Por Carmen Pérez Rodríguez
Quizá muchos conocemos esta sentencia, su sentido es muy profundo y muy práctico: Quien sabe mucho, escucha, quien sabe poco, habla. Quien sabe mucho, pregunta, quien sabe poco, sentencia. Este es el marco para todos los problemas: escuchar y preguntar. Nuestra vida requiere que nos paremos y escuchemos. Cuantas más respuestas verdaderas busquemos, encontraremos más preguntas. Esta actitud es mucho más vital y necesaria de lo que corrientemente pensamos: escuchar, preguntar, no sentenciar.
La naturaleza nos sorprende en dos de los aspectos tan reales y tan necesarios en la vida como son la unidad y la diversidad. El mundo de la naturaleza, y por tanto también el mundo humano, requiere necesariamente de la diversidad, de las diferencias. Precisamente la unidad rica, dinámica, viva, viene por esa diversidad y por esas diferencias. Una diversidad y unas diferencias reales, acentuadas, profundas, con todo lo que comporta de interrogantes y dificultades, de disonancias y enfrentamientos. En todo se da esta unidad, y precisamente consecuencia de la diversidad y diferencias. En cada uno de nosotros se da esta gran realidad de la unidad como consecuencia de la diversidad. No es unidad cuando todo queda arrasado, igualado, vaciado. El doble fenómeno de la unidad y de la diferencia es crucial. La no diferencia es la indiferencia. No se puede suprimir la diversidad, las diferencias. Sería el polvo, el vacío. Lo curioso es que sin unidad, no hay diversidad, diferencias. Y viceversa.
Esto es un hecho, una evidencia, que a los seres humanos nos tendría que llevar, a un esfuerzo de búsqueda y convergencia, dentro de un respeto y confianza mutua. La unidad como consecuencia precisamente de la diversidad y de las diferencias. Pensamos en concreto en el gran problema de las relaciones humanas. Así se llama un capítulo del libro Paradojas y nuevas paradojas de Henry de Luba, enfocado desde este punto de vista. Los dones dados por el Creador a la naturaleza humana en todos sus miembros son prácticamente inagotables. Comprendemos que es bueno que el mundo humano, al igual que el de la naturaleza sea diverso. La naturaleza tiende a su fin, a su propia manera de ser, tiene sus leyes, su constitución tanto en la infinitamente pequeño como en lo infinitamente grande. Pues lo seres humanos, todos, buscamos, en el fondo de nosotros mismos, ver el Rostro de Dios, la felicidad, la vida en plenitud. Esa es la gran unidad de la naturaleza. Todos somos niños ante Dios, y balbuceamos de una u otra manera al hablar de Él.
Los cristianos, unidos en una misma luz, confesamos el misterio de Dios. La unidad en la misma fe y la misma esperanza. A través de nuestros tanteos, disensiones, la identidad de nuestra situación ante el misterio de Dios y su manifestación en Cristo, nos mantiene unidos. En el ámbito humano, las personas incompatibles son complementarias. Esto nos tiene que llevar, en las dificultades diarias, a una persuasión profunda, determinando la conducta y las disposiciones más íntimas en nuestras relaciones humanas. Son un hecho inevitable las diferencias y la diversidad. No existe, ni nunca ha existido, una humanidad, grupos, en los que reine una plena y total comprensión de todos hacia todos. ¡Cuántas discusiones incluso donde reina un acuerdo fundamental sobre verdades esenciales¡ ¡Cuantas divergencias de espiritualidad, temperamento, respuestas¡ Precisamente, llamándonos a la conversión interior el Evangelio, nos convoca incesantemente a la verdad de las relaciones humanas, a esta verdad que traicionan todas las ideologías y políticas. Muchos de nosotros tenemos la suficiente experiencia para observar el llamado progreso de la tolerancia, y lo que de verdad percibimos es que una intolerancia sustituye a otra. Una vez más, solo la verdad nos hace libres y permite la unidad. La unidad viva de toda la naturaleza con su Autor.
La verdad y la justicia en nuestras relaciones humanas tienen que estar fundamentadas en el reconocimiento de las diferencias, Pero parece que lo que importa es la caricatura, el panfleto, la vulgarización grosera, la maniobra política, la arrogancia y la brutalidad, todo lo que se cobija con el “bello” nombre de “filosofía progresista y comprometida”. No es necesario ser creyente para rebelarse contra los abusos que sufren los hombres. Pero sólo la fe hace penetrar al hombre en un nuevo ámbito, en el que no brota la fuente de los abusos, sino la fuente del mandamiento del amor de Jesucristo.
Yo pienso, en concreto, en la verdad en mis relaciones humanas, desde este reconocer y aceptar que me lleve a la unidad.
Sábado, 18 de febrero
Juan Fernandez Krohn
Pedro Tarquis
Salvador García Bardón
Alejandro Córdoba
Movimiento Rural Cristiano
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Jose Gallardo Alberni