que puede ayudar, de la palabra que tarde o temprano iluminará la vida, supone no sólo la bondad que es ponerse en el lugar del otro, sino ser capaz de una relación que siente necesidad de meterse dentro de la piel del otro. Cuando se tiene el corazón libre, sereno, lleno de verdad, se sabe estar en esas situaciones en las que lo grande es no tener la última palabra, y ni siquiera dejarse herir por ella. Y esta actitud no es la de callarse fustigando al otro en nuestro interior. Hay silencios, desprecios que gritan tanto como la última palabra, y que, evidentemente, también causan herida. Esta actitud es la que describe Gilbert Cesbrón en la parábola del fariseo y del publicano: al escuchar la parábola, el fariseo comprendió la lección; hizo que llevaran detrás de la columna su silla forrada de terciopelo. De lo más significativo en lo que puede seguir siendo una actitud farisaica.
Mi paradigma de vida no puede ser que yo soy objetivo y que veo el mundo como es. Si voy así por la vida me limitarán mis propios paradigmas, mis propias ideas, me condicionaran. La persona realmente libre tiene humildad y respeto necesario para reconocer sus limitaciones y apreciar los recursos que puede haber en los demás. Valora las diferencias, y esas diferencias acrecientan su conocimiento, su comprensión de la realidad. No puedo ir pensando que los demás tienen actitudes imperdonables. Con eso ¿qué quiero decir? ¿qué solo Dios puede perdonarlas?
Una breve anécdota para acabar. Un importantísimo ejecutivo quiso pasar unos días en un monasterio en el que había un Abad, gran hombre de oración y acción, y con una enorme personalidad. El ejecutivo quiso estar a solas con el Abad: quisiera saber que es lo más importante para Vd., como dirige Vd la vida, el trabajo de este gran monasterio y cual es la causa de la atracción que ejerce ¿Para qué? le pregunto el Abad. Para conocerme, para controlar mi propia manera de ser, para controlar mis empleado, y conducir bien mis empresas, de las que yo tengo la última palabra. Está bien, le dijo el Abad, pero debo advertirle que cuando haya avanzado en su averiguación descubrirá que ese equilibrio y paz que busca no se consigue a base de control, sino a base de entrega, de generosidad, de saber que Vd. es amado por Dios y está aquí, con la capacidad que tiene para vivirla y comunicarla. Centrar la atención en técnicas externas, en moralismos, en una especie de recetas, es como estudiar en el último momento sólo para el examen. Si se quiere lograr el dominio de las materias, hay que esforzarse honestamente día tras día. Todo se consigue a base de entrega.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
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