En cristiano

Sólo es posible con imágenes que se nos dan

16.05.10 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

Hablar de la Ascensión del Señor a los cielos es hablar de la vida eterna. O sea, hablar de algo que nos importa muchísimo a todos. Es hablar de nuestro día a día, porque el día a día, es la moneda de la vida eterna. El cielo es el único lugar donde hay sitio para todo el mundo, sólo hay que creer y querer ir. La vida eterna es el objeto principal de la esperanza cristiana, lo que da sentido a la vida y a la muerte. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha. Las palabras de S. Agustín: nos has hecho Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.

¿Qué representa la Ascensión? es una pregunta del catecismo de la Iglesia católica. La respuesta es para que cada uno la haga suya, y la vaya aprendiendo día a día, como un niño que comienza a leer. Un buen trabajo sería leer muchos fragmentos del Nuevo Testamento a la luz de esta escueta contestación del catecismo: “Cuarenta días después de haberse mostrado a los Apóstoles bajo los rasgos de una humanidad ordinaria, que velaban su gloria de Resucitado, Cristo subió a los cielos y se sentó a la derecha del Padre. Desde entonces el Señor reina con su humanidad en la gloria eterna de Hijo de Dios, intercede incisamente ante el Padre a favor nuestro, nos envía su Espíritu y nos da la esperanza de llegar un día junto a El, al lugar que nos tiene preparado” Palabras de nuestro lenguaje, e imágenes de nuestra experiencia para abrirnos al misterio de Dios: gloria eterna, subir a los cielos, a la derecha del Padre, lugar que nos tiene preparado. La responsabilidad de cada uno de nosotros es la de hacerlas nuestras, llenarlas de contenido y significación.

La fiesta de la Ascensión, el hecho de la Ascensión del Señor a los cielos, sólo es posible vivirla, sentirla, y abrirse a su verdadero significado, a través de las imágenes y de las palabras del Nuevo Testamento. Jesucristo dice a sus discípulos que sube al Padre suyo y al Padre nuestro, y que va a prepararles un lugar. Dimas, crucificado y ya moribundo, al lado de Jesús de Nazaret, le dice que se acuerde de él cuando esté en su reino. A lo que le contesta: hoy estarás conmigo en el paraíso. En el último discurso de Jesús en el Evangelio de S. Mateo, antes de su Pasión, se nos dan los criterios para el juicio de nuestra vida y la entrada en el cielo: Venid benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era forastero y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme. También se no dice que se nos examinará del amor y que nuestros nombres están escritos en el cielo. Estamos llamados a la bienaventuranza eterna. El que cree en Cristo tendrá la vida eterna.

La Ascensión de Jesucristo muestra el último peldaño. Después del cielo, sigue el cielo. Nuestros anhelos más profundos, e incluso casi desconocidos, se cumplirán en el cielo. Las imágenes, las palabras que nos hablan del cielo, de la vida eterna, del paraíso celestial, son imágenes para despertar nuestro corazón y nuestra razón. Experimentamos la necesidad de justicia, de consolación, de paz, de amor, de amistad, de comprensión. Todo esto tendrá su plenitud en el cielo y será el cielo. Las imágenes brotan con profusión en el Apocalipsis. Estaremos con Cristo, seremos semejantes a El. Tendremos gloria, seremos alimentados, homenajeados, agasajados, Ríos, mares, lagunas de agua limpia. Su fuente es el trono de Dios y del Cordero. Aguas que nunca se secarán. Otras imágenes están llenas de los beneficios de la salvación. En el cielo los redimidos tendrán salud eterna. Frutos, vida, abundancia, cosechas ricas. Nos sentiremos bendecidos, redimidos, escuchados, henchidos de amor. Nuestro servicio será un gozo eterno. Veremos a Dios sintiendo lo que es la belleza, la alegría, la verdad, la vida. Y no habrá maldición. Todo será liberado de la corrupción, estaremos en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Cosas que ni el ojo vio, ni oído oyó, ni han podido surgir en el corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.

Lo que no podemos es aferrarnos a pobres imágenes y pobres interpretaciones. Porque así olvidamos y cerramos nuestro corazón y nuestra razón a la realidad del cielo, a las medidas de Dios, a sus designios. No podemos pensar en la vida eterna como un continuo sucederse de días, situaciones, lugares. Sino como una plenitud, una totalidad que nos abraza y nosotros abrazamos a la totalidad. Como un sumergirnos en el océano del amor infinito. La promesa de la gloria, don extraordinario, sólo es posible por la obra de Cristo.

La promesa de la gloria, del cielo, de la vida eterna corresponde a nuestro deseo más profundo, pues gloria significa ser acogido por El; respuesta, reconocimiento, recibimiento feliz. La puerta a la que hemos estado llamando durante toda la vida se abrirá finalmente. La naturaleza es mortal. Nosotros sobreviviremos a ella. Cuando los soles y nebulosas se hayan extinguido, cada uno de nosotros seguirá viviendo. Se nos invita a penetrar en la naturaleza, a ir más allá de ella hasta alcanzar el esplendor que tan magníficamente refleja. Hasta Cristo, que subió a los cielos y está a la derecha de Dios. ¡Con que superficialidad rezamos muchos de nosotros el credo¡


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