En cristiano

Antes de la primera Navidad

25.12.09 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

Estaba escuchando con todo mi atención a Marko Rupnik, un jesuita de Eslovenia, y asocié, los sentimientos que me suscitaba, a Teilhard de Chardin, otro jesuíta. Leyendo a Teilhard y viendo y oyendo a Rupnik se comprende que la tierra y la vida es un gran himno al Creador. Se siente en la conciencia una admiración y un estupor ante lo divino omnipresente. Todo un canto del universo al Creador y a Cristo, alfa y omega de cuanto existe. Los dos transmiten un mensaje referido a la vida, a la acción, a todo cuando ha sido creado.

Teilhard de Chardin es un geólogo, paleontólogo, filósofo. Marko Rupnik es un artista, poeta, filósofo, teólogo. Creció en la majestuosa belleza de los Alpes eslovenos. El ha comentado que cuando era pequeño iba con su padre a recoger piedras para preparar la tierra fértil. Su padre hacía un signo de la cruz sobre el campo antes del trabajo y, Rupnik contemplaba cómo las manos de su padre tocaban las piedras y la tierra con una sacralidad litúrgica. Hoy es uno de los artistas importantes del arte sacro, ha realizado muchísimos trabajos. En Madrid puede contemplarse, que yo sepa, la sacristía y la capilla de la Catedral de Almudena, y se está haciendo la capilla del Colegio Mayor S. Pablo. Pero quiero centrarme en él como artista del color, en sus sentimientos en torno a la materia. Dice que el color es la luz de la materia del mundo, que el artista busca. Busca el significado unificador de todo. La unidad no debe destruir la diversidad, ni anular las personalidades.

Los dos me hacen sentir el universo entero como cuna del Dios que entra en el seno de una mujer y nace como un niño más. En lugar de pensar en la sencillez de Belén, he sentido, por estos dos jesuitas, algo así como “antes de la primera navidad”. Toda la naturaleza, los adornos que preparan la navidad, todos los preparativos, absolutamente todos, el adviento, la corona de adviento, las fiestas que preceden como la Inmaculada, la Virgen de la Esperanza, Nuestra Señora del Parto, los salmos, retiros y silencios preparatorios para la celebración de lo que realmente es la Navidad, toda la maravillosa liturgia, todo, absolutamente todo, como surgido de una tierra, de un humus que esperaba el gran acontecimiento desde la creación del mundo.

Pues estos dos grandes creyentes, estos dos grandes hombres, estos dos grandes testigos, me hicieron sentir que el gran himno al universo se centraba en el nacimiento de Cristo. Esto dice el Señor: Pero tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial escribe el profeta Miqueas. Todo, antes de la venida de Cristo, es la preparación para el gran acontecimiento, que marca y señala el sentido de toda la historia: Dios que asume en la naturaleza humana, su propia creación. O su Palabra que se manifiesta en lo que ya era también manifestación suya, el universo entero.

Me gusta mucho la descripción, como nos la expone Chesterton en El hombre eterno, de las formas para llegar a un lugar. Una, no salir nunca de ese lugar. Y la segunda, dar la vuelta al mundo hasta volver al punto de partida. Pensamos en la segunda. Un muchacho vuelve la mirada, y desde una gran perspectiva, descubre su propia granja y jardín, que brillan sobre la colina como los cuarteles y colores de un escudo. Un lugar en el que había vivido siempre, y que le había pasado desapercibido, debido a su cercanía y a la enormidad de sus dimensiones. En esa imagen, dice él, reside el núcleo del libro El hombre eterno. Pues esta es la imagen que yo quiero poner ante Vds. Eso es lo que me han transmitido Rupnik y Teilhard. Ver así la preparación para la Navidad. Todo lo anterior al gran hecho, al gran acontecimiento. Todo lo anterior como soporte, como cuna, como altar para el Niño que nace. Toda el pensamiento humano, todo el arte, toda la imaginación, todo lo mejor adorando al Niño que nace.

Para acabar el texto que ha suscitado este tema: Todos los tiempos y los espacios, las prodigiosas duraciones que preceden a la primera Navidad, no está vacías de Cristo sino penetradas de su influjo poderoso. El bullir de su concepción es el que remueve las masas cósmicas y dirige las primeras corrientes de la biosfera. La preparación de su alumbramiento es la que acelera los progresos del instinto y la eclosión del pensamiento sobre la Tierra. Todo era espera interminable del Mesías. Eran necesarios para que así comprendiéramos nada menos que los trabajo tremendos y anónimos del hombre primitivo, y la larga hermosura egipcia, y la espera inquieta de Israel, y el perfume lentamente destilado de las místicas orientales, y la sabiduría cien veces refinada de los griegos para que, sobre el árbol de José, y de la Humanidad, pudiese brotar la Flor. Todo lo anterior era el marco para que Cristo hiciera su entrada en la escena humana.

Antes de la primera Navidad: cuando Cristo apareció entre los brazos de María se acababa de revolucionar el Mundo.


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