En cristiano

La idea del cielo

15.05.10 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez ¿Qué sentimos del cielo? ¿Qué nos dice a nosotros la fiesta de la Ascensión de Jesucristo a los cielos? Porque no es nada externo a nosotros, no es algo que no nos incumbe de lleno. Ninguno de los hechos vividos por Jesús de Nazaret nos son ajenos. Todo lo contrario. Están nuestra vida y nuestra muerte implicadas. Lo importante es que la humanidad en Jesucristo ha sido redimida, en El ha experimentado la gloria, en el se ve hecho realidad lo que nosotros anhelamos. El se “ha ido así” para que nos abramos a lo que es la vida eterna, la gloria, el cielo. Esta fiesta rehabilita nuestra inteligencia y nuestro corazón. Celebrarla supone ver, discernir, fortalecer la voluntad para elegir bien, para convertirnos, ser responsables de nosotros mismos, y dejarnos sorprender por el gozo de ser felices con el encuentro con Cristo. Dice Lewis que siente pudor al hablar del cielo, de los anhelos presentes en nosotros, del insondable secreto oculto en cada uno. Es un tema imprescindible en conversaciones íntimas, pero nos volvemos torpes al querer hablar de ello. No podemos ocultarlo, ni revelarlo, aun cuando deseemos hacer ambas cosas. No cabe revelarlo porque es el deseo de algo no aparecido nunca en nuestra experiencia. No es posible acallarlo porque nuestra experiencia está sugiriéndolo continuamente y nos delatamos, como se descubren los amantes al mencionar el nombre del amado. ¿Cómo es nuestra relación con el cielo? se pregunta este hombre dotado de una inteligencia excepcionalmente brillante y lógica, y con un estilo claro y vivo. La relación del cristiano con el cielo, dice, es semejante a la del colegial. Quienes han alcanzado la vida perdurable y gozan de la visión de Dios, saben es la verdadera consumación de su discipulado terrenal. Quienes no la hemos alcanzado no podemos saberlo como los bienaventurados, ni siquiera nos cabe una sabiduría incipiente de ello, salvo persistiendo en la obediencia y descubriendo la primera recompensa de la sumisión en el poder de desear, cada vez más grande, el definitivo galardón. El afán verdadero está en la línea del Evangelio, en la respuesta a los anhelos del hombre. No tiene que ver nada con ambiciones mercenarias. Si estamos hechos para el cielo, el anhelo de alcanzar el lugar adecuado a nuestro ser debe estar ya en nosotros, aun cuando no corresponda todavía al objeto apropiado. Incluso pueden aparecer situaciones que son como pobres rivales de este afán, miopes búsquedas de placeres, de vericuetos que se apartan del camino. Resurrección y Ascensión son las dos caras de la misma moneda, del mismo hecho. Nos presentan la realidad de nuestra nueva identidad. Son la certeza fundamental de la que parte la fe cristiana. En el fondo del corazón, las personas piensan, intuyen que hay algo más., otra “cosa”. Esto significa que existe un juicio y que nuestra vida puede fructificar o puede fracasar. Ciertamente nadie se siente enteramente limpio y pleno. Sentimos la nostalgia del bien. La añoranza de una paz, de un estar bien,. A pesar de nuestros fallos y fracasos, la nostalgia de la felicidad, de ser como debemos ser, está en nosotros. Nos gustaría una mirada que nos limpiara de verdad, una mirada purificadora que nos haga capaces de El, de lo bueno, de lo verdadero, de lo bello, y ser capaces de estar en su morada. Nadie quiere ser una pieza malograda de un alfarero que hay que tirar. Deseamos ser salvados, estar con El experimentar la culminación de nuestra existencia. La Ascensión puede significarnos una fiesta que clava, de forma única, nuestras esperanzas en nuestra propia felicidad eterna. La respuesta la damos cada uno. El hecho está ahí, lo demás es cuestión de nuestra libertad, de nuestro sí . La Ascensión de Jesucristo a los cielos es un hablarnos en nuestro lenguaje, la esperanza y confirmación de nuestros anhelos: subir, ser otro distinto, superarse, sentir lo mejor en todo lo humano, lo que esta a nuestro alcance. La Ascensión significa la única verdadera conquista de una meta tras otra. La añorada cima. Porque realmente esa es nuestra meta. Nuestros nombres están escritos en el cielo. Hemos sido creados porque estamos llamados a la eterna comunión con El, que es el Bien, el Amor, la Belleza, la Alegría. No podemos confundir nuestros anhelos ante situaciones concretas, nuestros sentimientos, gozos y entusiasmos con el cielo, la vida eterna, la gloria. Si los arrancamos de su verdadero sentido y raíz, si los confundimos con el hecho mismo que nos presenta concretamente la gran celebración de la Ascensión del Señor, se transforman en ídolos mudos que rompen el corazón de quien los adora. Todos los goces, dice Lewis, son el perfume de una flor no hallada, el eco de una armonía jamás oída, la noticia de un país desconocido. La creación entera, se nos dice en la carta a los romanos, gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella, también nosotros gemimos en nuestro interior anhelando nuestro rescate y plenitud. Nuestra salvación es en esperanza, y una esperanza que se ve, no es esperanza. El cosmos ha sido creado por Dios como habitación del hombre y teatro de su aventura de libertad. Hemos de usar de nuestra libertad para la misión a la que hemos sido llamados, como se nos presenta en las claras promesas del Nuevo Testamento. En ellas hemos de buscar la idea del cielo, de la vida eterna.


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