Por Carmen Pérez Rodríguez
Inmediatamente podemos darnos cuenta que la luz sin ninguna oscuridad solo puede ser Dios.. Y es algo evidente, el mismo concepto de Dios lo postula. No, no quiero centrarme en el famoso argumento de S. Anselmo. Pero realmente, si decimos “Dios”, pensaremos en el ser mayor que el cual nada puede ser pensado. O, con una afirmación claramente cartesiana: de la misma manera que decir triángulo es también decir que sus ángulos suman 180 grados, decir Dios es decir que es luz sin ninguna oscuridad. Nada de demostraciones, ni argumentaciones, sino lo que los testigos nos muestran. S. Juan en su primera carta: Os anunciamos el mensaje que hemos oído a Jesucristo: Dios es luz sin ninguna oscuridad. Si decimos que estamos unidos a Él, mientras vivimos en la oscuridad, mentimos con palabras y obras. Pero si vivimos en la luz, lo mismo que Jesucristo está en la luz, entonces estamos unidos unos con otros.
Mentimos con palabras y obras, mentimos con leyes, mentimos con los derechos, mentimos con nuestra esquizofrénica libertad, mentimos con pobres y ramplonas ideologías que dejan al hombre sin raíz, sin sentido de la vida, sin amor. Mentimos, porque ni hay camino, ni hay verdad, ni hay vida. Me viene esto por la oscuridad en la que está nuestra sociedad con relación a la condición humana, al sentido de la vida, a lo que nos hace mejores, a lo que nos une en una auténtica comunión. Dios nos es necesario porque es el Único y lo Único que da sentido a nuestra vida, que ilumina lo que es realmente la Ley, la Autoridad, la Naturaleza. O con palabras de Dostoyewski: Dios me es necesario, porque es el único ser que puede amar eternamente. O lo de Chateaubriand: con Dios todo es grande, sin Dios todo es pequeño. Y también la afirmación de un científico, Einstein: el hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir. Claro, porque es luz sin ninguna oscuridad, y sin El todo es mentira y nada tiene consistencia.
Jesús Niño o Herodes, el Sí o el No. En las circunstancias en que estamos tiene mucho sentido la fiesta de los Inocentes. Pero la fiesta, tal como se celebra desde la lectura de la carta de S. Juan que acabamos de decir, y del Evangelio de S. Mateo: Levántate coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. Lo lógico y racional es que sintamos el oráculo de Jeremías, la juventud de lo eterno: un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes. Es Raquel, que llora por sus hijos y rehúsa el consuelo, porque ya no viven. Cuando se proponen el aborto, y la sexualidad sin ver su sentido, se está en la más completa oscuridad, y la más completa decadencia de lo que es la condición humana. El salmo 123 también nos ayuda: Hemos salvado la vida, como un pájaro de la trampa del cazador. Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte cuando nos asaltaban los hombres, nos habrían tragado vivos, tanto ardía su ira contra nosotros. Nos habrían llegado hasta el cuello las aguas espumantes. La trampa se rompió y escapamos. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.
Esta situación real centra hoy nuestra ventana abierta. Desde siempre la postura de la vida o de la muerte, de la luz o de la oscuridad. La vida, la luz, la dignidad, la grandeza de la condición humana redimida, es el nacimiento de un Niño que da comienzo a una nueva era histórica. La muerte, la oscuridad es Herodes, un monstruo, que dice Giovanni Papini. Ni era hebreo, ni griego, ni romano. Era un idumeo que doblaba la rodilla ante Roma, y halagaba a los griegos para tener más seguro el dominio sobre los hebreos. No seguimos con el análisis que hace; la descripción de sus hechos es terrible. El evangelista S. Lucas, el autor de los “Hechos” tiene un verdadero afán por describir situaciones significativas, y por eso nos sitúa a Herodes. En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías. Herodes, al que todo le hace temblar por su ambición. Esclavo de sus mezquinos intereses. El fin, que pretende el poderoso de turno, justifica todos los medios. Se pueden inventar leyes, decretos, normas antinaturales.
Hay salmos en profunda conexión con los que pueden ser nuestros sentimientos ante el misterio del Hijo de Dios que se hace un Niño, de la vida y de la muerte, del sufrimiento y de la Providencia. Por ejemplo, los salmos 138 y 139 expresan una maravillosa sabiduría. La mirada y amorosa de Dios se fija en el ser humano, en la acción divina dentro del seno materno: mi embrión tus ojos lo veían. Tus manos me formaron, me plasmaron. Tú ves el futuro de ese embrión informe. Todos mis días están en Ti. La grandeza de esta pequeña criatura que aún no ha nacido, formada por las manos de Dios y envuelta en su amor desde el primer momento de su existencia. Yo digo con S. Agustín: Quiero caminar con Cristo y vivir con alegría. El que me mandó que le siguiese.., va delante de mí... nació, murió y resucito para que tuviese todas las razones para creer y esperar.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
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