Por Carmen Pérez Rodríguez
En la liturgia de Navidad nos encontramos dos versículos del libro de la Sabiduría: un profundo silencio lo envolvía todo, y, en el preciso momento de la medianoche, tu palabra omnipotente, de los cielos, de tu trono real, cual invencible guerrero se lanzó en medio de la tierra.
Me siento como ante una aparente contradicción. Mejor, ante una paradoja en el sentido de Chesterton. Sus paradojas, esa maravillosa manera que tiene el de forzar el lenguaje para escoger el enunciado más sorprendente posible. Esa manera suya de expresarse que crea en nosotros un efecto de perplejidad para llevarnos por el camino más indicado. Cicerón en su obra El orador dice que lo que griegos llaman paradoja nosotros lo llamamos cosas que maravillan. Pues aquí está mi extraña situación, hablar del silencio, y para ello necesito palabras. Realmente hablar del silencio parece una traición al mismo silencio.
Los mitos y los cuentos tradicionales están poblados de seres que por una u otra razón quedan privados de la capacidad del habla. En Los seis cisnes la hija más pequeña del rey se ve obligada a guardar silencio durante seis años, si quiere salvar la vida de sus hermanos mayores, convertidos en cisnes por obra de la malvada madrastra, y devolverles de este modo su antigua forma humana. Se cuenta que Pitágoras obligaba a sus alumnos a guardar silencio durante dos años. Desde luego la práctica del silencio, la influencia de la música, y el estudio de las matemáticas eran considerados como valiosas ayudas para la formación del alma. Un aspirante a una vida espiritual seria y profunda fue a ver a un maestro de vida espiritual y le pidió que le instruyese sobre esa vida. El maestro comenzó por ofrecerle un té. Vertió el té en la taza del aspirante, sin detenerse después de llenarla, de modo que se vertió fuera. El aspirante pensó que no se estaba dando cuenta de lo que hacía, y se lo indicó. Pero sólo con la mirada del maestro percibió el sentido simbólico de aquel gesto. Si estamos llenos de intereses, ruidos, superficialidades, si estamos orientados a todo lo exterior no existe espacio para lo espiritual. El silencio significa estar abierto a lo que nos hace ser más nosotros mismos, a descubrir nuestro interior. Nuestros sentimientos pueden disfrazarse. Tendríamos que volver a los versículos del libro de la Sabiduría.
Evidentemente que el silencio del que hablamos es más, mucho más, está en otra onda completamente distinta, que la simple mudez, o la tensión del “no hablar porque es mejor callar. Es el silencio fértil, que no es carencia, ni suspensión de la palabra. Es el silencio, en realidad, más parecido al del místico que se encuentra en una zona en la que, si calla, ¿cómo nos hace partícipes? Y, si habla, ¿con que palabras conseguirá ser veraz? Como dice S. Juan de la Cruz: sólo el que por ello pasa sabrá sentir, más no decir. Es, también, aquello que recuerda un breve poema japonés: tras el canto del pájaro, la montaña es más silenciosa. O la afirmación del poeta, ensayista y traductor, José Angel Valente, muerto en el 2000: la imposibilidad de la palabra es su única posibilidad. Este silencio pertenece a nuestra más profunda realidad humana. Es la base de nuestra trascendencia, desde la que nos planteamos todo, desde la que nos abrimos al conocimiento de las cosas, de los hombres, de Dios.
En el silencio de nuestra alma se esconden los más profundos secretos. Dios nos susurra a través de los pájaros, de las puestas de sol, de toda la naturaleza, de todos los hechos y acontecimientos, pero la posibilidad de escucharle es nuestro silencio interior. Las mejores conversaciones y diálogos brotan y requieren del silencio. Sin él no se dan. En el trabajo silencioso y tranquilo se conoce a la persona, se percibe su grandeza. Si hay silencio interior, aun en medio de la dinámica cotidiana, podemos acercarnos a Dios En el silencio se percibe lo que late en nuestro interior. Sólo desde el silencio podemos estar con el que sufre, alegrarnos de verdad con el que goza, con el éxito del amigo. En el silencio se descubre y comprende por qué se goza, por qué se sufre. Sólo en el silencio y por el silencio se sabe del otro. El mayor grado de comunicación se da en el silencio. Incluso si aplicáramos el criterio de utilidad nos daríamos cuenta de la importancia del silencio. Sólo el silencio nos lleva a captar la diferencia de lo útil y lo inútil. A veces hablamos simplemente por la necesidad de autoafirmarnos o justificarnos, y no digamos otros motivos más ruines.
La persona superficial no aporta silencio, no quiere escuchar ninguna voz interior. Su vida es hacer cosas, ganar dinero, divertirse, sin poder descubrir y encontrarse con su propia y rica soledad y silencio. Vivimos aturdidos por toda clase de ruidos, afirmaciones, zarandeados por impresiones pasajeras sin detenernos en lo que realmente nos va la vida. Pero realmente el silencio es nuestro centro, desde donde partimos hacia todas las direcciones: mundo exterior, mundo del arte, mundo religioso, mundo de las relaciones. El hombre no puede encontrarse con otro hombre más que en el silencio. Nos gozamos en la obra de arte teniendo ambos, objeto contemplado y hombre, como medida común el silencio. El hombre calla ante el descubrimiento, ante la creación, ante el amor, entonces ya no tienen sentido las preguntas, pues se deja ver parte de la plenitud. ¿Cómo se puede sentir así el silencio sin un Dios creador, personal, padre? En Dios está la plenitud, por eso nuestro silencio solo se llena de Dios.
Un profundo silencio lo envolvía todo…y en el preciso momento de la medianoche…
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
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