En cristiano

Hablemos de Fátima

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Por Carmen Pérez Rodríguez

Hablamos de Fátima y seguimos con la conversación del periodista Peter Seewald y Benedicto XVI.

El papa Juan Pablo II beatificó el 13 de mayo de 2000 a los niños videntes de Fátima. Sabemos que el mismo Papa atribuía su supervivencia en el atentado de la plaza de S. Pedro, acaecido el 13 de mayo de 1981, o sea 19 años antes de la beatificación, a un don de la Virgen de Fátima. El mismo afirmó que ese encuentro había ejercido una notable influencia en su pontificado.

Los hechos del 13 de mayo de 1917 los conocemos. Tres niños pastores, Lucía de diez años, y sus hermanos Jacinta de siete y Francisco de nueve, vivieron una experiencia notable en un pueblo de Portugal, totalmente desconocido hasta entonces. Sobre una encina apareció una luz brillante, dijeron ellos, que rodeaba a una mujer hermosísima. No temáis, dijo ella.

No temáis la expresión que comentábamos hace unos días. Una de las primeras frases del Evangelio. No temas, expresión del comienzo del Evangelio de Lucas dirigida a María. Y del Evangelio de S. Mateo dirigida a José. No temáis, son también las mismas palabras, como nos recordaba Juan Pablo II, que dirigió el ángel de la resurrección a las mujeres en el sepulcro vacío. Palabras que todos reconocemos como lema de Juan Pablo II desde el inicio de su ministerio. Palabras que siempre pronunció plenamente convencido y lleno de firmeza. No temáis dice Jesús continuamente a sus discípulos.
No temáis ni por lo humano, ni por lo divino. Se repite una y otra vez la misma situación, ahora es a los tres niños pastores. Y, sintámoslo desde lo más profundo de nuestro corazón, también a cada uno de nosotros se nos dice: no temas. Ante la propuesta de la misión, de la vocación, de lo que acontezca en nuestra vida diaria: No temas. Ni tampoco por la magnificencia, infinitud, sublimidad de Dios. Para el misterio de su ser, de su grandeza, de su acción, no tenemos más referencia que lo que El mismo Dios ha querido comunicarnos a través de los gestos y hechos con los que se relaciona con nosotros, los seres que ha creado a su imagen y semejanza.

Pues, en Fátima, la mujer hermosísima les dice a los tres niños no temáis, porque viene a anunciar un mensaje que traería la paz a los hombres. Es la Madre que está siempre en la fe sencilla y confiada. Todos los que estaban en Fátima quedaron visiblemente afectados por la singularidad del momento. Pudieron percibir que allí había algo. Y en cierto modo, el sol se convirtió para ellos en la prueba del misterio que subyacía al suceso. El Apocalipsis, comenta el Papa, habla de la mujer vestida con el sol y situada sobre la luna. Con ello se alude en primer lugar al pueblo de Dios en la antigua y nueva alianza, pero también de manera especial a María. El sol del que va vestida simboliza a Cristo, siempre la madre con el Hijo, que es la auténtica luz del mundo. En María todo expresa su radical vinculación a Cristo. Ella tiene la luna, símbolo de lo efímero, a sus pies. En la imagen primero se hace visible una grandeza que puede producir temor, pero que después despliega un poder consolador.

El mensaje de Fátima no es complicado. Los tres niños lo formularon así: yo soy la querida señora del rosario. He venido para que los seres humanos se corrijan. Tienen que dejar de ofender al Señor. La querida Señora del rosario. El rosario, la Biblia de los humildes y sencillos, es el salterio de María. Juan Pablo II comentaba la semejanza interna entre el salterio bíblico y el salterio de la Virgen: la recitación. Lucia, la única superviviente de los niños ha valorado cada vez más esa sencillez del mensaje diciendo que en realidad sólo se trata de fe, esperanza y amor. Dice Benedicto XVI que le repitió con mucha insistencia: cuénteselo a la gente. El contenido de todo el mensaje es que vivamos en la fe, en la esperanza y en el amor. Es lo que nos quiere enseñar la Madre de Dios para purificarnos y convertirnos. La penitencia es conversión, salir de uno mismo, entregarse.

Creo, dice Benedicto XVI, que todas estas apariciones marianas, en cuanto auténticas, no nos indican algo adjunto, añadido al evangelio. No proporcionan contento para curiosos, sensacionalismo o cosas por el estilo, sino que nos devuelven a lo sencillo y esencial, que con tanta facilidad tendemos a pasar por alto. Precisamente hoy, dada la complejidad de todos nuestros problemas, el cristianismo suele parecernos complicado porque los árboles nos impiden ver el bosque. Se trata de ser conducido al sencillo centro, no a cualquier otro lugar, sino a lo esencial, a la conversión, a la fe, a la esperanza y al amor. Parece el leimotiv de una composición o el estribillo de una canción: todo el mensaje es que vivamos en la fe, en la esperanza y en el amor.
El secreto de Fátima es un llamamiento a la libertad de cada uno para cambiarnos a nosotros mismos, transformando de ese modo el curso de la historia. Porque somos los hombres con nuestra libertad los que cambiamos el rumbo de la historia, y de nuestra propia historia. En un ambiente frío, gélido, necesitamos el rostro de la Madre de Dios. María, la querida Señora del rosario, constituye una gran señal y hace palpable que el cristianismo es una religión del amor y una realidad salvadora.


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