Por Carmen Pérez Rodríguez
¡Qué maravilla la propuesta de Benedicto de XVI¡ Esto si que es una preparación para la infinitud y belleza de lo que es el cristianismo, de lo que es la Encarnación, la materialidad de la Encarnación, la belleza de la Navidad. En la Capilla Sixtina el Papa Benedicto XVI congregó a unos 260 artistas en las diferentes expresiones, de renombre internacional: por un renacimiento del arte en el contexto de un nuevo humanismo. Fue el sábado 21 de noviembre, precisamente el mismo día en que, por la noche, muchos afortunadísimos, pudimos asistir al acto cultural del Congreso Católicos y Vida Pública: El arte lugar de encuentro y de comunión, con el jesuita Marko Rupnik. Rupnik acababa de llegar de Roma, de vivir uno de los momentos por el que muchos, así lo han afirmado, será recordado Benedicto XVI. La belleza, la grandeza es el camino a Dios. No una belleza superficial y cegadora que aturde, que hace más esclavos y quita la esperanza y la alegría. Una belleza hipócrita que estimula el egoísmo, la voluntad de poder y poseer, de prepotencia, que se transforma en todo lo contrario, y asume los rostros de la obscenidad, de la transgresión,, o la provocación en sí misma. Sí, a la belleza como la fuerza que nos saca de nuestras medidas, pequeñeces, ramplonerías, y nos abre el horizonte de la verdadera libertad y capacidad humana para el que la realiza y contempla. La belleza que nos empuja a lo alto. La auténtica belleza que abre el corazón humano a la nostalgia, al deseo profundo de conocer, de amar, de salir hacia el otro, hacia más allá de sí mismo.
Benedicto XVI asumió el compromiso de restablecer la amistad entre la Iglesia y los artistas. Propuso el camino de la belleza que nos conduce a tomar el Todo en el fragmento, el Infinito en lo finito, Dios en la historia de la humanidad. Y Rupnik nos decía esa noche: ¿Cómo es posible que seamos cristianos, celebremos la Navidad, la Eucaristía y no aprendamos nada? Hay que pensar con la materia. El pensamiento que no incluye la materia no es interesante. Nos los enseña la Navidad y la Eucaristía. No nos podemos separar de la palpabiliad de la materia. Porque es un hecho, y necesariamente tiene que ser así, que en todo aquello que suscita en nosotros el sentimiento puro y auténtico de lo bello, está realmente la presencia de Dios, como lo expresa Simone Weil, la pensadora francesa. Esto es sentir también con Teilhard su Himno al universo: se engañan por completo quienes imaginan materializar al Hombre al hallarle raíces cada vez más numerosas y profundas hundidas en la Tierra. Lejos de suprimir el espíritu, lo mezclan al mundo como un fermento. No hagamos el juego a estas gentes creyendo, como ellos, que para que un ser venga del cielo es necesario que ignoremos las condiciones temporales de su origen Lo que celebramos, lo que vivimos, solo puede ser obra de Dios que así crea, que así ama, que así redime.
¡Cómo no vamos a sentir la experiencia que late en las palabras del Papa¡: la belleza, desde la que se manifiesta en el cosmos, hasta la que se expresa a través de las creaciones artísticas, a causa de su característica de abrir y ampliar los horizontes de la conciencia humana, de llevarla más allá de sí misma, de asomarla al abismo de lo infinito, puede convertirse en un camino hacia lo trascendente, hacia el misterio último hacia Dios. Y Cristo viene a abrir nuestra humanidad al misterio mismo del amor de Dios. El misterio de Cristo es también el nuestro. Lo que se realiza en El es para que se realice en cada uno de nosotros. No hay espiritualidad cristiana sin la materialidad de la encarnación, muerte, resurrección. El cristianismo ni puede espiritualizarse falsamente, ni puede desnaturalizarse. Si Jesús no es concebido y nacido de una mujer, no sería realmente nuestro Salvador. No tiene sentido decir que hay que humanizar antes de cristianizar, ¿no es propio del cristianismo su valor humanizador?
Cuando Cristo entró en el mundo dijo: aquí estoy para hacer tu voluntad, recordamos el cuarto domingo de adviento. Y conforme a esa voluntad todos quedaremos santificados. Habitaremos tranquilos porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y esta será nuestra paz y nuestra felicidad. Todo entrará en el gozo del Señor. Gozaremos de la belleza en su plenitud. Isabel llena Espíritu Santo dijo: Bendita tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. Dichosa tu que has creído. El verdadero sentido de nuestra vida es que pueda decirse de nosotros: bienaventurado tú porque has creído. Desde que Jesús nació en Belén todo sigue hacia su plenitud porque el Cristo total no ha terminado de formarse. El Cristo místico no ha alcanzado su pleno crecimiento- Esa será la consumación de los tiempos. Por eso es tan importante nuestra libertad, nuestro sí de cada momento, o nuestro reconocimiento de los fallos. Nuestra vida, cada uno de nuestros actos, porque Dios lo ha querido así al hacernos libres, es un momento crucial de la historia del Cristo místico, al que todos estamos llamados a formar. Ya lo creo que feliz, feliz Navidad.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
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Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn