Por Carmen Pérez Rodríguez
El hombre de negocios y el santo. El uno vela, y el otro no puede dormir. Pero es muy diferente, dice Gilbert Cesbrón en Soltad a Barrabás. Y tan diferente, porque está la voz de la conciencia. Nuestra manera de ser es la de la libertad, la del decidir, la de vivir la vocación que cada uno ha de realizar en este mundo, y esto nos tiene que llenar de paz. El uno vela y el otro no puede dormir. Al cristiano, al santo, la fe y la esperanza le sostienen en la vida. El otro ni se plantea la fe, o en todo caso es un dualista. Porque para él una cosa es la fe y otra la vida diaria. El dinero es el dinero, el negocio es el negocio y la fe y la religión son otra cosa. O sea que entonces la fe no vale para nada, porque la fe se vive en la vida diaria, en todas las situaciones, absolutamente en todas.
Como paradigma es muy diferente. No poder dormir. Hablamos del “hombre de negocios” en el sentido de que todo se negocia, todo se compra y se vende, todo tiene un precio, todo tiene una estructura que se establece y aprende. Velar. El cristiano, el santo, es el hombre que ve que la realidad es el lugar donde verifica la fe, que las distintas circunstancias, sean las que sean, son la concreción de esta fe. Sabe lo que es esencial y lo que sencillamente es, aparentemente, útil. El cristiano, el santo es un hombre “de cuerpo entero”, que decimos en castellano, que sabe lo que es verdaderamente necesario, entiende el bien como lo que realmente le da motivo de alegría y paz. Un hombre vela y otro no puede dormir. Sí, realmente es muy diferente. Nuestro momento a pesar de su ateismo, de su visión reducidísima de la realidad, de su materialismo, de su total desorden en el placer (piensen en todo lo que crean más nocivo para la persona y para sociedad) anhela una interpretación de su vida diaria a partir de lo eterno. Necesitamos un suelo, una consistencia, unas raíces, un camino que tiene un comienzo y un fin, una andadura, y una llegada. En la realidad diaria, tal como la vivimos, están los puntos de arranque para nuestra serenidad, paz, claridad interior. No, y no a una “doctrina moral”, a un moralismo de lo prohibido. La moral no es solamente tomar precauciones para no hacer el mal. Primero es ver como nos hacemos capaces de la felicidad, la felicidad es una consecuencia. La vida sólo puede realmente vivirse desde la elevación digna a la grandeza y al bien. Decía Descartes que no hay más que una sola moral. Moral es una palabra que no tiene plural.
Hay una base clara para esta sentido positivo, y claro de lo que es moral, de lo que es bueno o malo, de lo que nos libera o esclaviza. Y es que Dios es “Dios”, nosotros somos a su imagen y semejanza. Dios no es fundamento anónimo del universo, ni una mera idea, ni misterio de la existencia, es el auténtico y vivo por sí mismo, Señor y Creador. Y solo viviendo de la relación con la Persona que me ha dado el ser, sabré realmente quien soy, de donde vengo, adonde voy, y por donde tengo que ir. Sabré lo que es la verdad, el bien, y conseguiré la felicidad. Y lo iré experimentando en mi vida diaria. La historia tiene sentido en Dios, en nuestra relación con Dios. El es el Juicio. No a esa opinión pública, a esa falsa ciencia, a ese pobre y progresista sentido de la historia, a todo eso que convierte en “ley”, y que no tiene nada que ver con el sentido de la vida y de la muerte. El juicio es Dios, el juicio lo aplica y lo aplicará Dios. Todo llegará ante su verdad y se hará patente. Nuestra vida entrará en la justicia y recibirá el destino definitivo.
Nuestra historia es historia de salvación, y la vida diaria es el lugar donde se realiza la fe. Esta es nuestra paz, nuestro descanso y nuestro velar. Las historias personales nos lo confirman. Samuel ese niño que estaba acostado en el Templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios. El Señor le llama pero no le reconoce. Aún no sabe cual es su misión, no se ha encontrado con El. Ante la llamada acude a la referencia más cercana que tiene, Elí. Y Elí le dice lo que sólo puede hacer, y a lo que sólo él podrá contestar. Seguro que alguna vez hemos leído este pasaje. Por fin, descubre, gracias a Elí, que quien realmente Le llama es el Señor: Habla Señor que tu siervo te escucho. El respeto, el temor del Señor, es el comienzo de toda sabiduría: ha encontrado su camino por el reconocimiento que su fe hace de esa circunstancia. La señal más segura de la verdadera sabiduría es la alegría.
El uno vela y el otro no puede dormir. Pero es muy diferente. Es la más alta victoria del hombre encontrar donde está la luz clara y serena. Entremos en el mundo de los que velan, no de los que no pueden dormir. El mundo auténtico es el mundo en el que se escucha con el corazón y con toda la vida: que la Paz del Señor sea con vosotros. Todos nosotros podemos sentirlo al despertar por la mañana y franquear el umbral de un día incierto, o por la noche, en la que pueden renacer tantos dolores y angustias. Cada vez que gritemos podemos sentir: uno vela y otro no puede dormir. Porque la paz de la que habla Jesucristo la viven los testigos del Amor, de la Alegría, de la Sonrisa en cada circunstancia. Los que velan merecen nuestro respeto, nuestra admiración, nuestra gratitud, porque aprendemos,. Nos sirven de referencia para encontrarnos a nosotros mismos y encontrarle a El: nuestra paz y nuestra vida.
Sábado, 18 de febrero
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