En cristiano

No dejemos que el adjetivo acabe con el sustantivo

01.02.10 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

No sabía todo lo que quería decir ese saludo hebreo de Shalom. Sabemos que es una palabra que significa paz, bienestar. Paz entre dos partes, paz entre el hombre y Dios, paz interior, calma, tranquilidad de espíritu. Me han dicho que también significa retorno a un equilibrio, a la justicia y la igualdad integral. Y alguien transmite ahora la palabra como si fuera un acróstico, es decir una palabra formada por las iniciales de otras palabras. La “S” sería salud. La “H” humildad. La “A” amor. La “L” liberación, libertad. La “O” obediencia. La “M” misericordia. Quien me lo explicaba me decía: únelo en un solo y radical sentimiento y significaría paz, integridad, amor, misericordia, calma, tranquilidad, completar, pagar, compensar.

A Jesucristo se le llama Príncipe de la Paz. El proclama bienaventurados a los que construyen la paz. Sin dejar que ningún adjetivo acabe con el sustantivo. Deja como mejor don a sus discípulos la paz. La paz sin adjetivo que acabe con el sustantivo: la paz os dejo, la paz os doy. No la doy como la da el mundo. La paz de la que habla Jesucristo contiene todas las promesas, esperanza y bendiciones del Evangelio reveladas por Cristo y afirmadas por su Espíritu. Es sencillamente la paz.
Pues todavía la paz ha sido menos prostituida con adjetivos que acaben con el sustantivo que la caridad. Y es lógico, porque en el fondo todos tenemos una idea de lo que es y puede ser la paz. Pero la caridad es casi completamente desconocida. Muchos incluso evitan la palabra. Y aquí es donde nos propone Henri de Lubac que reflexionemos: no dejemos que el adjetivo acabe con el sustantivo. Una excepcional palabra como es la caridad en el cristianismo ha sido cogida, utilizada, prostituida por ideologías, mentalidades y morales de clan. Incluso, en muchos cristianos, la ignorancia, el reduccionismo, la influencia de ideologías, hace que prefieran hablar de solidaridad, compartir o cualquier otra por el estilo. Evitan la palabra o le ponen un adjetivo caridad técnica, caridad eficaz, caridad práctica. De los más variados adjetivos que acaban con el sustantivo. Se toman posiciones respecto a la palabra caridad. No quiere decir que la cariad no deba hacerse técnicamente, eficazmente, prácticamente, y todo lo que sea necesario, sino que hay que calibrar seriamente los riesgos del adjetivo o de los adverbios. Y que por muy práctica, técnica y solidaria que se haga, lo que tiene sentido, lo vital es que sea ante todo “caridad”.

Servir, incluso generosamente a una ideología que trate de justicia, es una cosa. Ser efectivamente caritativo y justo, es otro. Se dice: amar en Dios, por el amor de Dios, y esto nos parece algo frío y de pura conveniencia, y en todo caso pura palabrería. Es que no se sabe lo que es. Porque la verdad es que no hay nada más profundo. La caridad realmente vivida, interiormente vivida nos abraza, nos salva, incluso de todo fanatismo. Amar en Dios al prójimo es amarlo en su vocación, en la llamada de Dios que le constituye. Amar con el único amor que salva, amarlo como Dios ama, en el amor de Dios que le hace ser, y ser tal y como permite ser el fondo único de su personalidad. Pascal decía que buscaba con desesperación, sin encontrarlo, ese fondo único de la personalidad, porque, en efecto, es algo que no se encuentra mientras no se ama en Dios. Recuerdo que a una chica muy difícil, un día una profesora suya le dijo que la caridad era la forma plena de acercarse a ella. A lo que la niña, que desde luego no sabía que era la caridad, le contestó que se la guardara. ¡Cómo si el amor pudiera guardarse¡ Después ella misma ha hecho muchas ediciones de esta anécdota, dándose perfecta cuenta de la tontería que había dicho desde todos los puntos de vista. Hoy sabe lo qué es la caridad.

Benedicto XVI ha escrito dos encíclicas Dios es amor y La caridad en la verdad. La primera comienza: Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. Estas palabras de la Primera carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. Además, en este mismo versículo, Juan nos ofrece, por así decir, una formulación. llena de experiencia, de la existencia cristiana: Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en El. Y la caridad en la verdad de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. El amor —«caritas»— es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad absoluta. Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre. Expresa la misma inquietud de Pascal y ve donde se colma.

La caridad, no dejemos que el adjetivo acabe con el sustantivo. Créanme, leamos esas dos cartas del Papa Benedicto XVI, poquito a poco, si queremos saber que es la caridad, y tenemos la misma inquietud que Pascal por encontrar el fondo único de la personalidad, que no se encuentra mientras no se ama en Dios. Y para acabar podemos buscar el conocidísimo himno de la caridad de S. Pablo en la primera carta a os Corintios. Decir “caridad” en cristiano es vivirla desde Dios, hacia el prójimo y hacia Dios.


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