En cristiano

Lo que el propio corazón desea

22.12.09 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

Bravo por la gente joven que está sabiendo y estimando lo que el propio corazón desea, lo que realmente es el ser humano, y con todo lo que significa. Una madre, la madre de un chico ingresado en el Hospital Nacional de Parapléjicos decía: no es verdad que toda la juventud está de esa manera que algunos nos quieren hacer creer, hay una juventud formidable. Y es el testimonio de una madre, y en una situación bien crítica. La juventud en abstracto no existe, existen jóvenes concretos, con sus respuestas personales, a las más diversas situaciones. El causante, de este ¡Bravo¡ lleno de alegría y gratitud, que me sale con toda fuerza desde dentro, es un joven que acaba de cumplir 35 años, y que ya nos tiene, en esta ventana abierta, bien acostumbrados a sus testimonios.

La fe en abstracto no existe, existen las personas creyentes, existe, lo que decimos tantas veces, el acto de fe como el más libre de todos los actos, y como la respuesta más personal de todas las respuestas. Claro que es un hecho, lo que sensacionalmente afirma Chesterton en Las cinco muertes de la fe. La fe sobrevive a la guerra y a la paz. Muere muchas veces, y otras muchas decae y degenera. Ha sobrevivido a su propia debilidad y hasta su propia rendición. Muchas veces ha sido asesinada, y es notorio que ha sobrevivido a las persecuciones más salvajes y universales. Pero la belleza final es siempre la misma: la fe en Cristo que hermana la juventud y la muerte. Cuando la fe cristiana parece acabarse, siempre vuelve a empezar. Los cielos y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán.

Les leo el texto que me ha mandado este chico, un texto que el mismo escuchó en una charla, durante unos días de reflexión: hasta que una persona no estima humanamente la virginidad, todavía no ha entendido con profundidad lo que el corazón, en concreto, lo que el propio corazón desea frente a la persona amada. Se trata, por lo tanto, del culmen de la tensión moral, y por ello afecta a todos: afecta a la relación del hombre con la mujer, pero también a la de los padres con sus hijos, la de los amigos entre ellos, y también la relación de conocimiento con todas las cosas, del investigador con el objeto de su investigación. Representa y expresa, por lo tanto, la relación verdadera con todas las cosas, aquella relación cuya modalidad no está definida por la apariencia o por la reacción inmediata, sino por el destino, donde las cosas son apreciadas, estimadas, acogidas porque se encuentran en el universo de las relaciones y en la totalidad de los significados…Toda la belleza y la armonía de la vida se juega en esta conciencia. Y añade mi amigo: en esta pasión amorosa por Cristo.

La búsqueda del placer como fin, no se opone solamente a la autotrascedencia de la persona, a la verdadera realización de nuestros anhelos, sino que obstruye el camino a la propia consecución del placer. Cuanto más busca el hombre el placer tanto más se le diluye. Cuanto más persigue la felicidad, la echa de su lado. La dicha es una consecuencia, y no se puede lograr por esos medios. Lewis tiene una idea y una vivencia clarísima de lo que para el hombre es el cumplimiento de sus anhelos y deseos: si se le da el primer lugar a la relación de uno con Dios, todo lo demás aumenta, incluidos nuestros amores y placeres terrestres. El fin principal de nuestra vida, la razón de nuestra existencia en este planeta, es establecer una relación con la Persona que nos colocó aquí. Mientras no se establezca esa relación, todos nuestros intentos de alcanzar la felicidad, -nuestra búsqueda de reconocimiento, de dinero, de poder, del matrimonio perfecto o la amistad ideal, de todo aquello en cuya búsqueda gastamos nuestras vidas,- siempre se quedarán cortos, nunca satisfarán el anhelo, colmarán el vacío, calmaran la inquietud o nos harán felices.

Lo que el propio corazón desea es nuestro encuentro personal con el Dios Creador de todo, y desde El, en El, vivir con toda fuerza y confianza la vida. La gran realidad del cristianismo es hacer posible este encuentro en la persona de Cristo, que ha redimido nuestra condición humana. El amor de amistad es la gran fuerza de la vida, y desde luego la única manera de vivir la vida cristiana. No podemos cambiar muchas situaciones, pero sí podemos crecer en las dificultades, sí podemos cambiarnos a nosotros mismos. Podemos convertir las dificultades en medios para ser mejores, para poner lo mejor de nosotros mismos en esa situación. ¿Quiénes sirven de verdad de referencia, quienes merecen la estima de todos? Los que viven su vida con dignidad, los que sobrellevan un duro destino con toda su humanidad.


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