Por Carmen Pérez Rodríguez
Pienso que es muy significativo que se celebre la Fiesta de S. Juan Evangelista en plena Navidad. El Evangelio de S. Juan siempre ha conmovido y admirado a todo el que lo lee. Marca un comienzo impresionante. En el principio era la Palabra, el Verbo. ¿Quién lo dice?, Juan, el pescador. Claro que no lo dice sólo como simple pescador, sino como conocedor y pescador de los sentimientos y de la razón humana, como el que quiere vivificar a los hombres. Lo que expresa está lleno del Espíritu Santo: el principio del que habla está más allá del tiempo. En el principio era el Verbo y el Verbo estaba junto a Dios. Es S. Ambrosio el que se hace la pregunta y da la contestación de quién es el autor de este impresionante prólogo. S. Ambrosio, uno de los más famosos Padres y Doctores de la Iglesia de Occidente, junto con S. Agustín, S. Jerónimo y S. León. Esto es, por lo menos, también historia. Precisamente S. Agustín, cuando aún no se había convertido, estaba entre los oyentes de S. Ambrosio. No quería perderse ni una palabra. Al fin se produce su conversión, quiere que le bautice el mismo S. Ambrosio, y después, ahí está la gran figura de S. Agustín. Lo demás espero que lo sepamos y que se sepa, al fin y al cabo, es historia de la humanidad.
En todas las épocas, grandes pensadores se han sorprendido ante este escrito, el sorprendente evangelio de S. Juan, que empieza con ese pórtico digno del mejor edificio. Por ejemplo, uno de ellos es Hegel, considerado por la Historia de la Filosofía como el representante cumbre del idealismo filosófico alemán. Su pensamiento sorprende a cada nueva generación. La profundidad de su pensamiento generó una serie de reacciones y revoluciones que dieron lugar a la “derecha y la izquierda”. Es que, lo que llamamos el prólogo del Evangelio de S. Juan, es impresionante. En el prólogo está ya lo que nos quiere expresar y lo que nos quiere comunicar. Es más, siguiendo el prólogo, se hace presente la estructura y contenido del llamado cuarto Evangelio. Toda la creación es señal de Dios. En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios. Todo se hizo por ella. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Vino a los suyos….
Me quedo con esta expresión. Tanto por lo impresionante de la brevedad, como por todo lo que implica y conlleva. Vino a los suyos, hecho ya perenne en la historia. Querrán quitar todo lo que arbitrariamente quieran, y por los intereses que sean, pero el hecho está ahí: vino a los suyos. Vino a la humanidad para hacer el bien y vivir en la verdad. También ahí están las consecuencias a lo largo de la historia: los que no le reciben y los que le reciben de verdad. A los que le reciben de verdad, les da el poder de hacerse hijos de Dios. Juan, el pescador, el que se encontró con Jesucristo, hace como tantos hombres a lo largo de la historia, esclarecer la situación: dos clases de hombres, los que creen y los que no creen, los que dicen Sí a la voluntad de Dios y aquellos a los que Dios le dice: hágase tu voluntad. Los decentes y los indecentes, como experimentó Viktor Frankl en los campos de concentración. Los que le reciben y los que no le reciben. Los que no le reciben ¿a merced de quién y de qué se quedan? Los que le reciben creen en la redención del ser humano, creen que la vida tiene pleno sentido, que la historia es una historia de salvación, que la fraternidad de todos es un hecho.
¡Lo que lleva consigo este vino a los suyos¡. Vivir y enseñar cual es la dignidad humana, mostrar para qué fue creado el hombre, y a imagen y semejanza de Quien fue creado. Desde su cuna y desde su cruz, dice a todo hombre que viene a este mundo, que puede llamar a Dios Padre, que todos, absolutamente todos los seres humanos, son hijos de Dios, hermanos y amigos suyos ¿Sirve a la humanidad entera la Navidad y la Cruz? ¿No es una referencia, una luz, una fuerza, un camino para todo ser humano?. Los hechos que nos narra Juan, ya en el desarrollo de su evangelio, están al alcance del que quiera reconocerlos. El misterio de Dios se revela a todos los que le recibieron: los primeros discípulos, Nicodemo, la samaritana, la mujer adultera, el que era ciego de nacimiento, los necesitados que se le acercan por el reconocimiento de su necesidad, Lázaro, Marta, María. El evangelio de Juan es la exposición de Jesús como Palabra viviente de Dios; en cada momento hace ver el significado de los acontecimientos. Es un auténtico diálogo con Jesucristo a través del cual va viendo toda la realidad. Y tanto en el prólogo, como en el epílogo, da su testimonio personal: hemos contemplado su gloria. Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Si se escribiera una por una todas las cosas que hizo Jesús, pienso que ni todo e mundo bastaría para contener los libros que se escribieran.
Realmente para encontrar la felicidad, el sentido de la vida, para ayudar a los demás, para solucionar las cosas, el más humano de los hombres se beneficiaría más sintiendo lo que realmente es la Navidad, mirando el crucifijo, leyendo el Evangelio de S. Juan, que de un análisis del autor que quieran, llámese Marx, Nietzsche o del último crítico o revisionista.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn