Por Carmen Pérez Rodríguez
¡Cómo nos gustan a muchos de nosotros las vidrieras! Pero claro, es evidente que nos gustan las vidrieras desde dentro, por ejemplo ver las vidrieras de la catedral de Toledo, de Burgos, de León, Santa María del Mar en Barcelona, la Santa Capilla de París, la catedral de Colonia. Piensen y recreen en su imaginación las vidrieras de las Iglesias o catedrales que hayan visto. Siéntanse inmersos en el especio interior de la Catedral o de la Iglesia y admiren.
Proceden del Oriente mediterráneo donde se cree que fue descubierta la técnica de la fabricación del vidrio por los árabes en el siglo VII y que adquieren esta técnica en sus contactos con Bizancio. La técnica parece que adquiere esplendor en el siglo XIII, la época de mayor esplendor de la pintura medieval sobre vidrio. El auge de la vidriera es la época de la conquista del espacio por la arquitectura en el estilo gótico, que diría mi profesor de estética, Jose María Valverde. La elevación majestuosa de las catedrales e iglesias nos admira y conmueve. Evocan la imagen de la Jerusalén Celestial. Cada nueva Iglesia o Catedral hace sus naves más altas, en las que los amplios vitrales de color producen en el interior una atmósfera cálida, plena de confianza porque se puede presentir la luz de la esencia divina que dijo ya, en el siglo XII, el abad Sugger. Se abren vanos y más vanos por la aspiración a crear un espacio interior grandioso, exaltante, de manera que la luz filtrada por el vidrio, ejerce una función fundamental. Las vidrieras, como en el románico los capiteles, tenían una función educativa, el pueblo no sabía leer, y así, en los vitrales, podían “ver” los hechos y acontecimientos representados, sobretodo del Nuevo Testamento. Las vidrieras dan la impresión de estar iluminadas por una luz celestial, gracias a la cantidad de colores y formas que daban al vidrio.
Todo esto me ha salido para sentir, con Fabrice Hadjadj, que toda vidriera lleva en sí la imagen de la vida interior. Debe ser por la influencia de Sta. Teresa en su descripción de Las Moradas del Castillo interior o simplemente Las Moradas. Para describir la vida interior, la hermosura y dignidad de nuestras almas, lo compara a un castillo, en el que la puerta de entrada es la oración. Es una alegoría preciosa, cercana, intuitiva en la que su genial experiencia nos describe que relación personal con Dios, sabiduría, felicidad, comprensión y reconocimiento de la realidad, va todo unido.
Volvemos a las vidrieras, otra alegoría para vivir nuestro interior. La vidriera desde el exterior es opaca y apagada, contemplada desde el interior recoge el sol y se adorna de cien matices. Así es toda vida profunda: la superficie no refleja nada y aparece sin brillo, pero eso es porque es transparente a la luz y la deja penetrar hasta su fondo. Pienso en la necesidad que tenemos en nuestro momento de esta experiencia de la interioridad. También la famosa experiencia agustiniana: en el interior del hombre habita la verdad. ¿Cómo se llega a esta interioridad que es la gran fuerza y realidad de la persona humana? Cuando se calla, cuando se ora, cuando se admira, cuando uno se sorprende de la gran capacidad y hermosura a la que estamos llamados. Cuando uno se concentra en su espacio interior, y se puede manifestar la sagrada presencia. Nada viene volando. Podemos hacer una gran experiencia y ver que nuestro mundo interior es amplio, que así ahondamos cada vez más en nuestra realidad personal. S. Agustín en sus Confesiones, y Santa Teresa en su Castillo interior me sirven de referencia. Nada se aprende sin un poco de trabajo, dice ella.
El contraste entre lo que es nuestro ambiente y lo que estamos proponiendo es abismal. Pero también puede ser una provocación, una necesidad y una urgencia para salir del caos y reconocernos. Los psicólogos y educadores tienen necesariamente que ver su significación. Abrirse a ese “centro”, que cualquiera que pronuncie esa palabra de manera consciente sabe lo que quiere decir: lo que hace que mi manera de ser, fuerzas, disposiciones de ánimo, acciones, no sean algo caótico o yuxtapuesto, sino una unidad. Es a partir de este interior donde he de vivir mi vida cotidiana. Todo lo que ocurre fuera tiene que ser orientado, enjuiciado y nutrido desde dentro. Lo que decíamos al comienzo, sentirnos en el interior y reconocer. Necesitamos de este centro interior para ver todo lo de fuera. No puede tirar de nuestra vida todo eso que grita, y que en nuestra civilización parece adquirir ese dominio invasor y arrasador. El hombre sin interior, vuelto hacia fuera, es débil y se debilita cada vez más. Las incitaciones que nos alcanzan son cada vez más fuertes y despersonalizadoras. Es como si lo “público” interviniera despiadadamente en el ser de la persona y su interioridad desapareciera a ojos vistas. Muchos ambientes de hoy parecen peceras, acuarios de cristal en las que se mueven los pobres y presos peces.
¿Qué “centro” vivo, qué interioridad, tenemos? La vida de cantidad de personas, hasta de los centros, llamados educativos y de formación, se disuelve en reacciones hacia fuera. No se tienen convicciones propias, solo opiniones que se le han metido por los programas de TV, de la radio, de las revistas.
Cómo dice constantemente el Papa Benedicto XVI: el hombre necesita la eternidad. Cualquier otra esperanza se queda demasiado corta. En el interior del hombre habita la verdad.
Viernes, 17 de febrero
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