En cristiano

El plan vital

05.05.10 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

No es un anuncio. Ni es propaganda de algo para usar y tirar. No estamos en el prisma de la eficacia externa, ni de medios que proporcionen fuerzas mágicas y maravillosas. Se trata de algo muy diferente. Para empezar, decir que es una reflexión consecuencia de la petición de un amigo, que desde que somos amigos, siempre me ha hecho unas auténticas propuestas de vida. por ejemplo, mi prestación en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo. La propuesta de hoy es muy concreta: nuestra vivencia del Sacramento de la Confirmación.

¿No creen Vds. que se tiene o tenemos una mala vivencia de lo que realmente es la Iglesia católica? Pocas veces pensamos en su realidad, en lo que Cristo quiso y quiere de su Iglesia, concretamente ahora, a través de los sacramentos. ¿Se oculta realmente en ellos, el plan de toda la existencia? Peter Seewald dice que abandonar la Iglesia, que desde hacía muchos años le parecía vacía y reaccionaria, no es fácil, pero regresar es mucho más difícil aún. Uno no sólo desea creer lo que sabe, sino también saber lo que cree. Pues vamos de la mano de Peter Seewald en las preguntas, y de Joseph Raztinger en las contestaciones. Nos centramos en un capítulo de la conversación mantenida entre ambos: el plan vital.

Los católicos producimos escándalo por la falta de coherencia en nuestra celebración de los sacramentos. Mucha gente sigue celebrando los sacramentos como el Bautismo, la Confirmación, el Matrimonio como un acto más o menos social, en los que hay que emperejilarse, adornarse con profusión y esmero, un banquete, y dar comienzo a una nueva etapa, sin ser conscientes, y sin vivir lo que realmente significan. Sus contenidos se han vuelto ajenos para muchos, por no hablar de vivir según ellos. Hay veces que nos viene a la mente y al corazón lo que dice Tolstoi en Ana Karenina: ¡no sigas¡, por favor. Cristo jamás habría pronunciado esas palabras si hubiese sabido el mal uso que haríamos de ellas. Esto es algo que puede decirse de los sacramentos, ya sea por lo mal que los vivimos, o porque no parecen oportunos a los ojos de la sabiduría humana.

¿Qué significan? es la pregunta. Pues el plan vital, la mirada nueva sobre la persona, el signo sensible y eficaz del amor de Dios, instituido por Cristo. La fe no es algo etéreo, se adentra en el mundo material, es para vivir el mundo concreto en que vivimos. Mediante los signos del mundo material entramos en contacto con Dios. Los signos son expresión de la corporalidad de nuestra fe. Los sacramentos son una especie de contacto con el mismo Dios. Demuestran que la fe no es puramente espiritual, sino que entraña, genera comunidad, incluye la tierra, nuestro diario vivir. Lo esencial es que los sacramento expresan la comunidad, la corporalidad de la fe, y al mismo tiempo explican que la fe no procede de nosotros mismos. Y, como toda acción de Dios, quedan confiados a nuestra libertad; no actúan mecánicamente, sino en conjunción con nuestra libertad.

¿Cómo actúa la confirmación? Es otra pregunta. La Confirmación, como su mismo nombre indica es la acción y el efecto de confirmar, corroborarse en la fe que ha sido recibida en el Bautismo. En la administración del bautismo hay un cúmulo de símbolos que afloran completamente en el sacramento de la confirmación: apertura de los ojos, de la boca, de los oídos. Es la palabra que dice Jesús públicamente al mudo y que abre su boca y sus oídos y al final le hace oír y hablar bien. Gracias al Bautismo y a la comunidad en la que este nos introduce, superamos nuestra mudez y sordera ante Dios. Pues los signos de la confirmación son la unción y la imposición de manos. La unción une con el Ungido por antonomasia que es Cristo y se convierte en señal del Espíritu Santo, que experimentó Cristo. La imposición de manos es la señal de estar protegido por Dios y simboliza la presencia del Espíritu. La confirmación expresa de manera sensible la culminación del bautismo. Si el bautismo resalta básicamente la unión con Cristo, la confirmación acentúa la comunión con el Espíritu Santo.

Se le llama sacramento, signo de la madurez, de la mayoría de edad, del crecimiento en la vida. Implica convertirse en un miembro responsable y activo de la Iglesia. La antigua “bofetada”, que fue suprimida después del Concilio, recuerda de hecho, viejos ritos mundanos de la emancipación. Es una iniciación con la que se celebra el paso a la vida madura, a la adultez, a la clarificación del propio Yo, a conocerse verdaderamente a sí mismo. La interiorización es fundamental. Se necesita en la vida ese descubrir que se tiene una intimidad, que la persona que llevamos dentro se fortalezca. La atrofia de la vida interior es uno de nuestros grandes problemas. La confirmación tendría que servir de contrapeso frente a la mera superficialidad, contribuyendo a que las cuestiones humanas mantengan el equilibro adecuado.
Hemos olvidado lo necesaria que es en nuestra vida la cultura de la interiorización. Volver a aprender como la “persona interior”, de la que habla Pablo de Tarso, puede crecer con lo exterior y adquirir la fuerza para estar a la altura de los acontecimientos externos que nos suceden.


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