Por Carmen Pérez Rodríguez
En castellano decimos mucho “así es la vida”. En el sentido que lo digo tiene relación con la expresión catalana: la pela es la pela. ¿Qué es lo real? ¿Nos lo hemos preguntado alguna vez, pero de verdad? Dicen que los héroes, los santos y los genios empiezan negando lo que para otros es la evidencia, la realidad.
Te habrás dado cuenta de que les tenemos completamente obnubilados en cuanto al significado de la palabra “real”. Eso dice el diablo viejo al diablo joven en la conocida obra de Lewis, Cartas del diablo a su sobrino. Es cierto, los hombres estamos, muy frecuentemente, obnubilados con lo que es lo “real”. Desconozco cual es la palabra inglesa empleada por Lewis, pero en español es de la más gráfica: obnubilado, ofuscado, confundido; nublada, enturbiada la visión. Obnubilar es hacer perder a una persona, de forma pasajera, el entendimiento y la capacidad de razonar o no poder darse cuenta con claridad de las cosas.
Estamos obnubilados en cuanto al significado de la palabra real. Ante una experiencia rica espiritual, un encuentro, nos decimos: pero si total no sucedió nada, todo lo que realmente sucedió fue cuestión de sentimentalismo, fue algo subjetivo, pasajero. Pero también lo contrario. Ante un hecho físico, un dolor, un sufrimiento, una dificultad, nos parece que lo importante es el hecho físico, no la actitud y la respuesta que demos. Perdemos el sentido en uno y en otro caso. Ahí está la regla general que el diablo viejo le dice a su joven sobrino para tentar a los humanos: la regla general que ya hemos establecido bastante bien entre ellos es que en todas las experiencias que pueden hacerles mejores y más felices sólo los hechos físicos son “reales”, mientras que los elementos espirituales son “subjetivos”. Y en todas las experiencias que pueden desanimarles o corromperles, lo importante son los sentimientos de desesperación, desconfianza, desánimo, incredulidad. Sencillamente, buenísima la regla general para los diablos.
¿Qué es lo real, la realidad? Real es el hecho, la respuesta, nuestra filosofía de la vida, que cada uno tiene la suya, aunque no sea consciente de ella. Creer o no creer reflejan dos cosmovisiones totalmente distintas, de modo que ofrecen respuestas muy diferentes a como encarar el trabajo, la familia, la vida, la muerte, el amor, la sexualidad, el placer….Podemos aplicar estar obnubilados en cuanto al significado de lo real en algo tan importante en la vida como es la alegría.
La alegría es una característica fundamental de la vida cristiana. Por ella se abre a un horizonte de plenitud la persona en todas las situaciones y circunstancias. La alegría cristiana puede experimentarse en medio de cualquier situación. El domingo tercero de adviento esta totalmente impregnado de la verdadera alegría consecuencia de la gran realidad, si no estamos obnubilados con el planteamiento del viejo diablo. La gran realidad es el hecho de venida al mundo de la Palabra de Dios en Jesús de Nazaret. Y la alegría es esperanza fiable. La alegría es vivencia profunda de sabernos perdonados y amados por Dios. La alegría es preguntar decididos como los que se acercan al Bautista desde todos los estamentos de la sociedad ¿qué debemos hacer nosotros? Porque la alegría de la que se nos habla, no es la diversión de un momento, el resultado de un placer, es la que cambia nuestra vida. Eso es lo que han experimentado los convertidos que se han sentido cautivados por esta alegría.
C. S. Lewis, uno de los hombres cautivados por esta alegría, subraya el principio básico de la vida: cuando se da el primer lugar a la relación de uno con Dios, todo lo demás aumenta, incluidos nuestros amores y placeres terrestres. Si Dios es Quien es, realmente tiene que ser así, no puede ser de otra manera. Es el fundamento, el comienzo, la raíz, la savia de toda la vida. Sin Dios no puede haber nada, absolutamente nada. La alegría más auténtica está en la relación de amistad con El. Concretada esta amistad en la relación con Jesucristo, seguido, conocido, amado, gracias a la continua tensión de mente y corazón que dice Benedicto XVI. No hay razón legítima para perder la alegría. En el ejercicio de nuestra libertad y responsabilidad esta el vivirla. Cuando se abre la puerta a esta alegría “ninguna situación, por infeliz que parezca, carece de algún tipo de consuelo, si se le presta atención” (Goldsmith)
Es también real que la auténtica alegría se comunica. Tiene esta dimensión esencial: la alegría tiende a una comunión cada vez más universal. Hay más alegría en el dar que en el recibir vemos en los Hechos de los Apóstoles. De ninguna manera, una real y auténtica alegría, incita a quien la vive a una actitud de repliegue sobre si mismo. Es una dimensión natural de ella la expansión. La posesión de cualquier bien nos lleva a comunicarlo con los demás: alegraos conmigo dice la mujer que ha encontrado la dracma perdida. El encuentro con Jesucristo nos permite gustar, saborear la alegría de su presencia, que comunica vida a todo lo que hacemos, sentimos, sufrimos. A todo lo que vivimos.
Me hago una pregunta ¿es este el fundamento de mi alegría? ¿Cuáles son mis mayores dificultades para vivir una alegría así?
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
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