En cristiano

Vivir con una mayor intensidad

10.05.10 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

Eso es lo que puede suponernos el X Congreso Eucarístico Nacional que se va a celebrar del 27 al 30 de mayo en Toledo. ¿Cómo no se va a vivir con una mayor intensidad si creemos y celebramos la Eucaristía? Celebrar y vivir el misterio de la Eucaristía como escuela de vida es nuestra real y auténtica manera de vivir la fe en Jesucristo que nos ama hasta ese extremo. Acerquémonos al altar de Dios, la alegría de nuestra vida. Sencillamente somos libres de vivir la Eucaristía, de vivir, de manera concreta e inmediata, el amor de Dios y del amor de Dios. Sólo cada uno puede decidir acercarse a la Eucaristía como fuente de agua viva.

Juan Pablo II y Benedicto XVI, nos recuerda la Conferencia Episcopal española, han centrado buena parte de su mensaje en la importancia de que vivamos realmente el misterio de la Eucaristía. Cada uno ha de abrir el corazón y de la razón al amor que se derrama en este profundo misterio. Queremos una vida que nos llene, deseamos una vida que nos satisfaga, y la buscamos por caminos tortuosos y oscuros que nos dejan insatisfechos y con sensación de fracaso. Es una verdadera pena que los jóvenes, deslumbrados y enceguecidos por tanto espectáculo sin alma, por tanto goce sin consistencia, no busquen en Cristo el gozo y la esperanza que orienta y da su sentido a su vida.

En medio de un mundo tan lleno de fascinación publicitaria, de master en marketing, de empresas dedicadas a la propaganda, de expertos internaciones en mensajes subliminales, de operaciones triunfo, de programas de “gran hermano”, de mediocridades mediáticas, de falsas promesas que se deshacen como sucia espuma entre los dedos, ¿puede escucharse el anuncio de un Congreso Eucarístico Nacional? ¿Puede escucharse la gran realidad de la Presencia de Jesucristo, el Redentor de los hombres, en la Eucaristía? ¿Puede escucharse que el auténtico cristianismo es la presencia de Personas como escribió Newman, la presencia del Padre, del Hijo, del Espíritu de Dios en nosotros, la presencia de Jesucristo en la Eucaristía? ¿Puede escucharse que Cristo viene personalmente a cada uno de nosotros y que la manera como lo hace es por medio de los sacramentos? ¿Puede escucharse que Cristo es la fuente inmediata de riqueza interior, de vida profundamente humana, para cada uno de nosotros? Puede. Esta es la grandeza del ser humano.

El ser humano es la única criatura que puede imaginar su destino, que puede imaginar ser una buena ayuda para los demás, un estupendo colaborador, un creador y realizador de proyectos, un buen funcionario, un médico, un amable recepcionista...Es la única criatura que puede enfrentarse a si mismo, a la situación en la que esté, y ser profundamente humano, honrado, digno. Es la única criatura que puede ser consciente de por qué y para qué esta aquí y ahora. Es la única criatura que es consciente de sí mismo, y de que ha de vivir todo desde su interioridad, desde su mismidad y unicidad. Es la única criatura capaz de la veracidad, de la gratitud, de la fidelidad, de la justicia, de la verdad, del silencio, del respeto. Es la única criatura a la que el canto de los pájaros, la belleza de un atardecer, el sufrimiento superado por una persona, la manera de vivir una familia cristiana puede mostrarle la existencia de Alguien que hace todo eso posible. Por todo ello es la única criatura capaz de ser amada hasta el extremo como ha sido amada por Dios en la Eucaristía. La única que puede alabarle, sentir su gloria y grandeza. La única que puede decir sí a la creación de Dios, a su amor en una creación tan excepcional y maravillosa como la Eucaristía. La única que puede creer, esperar en El, sentirse amada y amar.

La libertad es la primera de las exigencias humanas, por eso todos los regímenes y partidos se reprochan unos a otros el suprimirla. ¿Pero qué régimen, qué partido quiere realmente la libertad y grandeza del ser humano? ¿Quién ha amado, ha hablado, se ha acercado a los hombres como Jesucristo? ¿Es posible la libertad, el respeto, la fidelidad, la grandeza, la vocación humana sin un Dios personal, sin un Dios que ame, que redima, enseñe, juzgue, premie, lo que realmente es ser hombre? Pues hay algo maravilloso que también solo los seres humanos podemos hacer, y corresponde a nuestra naturaleza: adorar. En el adorar se da todo, admiración, amor, respeto, reconocimiento. Reconocemos solo aquello por lo que se da en nosotros una correspondencia. Entonces se pone en juego lo mejor de nuestra persona, nos sentimos renacidos, redimidos.

La mayor pena es poder vivir y gozar de la gran realidad de la presencia real de Dios en la Eucaristía y no vivirla. Es el acontecimiento cristiano. Dios que se encarna en nuestra humanidad y se queda con nosotros de esa manera tan inconcebible y única que sólo el único Dios puede hacer, tanto en la celebración del Misterio Eucarístico, como en su Presencia en nuestros templos y oratorios. No es ceder ante una potencia que nos cae encima. Es rendirse ante un amor, ante una entrega así. El que adora se inclina porque siente, atisba la Verdad, la Bondad, la Belleza, la Vida, el Amor hasta el extremo. No se adora sólo con el espíritu o sólo con el cuerpo. Los seres humano no podemos hacer nada sólo con el cuerpo o sólo con el espíritu. Por la adoración somos profundamente capaces de fervor, intimidad, profundidad, altura, energía creadora.


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