Por Carmen Pérez Rodríguez
Una de las grandes riquezas de la vida es la capacidad de escucha, algunos psicólogos la llaman empatía, esa capacidad de sentir y comprender, escuchar con los ojos y con el corazón. Pero no es tan corriente encontrar personas así. Estamos llenos de nuestras propias razones y puntos de vista. Queremos que nos comprendan, que nos valoren. Nuestras conversaciones se convierten en monólogos, o en pobres, y muchas veces, insoportables referencias personales o consejos. No comprendemos a la persona que incluso acude confiadamente a nosotros. Es propio de una gran riqueza interior comprender lo que realmente está sucediendo a la persona que está ante nosotros. Sólo así se produce realmente un encuentro con todo el dinamismo y riqueza que supone el “encuentro”.
Stephen Covey habla de cinco niveles en la escucha. En el primer nivel, sencillamente, la ignoramos, a pesar de estar ante ella. En un segundo nivel, podemos fingir que escuchamos, pero, eso solo, fingimos, y todo se reduce a: sí, ya entiendo; correcto. En un tercer nivel, podemos escuchar de manera selectiva, oyendo las partes que nos convienen, por el motivo que sea, o sencillamente para cumplir. El cumplimiento tan socorrido, que es un cumplo y miento. En el cuarto nivel podemos llegar a brindar una escucha atenta, centrando nuestras energías en lo que está diciendo. Pero aun falta algo, falta lo realmente personal y único, falta la escucha empática, el comprender realmente, el sentir internamente al otro que no es consecuencia de la simpatía. Es mucho más porque es el “todo”: el sentir, comprender, escuchar con los ojos y con el corazón, estar juntos ante el sí mismo personal de cada uno.
Donde podemos llegar a comprenderlo realmente es lo que de una manera única hacía Jesús. Escuchaba y dialogaba, llegaba hasta el fondo de la persona, en esa única y rica relación del yo-tu, del nosotros. Pienso en el encuentro concreto de Jesús con la Samaritana. La verdad de uno mismo ante la Verdad, Señor dame de esa agua, Señor veo que eres un profeta. Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será este el Cristo? Salieron, pues, de la ciudad y fueron donde estaba El. La persona que ha experimentado un encuentro así, lo comunica, con todo su ser.
Es muy rico y vital, y produce una experiencia única, el leer relatos del Evangelio, como puede ser este de la samaritana, o los de tantos encuentros con Jesús. Esto es el cristianismo: un encuentro con Cristo que es fuente de alegría. Un encuentro siempre nuevo, un acontecimiento gracias al cual podemos encontrar al Dios que habla con nosotros, que se acerca a nosotros, que se hace nuestro amigo. Aquí si que se produce el encuentro con el TU, que lleva al nosotros. Es fundamental, también en las relaciones con los demás, llegar a este personal encuentro con Dios que también hoy se hace presente y que es contemporáneo. En un mundo dominado por una economía regida por principios materialistas y por el liberalismo, según el Papa, quien queda excluido, es «el corazón», el punto más elevado de la inteligencia humana, la posibilidad de ver a Dios e introducir también en el mundo del trabajo, del comercio, de la política, la luz de la responsabilidad moral, del amor y de la justicia. Lo que tantas veces hemos comentado: no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. Y así se vive y se comunica.
No se si conocen la anécdota de Juan Pablo II y el mendigo. La relataron en un programa de la televisión de la M. Angélica, en Estados Unidos. Un sacerdote norteamericano de la diócesis de Nueva York entró en una Iglesia de Roma. Y en la entrada se encontró con un mendigo. Al fijarse en él, que ya es un dato, para todo lo que venimos diciendo, le pareció que lo conocía. Resulta que era un compañero del seminario, ordenado sacerdote el mismo día que él. Ahora mendigaba en Roma, por las calles. El sacerdote se identificó y surgió un diálogo entre ellos. Había perdido su vocación sacerdotal y su fe. Los dos se sintieron conmovidos. Al día siguiente, el sacerdote llegado de Nueva York, tuvo la oportunidad de asistir a la Misa privada del Papa, Juan Pablo II, y, como es costumbre, saludarle. Al estar ante él, sintió necesidad de contarle lo que le había ocurrido el día anterior y describió la situación al Papa. Un día después recibió la invitación del Papa de cenar con el, y le notificaba también el gusto que sentiría de cenar con su amigo, el mendigo. Convencido el mendigo por el sacerdote, le llevó a su lugar de hospedaje y le ofreció ropa, y la posibilidad de asearse. Juan Pablo II, después de la cena, indicó al sacerdote de Nueva York que los dejara solos, y pidió al mendigo que escuchara su confesión. El hombre, impresionado, respondió que ya no era sacerdote, a lo que el Papa contestó: una vez sacerdote, sacerdote siempre (me he acordado de la novela Diario de un cura rural de Bernanos, en la que las últimas palabras del sacerdote que muere y pide la absolución al sacerdote infiel son: no importa, todo es gracia) Pero estoy fuera de mis facultades de sacerdote, insistía el mendigo. Yo soy el obispo de Roma, me puedo encargar de eso, dijo el Papa. El hombre escuchó la confesión del Santo Padre y le pidió a su vez escuchara su propia confesión. Después de ella lloraba lleno de dolor y confianza. Juan Pablo II le preguntó en que parroquia había estado mendigando, y le designó asistente del párroco de esa misma parroquia. De manera expresa le encargó la atención a los mendigos. Precioso encuentro.
Viernes, 17 de febrero
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