Por Carmen Pérez Rodríguez
Unos afirmamos que creemos en los milagros, somos sobrenaturalistas. Otros los rechazan son naturalistas. ¿Y qué afirmamos unos, y qué niegan otros? ¿Somos consecuentes, después en nuestra vida, en nuestros planteamientos, los que afirmamos que creemos y son también consecuentes los que no creen? Me ha hecho mucho bien, pero mucho, un libro de C. S. Lewis que se llama: Los milagros. El milagro entendido como interferencia en la naturaleza de un poder sobrenatural.
El naturalista cree que los procesos, los acontecimientos existen por si mismos en el espacio y en el tiempo, y que no existe nada más. Lo que el naturalista cree es que todo marcha según un proceso. Cada cosa es lo que es porque todas las cosas son las que son. Todo esta completamente trabado y nada se escapa de esta conexión. La Naturaleza, lo que existe es un todo. Ningún naturalista consecuente puede creer en la voluntad libre, os sea que los seres humanos puedan efectuar acciones independientes. Esto escapa de la totalidad. No puede, por ejemplo, explicar realmente la libertad y la responsabilidad, las respuestas personales y libres en cada situación.
El naturalismo es un monismo. Es decir un “totalismo”. La creencia en el todo como espectáculo total que es más importante que cada cosa particular. Un Todo que contiene lo particular. El totalismo, si comienza por Dios, se convierte en un Panteismo. No puede haber nada que no sea Dios. Si comienza por la Naturaleza, se convierte en un Naturismo, no puede nada que no sea Naturaleza. El naturalismo cree sin saber que cree.
El sobrenaturalismo cree en Alguien que existe por Sí mismo, y ha producido el entretejido de espacio y tiempo, y la sucesión de eventos trabados sistemáticamente. Cree, en relación al hombre, que este Ser le ha creado a su imagen y semejanza, haciéndole libre y responsable, con capacidad de ser consciente del amor, de la belleza.
La diferencia entre naturalismo y sobrenaturalismo no es exactamente la misma que entre creer y no creer en Dios. El naturalismo, sin dejar de ser tal, puede admitir una especie de Dios, como acabamos de ver, que seguiría en el espectáculo total, no existiría por sí mismo, sería como la misma fuerza que permanece dentro de la naturaleza. Lo que el naturalismo no puede admitir es la idea de un Dios que permanece fuera de la Naturaleza y la crea. No existe lo “sobrenatural”. No nos podemos meter en el estudio tan formidable que hace Lewis de las mitologías, fruto de los anhelos y de la imaginación humana, aunque tengan un humus tan genial y sean respuesta a los grandes interrogantes, que en realidad un naturalista consecuente no se podría plantear. De ninguna manera se sigue del sobrenaturalismo que, de hecho, tengan que suceder Milagros de cualquier clase. Dios puede que nunca interfiera en concreto con el sistema natural que ha creado; y si ha creado más de un sistema natural, puede ser que nunca haga incidir el uno en el otro. Pero desde luego, no hay posibilidad de encontrar argumentos contra el Milagro por el estudio de la Naturaleza o de la Historia.
No es difícil comprender que la Naturaleza no es la realidad total, sino sólo puna parte, y quizá pequeña. Las dificultades del no creyente, incluso de muchos que se llaman “creyentes”, no comienzan en éste o aquel milagro en particular. Empiezan antes, en un naturalismo más o menos expreso. No creen realmente en un Dios Creador, y que este Dios establezca relaciones personales con los hombres, que se hable de una Historia de la humanidad como una Historia de salvación. Y se meten en un naturalismo.
El milagro central afirmado por el cristianismo es la Encarnación, con toda la fuerza que tiene la palabra y a la que nos hemos acostumbrado, pero que casi resulta materialista: encarnarse para nacer como un niño más. Este es el Gran Milagro. Toda la Naturaleza, y la Historia convergen en lo nuevo que comienza. Por eso, históricamente empieza la nueva era: antes de Cristo y después de Cristo.
No hay patrón por el que pueda ser juzgado el acontecimiento que año tras año celebramos: La Navidad. Es el Gran Milagro, del que brotará la Resurrección. La grandiosidad del universo entero vibrante, el transcurso de miles de millones de años, todo ese movimiento que nos habla de unas medidas inmensas, el acontecer en todos los órdenes de la materia, de lo vegetal, de lo animal, y. el contraste:: el nacimiento de un Niño que es el Hijo de Dios. Esto es lo realmente sobre lo natural, lo que entra en la naturaleza. Hecho que sería demasiado bueno, inmenso, deslumbrante, más que toda la creación, y más que todo lo que puede existir, para ser verdad, pero es verdad. Eso es lo que afirmamos los sobrenaturalistas cristianos. Seamos consecuentes en todos los órdenes. El misterio, lo sobrenatural no es nada irracional, ni antihumano, es la gran realidad que late en todas nuestras preguntas más personales y profundas.
Ese contraste entre la creación del universo y el nacimiento local y minúsculo ha sido repetido, reiterado, subrayado, acentuado, celebrado, cantado, gritado, rugido –por no decir vociferado- en cien mil himnos, villancicos, versos, rituales, cuadros, poemas y sermones populares, dice Chesterton.
Así, sí, así ¡FELIZ NAVIDAD¡
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
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