Por Carmen Pérez Rodríguez
El inventario es algo que para la cultura occidental es imprescindible. El diccionario dice que es el asiento de los bienes y demás cosas pertenecientes a una persona o comunidad hecho con orden y precisión. Bueno, si se piensa en una empresa las cosas se complican mucho más. Y hablar de inventario supone hablar de un inventario inicial, de compras, de devoluciones, de gastos de compras, de ventas, devoluciones de ventas, mercancías en tránsito, mercancías en consignación, inventario final. Así de complicada es nuestra civilización occidental y vivimos inmersos en ello. Y por eso los occidentales estamos tan preocupados siempre de hacer el inventario del mundo material y exterior para ponerlo a nuestro servicio. Esto ya es para tenerlo en cuenta, pero es que esto lleva a una manera de ser controladora y dominadora de todo y, lo que es peor, de “todos”, de las personas.
Hay realmente personas controladoras, dominadoras, programadoras de vidas y acciones de los demás. Vivimos inmersos en una falta total de respeto a la persona, y no entro para nada en esos aberrantes y absurdos programas de TV, en esas informaciones de revistas, que no puedo comprender por el “inventario” que se hace de las personas, por el control, los juicios, la invasión devastadora que suponen. Hay otras civilizaciones, por ejemplo, la India, que siempre ha estado más preocupada por hacer “el inventario” del mundo interior del hombre, por ver cómo el hombre puede llegar progresivamente a descubrir en sí mismo profundidades ocultas. Hay en la espiritualidad hindú, en el yoga, en todo cuanto entra dentro del campo de esas investigaciones de la experiencia interior, algo que pone de manifiesto una dimensión del humanismo opuesta a la del dominio del mundo material, pero que la comprendemos por la necesidad profunda e insatisfecha que sentimos. Nuestra vida interior está tremendamente coartada. No es que diga que la solución viene de la India, como muchos han pensado. No, de ninguna manera. La solución real ha venido ya hace más dos mil años. La sed infinita, inherente al corazón de todo hombre, no puede ser separada de la verdad, del amor, del bien, de la belleza concretamente revelada y manifestada. Esa sed infinita necesita del Dios vivo como se revela en Jesucristo. Es preciso, como dice Daniélou, unir simultáneamente la adhesión intelectual a la verdad y la experiencia interior de la vida, porque ambas son inseparables.
En nuestro mundo, en nuestro ambiente, la vida interior esta tremendamente coartada, vivimos bajo un fardo abrumador de ocupaciones materiales. Nuestra psicología está dañada, y como somos una unidad, nuestra religiosidad carece de interioridad, de calado, de arraigo. Con los falsos encantos de la efectividad, del dominio, del control de todo, del placer, se pretende alcanzar una calidad de vida que es falsa, porque le falta la interioridad. En realidad parecemos autómatas que nos se conocen, ni se comprenden a sí mismos. La palabrería, la verborrea, ha reemplazado a la verdadera comunicación. La carcajada hiriente o provocativa, la sonrisa sintética, ha reemplazado a la risa auténtica. El sentimiento fuerte de la posesión impide algo fundamental para el ser humano que es el compartir. Desde luego se padecen deprimentes carencias de autenticidad. Se busca la identidad y la propia valía en ese mundo del “inventario” que decíamos al comienzo y se ignora lo que realmente es dar y recibir.
La interioridad nos da independencia de carácter, fuerza para actuar, en lugar de que se actúe sobre nosotros. Nos da libertad para no depender de las circunstancias y de otras personas. El gran camino que tenemos es la vida interior, la experiencia interior. Ciertamente la fe es primordialmente cuestión de verdad. Porque mi problema no consiste en saber qué es lo que siento; consiste ante todo, en saber cuál es la realidad. Todas las experiencias que yo pueda sentir, en la medida en que no las ponga en relación con la verdad son frágiles, están a merced de cualquier interpretación sea psicológica o sociológica, a merced de cualquier ideología y manipulación. Es esencial saber si Dios existe. Si Cristo es verdaderamente el Hijo de Dios que ha venido a este mundo. Y desde luego que no sea una verdad abstracta, sino el encuentro vital con El, que es la Vida. La fe es necesaria en la medida en que llega a ser vida, en el sentido en que es un encuentro personal con el Dios vivo. Es un cambio total a la mentalidad de inventario en la que vivimos, y que menosprecia la dimensión interior de la vida humana. La experiencia de nuestro encuentro con Dios, y de cuanto ese encuentro nos proporciona, resiste la dura experiencia de la vida cotidiana con todos los problemas que ella nos plantea. Lo propio de lo que es auténtico, desde este punto de vista, es que es una fuente continua de conversión, de avance, de realidad.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn