Por Carmen Pérez Rodríguez
Es verdad que todos estamos “compuestos de los mismos ingredientes”, pero combinados en proporciones y formas diferentes, por decirlo de una manera culinaria. Somos lo que nos hacemos a nosotros mismos con esos ingredientes ¿Qué hacemos con nuestras capacidades? ¿Qué edificio construimos con nuestros materiales humanos?
Lo realmente humano es nuestra identidad más profunda, nuestro sentir, conocer, nuestras tendencias e instintos, nuestra interioridad, nuestra capacidad de elegir y decidir ante las situaciones en que nos encontramos. Lo más personal es lo más universal, dicen los psicólogos humanistas.
Al abrir hoy la ventana con lo opuesto a una personalidad rica, pienso en algo que destroza nuestros ingredientes personales: la vanagloria. De una manera sencilla todos entendemos por personalidad esa manera de ser propia de cada uno, que se refleja en las respuestas a las diferentes situaciones planteadas. Decir ser humano en dos palabras, es decir conciencia y responsabilidad. La personalidad viene definida por los rasgos psicológicos internos que se expresan en la forma en que nos comportamos en las distintas situaciones y es consecuencia de nuestra conciencia y responsabilidad. Pienso en una gran personalidad conocida mundialmente y en la que se expresa de una manera gráfica la riqueza de la personalidad, y lo opuesto a ella que es la vanagloria.
Palabra muy gráfica: la gloria vana, la gloria superficial, insegura. La vanagloria la sentimos próxima a la vanidad. Vanagloria supone envanecimiento, deseo de una malsana autoestima. Buscar fuera lo que no se tiene dentro. La vanagloria persigue tratar de “verse bien” y de que “se le vea bien”, lo que no es posible sin la interioridad. La vana gloria lleva a todo lo contrario de lo que se persigue. Solo desde le verdad, y lo que realmente nos hace personas podemos sentir nuestra paz, experimentar la libertad.
La personalidad en la que pienso es el Papa Juan XXIII. Quizá algunos de Vds. no lo han olvidado. Angelo Giusseppe Roncalli, el cuarto de los catorce hijos, el mayor de los varones, de Giovanni Battista Roncalli y de Mariana Mazzola. Su familia trabajaba como campesinos en un terreno arrendado. En la memoria de muchos ha quedado como ”el Papa bueno”. Algunos pensaban que sería un Papa de transición. Tres meses después de su elección, el 25 de enero de 1959, en la Basílica de S. Pablo Extramuros, y ante la sorpresa del todo el mundo anunció el XXI Concilio Ecuménico, que después se llamó Concilio Vaticano II. Son muchas las anécdotas de su vida que demuestran su sencillo y sincero sentido del humor, su grandeza de alma y profundidad de miras, su naturalidad, su sencillez y confianza, su interioridad que le daba una seguridad y cercanía, en fin su personalidad como expresión más opuesta a la vanagloria.
Jesús Azcárate nos cuenta algunas de estas anécdotas en “Yo solo quise ser un cura rural”. Al principio de su pontificado, tuvo que posar para que los fotógrafos le hicieran las fotos oficiales. Inmediatamente después de las fotos, recibió en audiencia a monseñor Fulton Sheen, que era un obispo muy conocido en Estados Unidos porque predicaba en la televisión. Al saludarle Juan XXIII le dijo con toda sencillez: Mire, Dios nuestro Señor supo ya muy bien desde hace setenta y siete años que yo había de ser Papa ¿no pudo haberme hecho más fotogénico? O esta otra: Siguiendo su costumbre en Venecia, desde el comienzo de su pontificado, solía pasea un buen rato por las tardes. Lo hacía por los jardines vaticanos. Ante la propuesta de los funcionarios del Vaticano de que habría que hacer algo, cerrar el paso, para que los turistas no vieran el paseo del Papa respondió con toda tranquilidad con una pregunta ¿Y por qué hay que hacer algo? Santidad, es que todos os verán. Juan XXIII pensó un poco y les dijo: no se preocupen, les prometo a Vds. que no haré nada que pueda escandalizarlos.
Sólo desde la verdad de nosotros mismos y desde lo que nos hace realmente personas, nuestra interioridad, podemos sentir paz, experimentar libertad. Nos gusta sentirnos valorados, esto es normal, Solo se crece y crecemos desde lo positivo. Pensemos bien la diferencia que hay entre un reconocimiento positivo, tanto por parte de uno como por parte de los demás, y la vanagloria. No se pueden hacer las cosas de cara a la galería, sino por la exigencia interior de uno mismo. La vanagloria es una droga a tener en cuenta. En realidad la vanagloria ocasiona inseguridad, irritabilidad e incluso depresión. La estima verdadera de uno mismo, ni por debajo ni por encima de lo que uno vale. Es mala la prepotencia, la presunción, la jactancia, la competencia. Nada de esto permite un juicio verdadero. La vanagloria se fija en lo externo, pendiente del elogio, la aprobación, la adulación, el halago, la coba más o menos afectada. Sólo la verdad y el amor, porque la verdad sin amor está muerta, pueden cambiar nuestro corazón. Cuando hay interioridad no vanagloria, uno sabe relativizar la propia importancia, ni se hunde en los defectos, ni se exalta en los logros. Y a la vez, sabe detenerse en todo lo positivo que observa en los que le rodean. Quien se gloríe que se gloríe del Señor que por ahí va la gloria verdadera, y nuestra verdad. No del poder, ni de la fama. La verdad es que la vanagloria es inaguantable para uno mismo y para los demás.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
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