Por Carmen Pérez Rodríguez
Tener o no tener que agradecer. Ya está mal el planteamiento En ese terreno no puede darse la gratitud. Así no puede florecer ¿Hay algo fundamental que hace posible el agradecimiento, el libre dar y recibir como carácter determinante en las relaciones humanas? La gratitud parece algo pequeño en la vida, algo de lo que se puede prescindir. Pero sí, sí…que decía una persona. ¡Huy la gratitud¡ ¡tela marinera¡ para bien y para mal¡ Uno de los síntomas preocupantes de nuestra sociedad, de nuestras relaciones, sean de la índole que sean, es precisamente que la gratitud parece ausente, no es habitual. La gratitud está en desuso, es una virtud no vivida, y no valorada. “Prefiero no tener que agradecerle nada” se oye frecuentemente, Y claro con este planteamiento, si ahondamos, estamos poniendo de manifiesto las relaciones personales. Dice Romano Guardini que se necesitan tres condiciones importantes para el agradecimiento: El agradecimiento, como el ruego, sólo lo hay del yo al tú, requiere a las personas; segunda: se da en el ámbito de la libertad, sino pierde sentido. Y tercera condición: solo hay agradecimiento con honor, con respeto.
Tres condiciones que se implican y arrancan de la relación yo-tú, se produce en el encuentro de dos personas. Solo cabe estar agradecido a una persona. A una ley, a un seguro, a una estructura, no se le puede dar gracias, no se puede experimentar gratitud. La gratitud es la expresión de un encuentro personal en la necesidad de la existencia. Uno necesita y otro sabe dar. O uno sabe dar y otro sabe recibir. En este dar y recibir germina el agradecimiento. El agradecimiento es la forma básica de la relación. Por la gratitud se unen las personas en lo más humano. En cuanto desaparece la conciencia de que se está tratando con una persona, avanza el aparato, la estructura y muere el agradecimiento. “Prefiero no tener que agradecerle nada”, tremenda expresión. No es el doy para que me des. Ni te doy para tenerte dominado. No se produce el agradecimiento en ese frío conjunto social, de conexión técnica de funciones en el que evidentemente no queda sitio para el agradecimiento. Sólo cabe estar agradecido a la persona. Y solo la persona es capaz de recibir la gratitud. El agradecimiento, como el ruego, solo son posibles entre un yo y un tú, que se miran a los ojos, que se encuentran. No es la mera cortesía, ni una desencarnada y funcionaria atención. Es la dinámica de la vida. Ese continuo vivo dar y recibir como semilla fecunda.
Agradecimiento lo hay sólo en el ámbito de la libertad. El agradecimiento no se impone. No es una obligación. En cuanto se forma una obligación o rige una exigencia pierde sentido. No es agradecimiento el que las cosas funcionen, pero si brota el agradecimiento en la manera rica, personal y libre de realizar un trabajo, una función, en el trato personal. No se está agradecido por un derecho que me corresponde. No agradezco que me den el producto que he comprado, pero si en la manera de hacerlo. El verdadero agradecimiento sólo se da en el ámbito de la voluntariedad, en el ámbito en el que hay la respuesta personal. Este ámbito de la libertad es el que produce la apertura del corazón que lleva a decir y sentir: te lo agradezco. Decía Quevedo que el agradecimiento es la parte principal de un hombre de bien. Lao Tse lo llama la memoria del corazón. Siendo niños, dice Chesterton, éramos agradecidos a los que nos llenaban los calcetines por Navidad ¿Por qué no agradecíamos a Dios que llenara nuestros calcetines con nuestros pies?
La tercera condición para que sea posible el agradecimiento es que quien concede la donación ha de hacerlo con respeto para quien la recibe, pues si no hiere su dignidad, su sentimiento de honor. No se puede hacer de manera indiferente, rutinaria. Tampoco se puede asumir el papel de persona importante que hace una concesión, ni de ninguna manera ejercer un poder por la donación que se hace. El prefiero no tener que agradecerle nada es lo inmediato a esto. Si quien ayuda hace sentir su superioridad, muere el agradecimiento, y surge la humillación y el rencor. ¡Cuántos que reciben quisieran tirar el donativo, el favor, a la cara de quien se lo da¡. Si no hay respeto mutuo, el agradecimiento sucumbe y se produce la ofensa. Sólo merece el nombre de ayuda la que hace posible el agradecimiento. Y, realmente, sólo es auténtico trabajo el que genera agradecimiento. El auténtico rogar y dar, el auténtico recibir y agradecer es bello, es profunda y grandiosamente humano, ocasiona el encuentro humano.
El dar y el agradecer, que nos elevan por encima del funcionamiento de la máquina y de los instintos animales, son el eco de algo divino. El mundo, la naturaleza es obra de Dios. Existe porque Dios lo ha pensado y porque, por un misterio de la libertad del amor, quiere que exista. Es el constante don de Dios para nosotros. El que existamos cada uno es don. El saberlo forma parte de nuestra conciencia. Recibirse constantemente de la mano de Dios y darle gracias forma parte de nuestra actitud. En Jesús de Nazaret hubo agradecimiento: en su conversación con el centurión, en Betania, en el banquete de Simón cuando llega la despreciada mujer de Magdala…Se hizo en todo uno de nosotros.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
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