Por Carmen Pérez Rodríguez
Me han mandado un correo electrónico con una historia. Yo les aseguro que estas cosas, que les voy a contar, pasan, solo hay que verlas. Yo, he vivido algo muy, muy cercano, y me han sorprendido las distintas reacciones, y cómo cada uno ve todo en función de sus paradigmas y principios. ¡Que gran realidad es que proyectamos, en todo, absolutamente en todo, lo que llevamos dentro¡ Hace ya tiempo abrimos la ventana para ver lo qué es un milagro, cómo en la vida se da el milagro, y que la vida es para hacer “milagros”. Nos ayudó un libro de Luigi Giussani, en el está expresado, de manera genial, para nuestra vida ordinaria el milagro en los tres aspectos en que él ve que se manifiesta. Sólo me voy a fijar en uno de ellos. Esos momentos en los que Dios nos llama para que seamos conscientes de algo y se sirve de lo cotidiano. Puede ser una buena noticia, un dolor, un éxito, una amistad que surge, un acontecimiento que nos supone una llamada de Dios. Son las formas de ver la grandeza de Dios, la familiaridad con la que vive en nuestra vida. Ésta en realidad, es la vida profundamente vivida, sin dualismos. Es saber ver, saber reconocer. Nuestra vida como un tapiz en el que todo se va tejiendo, puntada a puntada.
La historia es la de un mantel. Un sacerdote de los suburbios de Brooklyn, New York, llega nuevo a una parroquia y estaba en pésimas condiciones. Necesitaba tenerla para la celebración de la Navidad. Trabajó arduamente. Y pensó que ya podía celebrarse en ella la Eucaristía. Pero cayó una terrible tormenta y cuando fue a ver la Iglesia el agua se había filtrado causando una gran mancha en la pared frontal. El sacerdote limpió todo como pudo, y fue a un mercado con fines benéficos. Uno de los artículos era un hermoso mantel hecho a mano, exquisito en las aplicaciones, y en los bellos colores. Justo el tamaño que deseaba para cubrir el hueco dañado. Lo compró. Y se fue a la Iglesia, había empezado a nevar. Una mujer cruzó la calle corriendo para coger el autobús. Lo perdió. Y el sacerdote la invitó a entrar pues el próximo autobús tardaría en llegar 45 minutos. La señora se sentó en el banco. El sacerdote empezó su trabajo para colocar el mantel como un tapiz en la pared. Estaba encantado de cómo lucía. Miró a la mujer que venía caminando donde él se encontraba. Estaba desconcertada. Padre ¿dónde consiguió ese mantel? El Padre se lo explicó. Y ella pidió mirar una esquina buscando algo. Encontró lo que buscaba unas iniciales. Ese mantel lo había bordado ella hacía 35 años en Austria. Y le explicó como ella y su marido tenían una posición buena económica. Cuando los nazis llegaron, les forzaron a irse. Fueron capturados y nunca más se vieron. El sacerdote la lleva hasta su casa y le ofreció regalarle el mantel pero no lo aceptó. El sacerdote se ofreció a llevarla a su casa, vivía lejos, y venía a ese barrio a trabajar como asistenta en una casa. El día de Navidad el sacerdote celebró en su Iglesia adornada la Eucaristía y después se despidió de todos. Pero un señor, al que el párroco reconoció del vecindario, estaba mirando sorprendido el mantel. Era idéntico al que su esposa había hecho años atrás. El párroco acompañó al marido a casa de su mujer. No sigo, se lo imaginan.
Y el otro suceso es actual, actual. Visto de primera mano. Una religiosa pidió el día antes del aniversario de la muerte de su madre: Señor concédeme el don de sentir la comunión de los santos con hechos sensibles, pensaba, concretamente, en la “presencia” de su madre. Al día siguiente, el día del aniversario, se estaba probando unos zapato, y precisamente en un sitio en el que no había entrado nunca. Pero le había quedado de paso. Tenía un zapato diferente en cada pie, uno de color marrón oscuro, y otro más o menos avellana. Dudaba. Y una señora, a la que no había visto en su vida, se le acerca y le dice: Hna. los dos. ¿Cómo los dos? Sí, Hna., se va a llevar los dos porque yo estoy aquí, precisamente hoy, para hacerle ese regalo. No sigo con el diálogo para no alargarme, también puede imaginárselo, y fue precioso. La Hna. no quería aceptarlo, y le decía que otras personas lo necesitarían más. Pero se produjo un diálogo, para no olvidarlo en la vida. Le explicaba que podía hacerlo, y que tenía ese enorme gusto de hacerlo a una persona que estaba consagrada al Señor, y al servicio de todos, y precisamente ese día que había salido con su tarjeta. Con frases hasta del Evangelio, que recordaban la escena en la que Jesús contesta al fariseo porque se escandaliza del perfume “malgastado”. La señora le dijo a la dependienta que le pusiera los dos pares. Sin mirar el precio, entregó su tarjeta a la dependienta en la caja. La Hna. se quedó, admirada, sorprendida, emocionada de que hubiera personas así, y en estos tiempos de crisis. Los comentarios que le hicieron personas a las que lo contó fueron de lo más diversos. Ciertamente en ellos se retrataban todas las personas. Ella sintió en su corazón que era “una especie de guiño” de su madre desde el cielo, recordó su oración del día anterior, y sintió profundamente en su corazón el milagro, como una ternura de su madre desde el cielo y precisamente ese día, el día de su aniversario. La señora del regalo, no le dejó ninguna referencia para identificarla, y les garantizo que no sabe nada de ella, ni la ha vuelto a ver.
Estas cosas pasan, solo hay que verlas. Yo quiero vivir como Martín Descalzo encontrando razones para la alegría. El escribió el prólogo de su libro Razones para la alegría en el día exacto para hablar de ella, Esa mañana le había ocurrido “algo”. En la rutinaria revisión que le hacían le encontraron “más pachuchos” su corazón y sus riñones de lo que esperaban, y le anunciaron su entrada en diálisis. Y él pregona el gozo que se experimenta, no porque las cosas vayan bien, sino por el bien que no cesa de brotar “a pesar de que” las cosas vayan cuesta arriba. El gozo se promete a aquel en el que las razones para la auténtica alegría son más fuertes que las razones para la tristeza.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
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Francisco Baena Calvo
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