Por Carmen Pérez Rodríguez
¿Nunca han oído en sus casas, o a un padre de familia, a los hijos, decir con admiración: eso son cosas de mamá, eso son cosas de tu madre? Cosas de una madre. ¿Se imaginan la lista que haríamos enumerando “las de una madre”? Evidentemente pienso en las cosas propias de una madre, de lo que encierra la riqueza, la fuerza y generosidad de la madre. El término de comparación, la referencia, es el amor de una madre. “¿Acaso olvida una mujer a su hijo de pecho sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ellas llegasen a olvidar yo no te olvido” dice Dios a través del profeta Isaías.
Me ha llegado uno de esos PowerPoints que circulan por los ordenadores: Se cuenta que San Pedro estaba preocupado por la presencia de muchos en el cielo, que él no recordaba haberles abierto la puerta. Investigó, y encontró el lugar por donde entraban. Fue ante Jesucristo y le dijo: hay algunos a los que yo no les he abierto las Puertas del Cielo, y están aquí gozando de la eterna felicidad. Encontré un hueco por donde entran, quiero que lo veas. Jesucristo le acompañó, y vio que, por una ranura, colgaba hacia la tierra un inmenso, intensísimo rosario. Se veían clarísimamente todos los misterios: los gozosos, los dolorosos, los luminosos, los gloriosos. El Padre nuestro con el que empezaba cada misterio, las diez avemarías, el gloria correspondiente. Incluso lo que se llama letanía de la Virgen. Alarmado S. Pedro dijo: debemos cerrar esa entrada al Cielo. No, no le respondió Jesús, ¡déjalo así¡ Esos son cosas de nuestra Madre. Esos son cosas de mamá.
Felicito al que ha inventado esto. Porque es evidente que siente y comprende lo que realmente es el Rosario. El que lo reza y le ayuda a vivir, está en el camino de subida al cielo El salterio de María, el Evangelio hecho oración. Comentábamos un día que este salterio de la Virgen entrelaza la oración mariana con todo lo histórico-salvífico: la actualización de los misterios de la vida de Jesús, de su pasión, resurrección y consumación, en la que se envuelve también a María como prototipo de la Iglesia. Y me ha hecho pensar en la Madre que Dios quiso para la toda la humanidad, en el prototipo de Madre que el creó. Y he sentido: claro, ¡cosas de Dios¡
¡Cosas de Dios¡ Sólo así puede comprenderse lo que se nos expresa en la Inmaculada Concepción de María. Llena eres de gracia. ¿Y por qué no?, ¡si son cosas de Dios¡ ¿Quién pone límite al horizonte, quien pone límite a la creación? ¿Con quién se aconsejó para inventar a la Madre, a la Madre de Jesucristo y por eso de toda la humanidad? Me viene el cántico de Isaías entusiasmado ante la grandeza divina, ante Yahveh, el creador del mundo, el conductor de la historia. Dejen ya los hombres de tomar en consideración a los ídolos, que son meras invenciones humanas, y de interpretar todo con sus ideas y proporciones ¿Quién ha medido a puñados el mar o abarcó a palmos el cielo o a cuartillos el polvo de la tierra? ¿Quién le ha sugerido su proyecto? ¿Con quien se aconsejó para entenderlo, para que le enseñara el saber y le sugiriese el método inteligente? Pues Dios es el que hace una creación como la que vemos, nos da una inteligencia para entender, un corazón capaz de amar, creer, confiar, esperar. Nos hizo libres y responsables. No hizo seres que necesariamente le adorasen y le alabasen. Hizo a María, llena de gracia, Inmaculada desde su Concepción. Cosas de Dios.
Y María, la llena de gracia, la Inmaculada Concepción, es “cosa de Dios”. Creo que ya he hablado alguna vez de “María, Iglesia naciente”, un libro que tiene dos partes una de Joseph Ratzinger, -todavía era cardenal cuando lo escribió-y la otra de von Baltahsar. Sólo unas pinceladas del capítulo que se llama precisamente: La llena de gracia. La Iglesia, nos dice el Papa, experimenta concretamente lo que es y debe ser al mirar a María. Ella es su espejo, la medida pura de su ser, porque es totalmente a la medida de Cristo y de Dios. Está plenamente habitada por El. Es inmaculada desde su concepción. El misterio, la grandeza de María, significa precisamente que la Palabra de Dios se hizo hombre en la “tierra” de la madre, y así, fundido con la tierra de toda la Humanidad, pudo regresar de un modo nuevo a Dios. Nos admiramos de la belleza que crean los pintores, los escultores, los músicos, los literatos, los arquitectos, con la capacidad que Dios les dio porque los hizo a su imagen y semejanza. ¿Y no nos admiramos de la belleza que El nos comunica directamente en la Inmaculada Concepción?. Dice Chesterton que el arte es la firma del hombre. Y María ¿no es la firma de Dios? La Iglesia, los hombres, descuidarían algo de lo que les fue encomendado, cuando no alaban a María.
A Dios le conocemos por una parte a través de su creación: el misterio de Dios, lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia, a través de sus obras. Y también Le conocemos a través de la Historia que Dios ha ido haciendo con los hombres, una historia de salvación. En un determinado momento esa historia cobra todo su sentido y plenitud: la Palabra se hace hombre. Y por eso María queda de manera única incluida en la historia. “Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada”. Cosas de Dios, y por eso también Cosas de Madre.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
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