Por Carmen Pérez Rodríguez
Dos hombres sin armas, sin riquezas, sin poder. No son filósofos, ni científicos, ni políticos, ni empresarios. Solamente son una voz que habla en nombre de Dios. Son la voz que llama a despertar nuestra conciencia. Voz que a veces nos resulta inoportuna, insistente. Pero la necesitamos como la voz del padre que habla al hijo porque quiere para él lo mejor, porque sabe lo que puede perder o ganar. La voz del hermano mayor que ve a su hermano metido en mil follones, y ve claramente como puede salir de ellos.
Dos experiencias de dos profetas en situaciones históricas y sociales distintas pero, como siempre, con una tierra común: la vida humana que necesita justicia, misericordia, esperanza. La vida como camino en el que todos los pasos tienen un sentido. Frente a un sentir la vida como un peso, como algo inhóspito, extraño, se nos presenta un mundo lleno de significación y sentido, solamente “gracias a Dios”. Ni el dolor, ni la dificultad, ni el sufrimiento, ni la muerte pueden ocultarnos su significación y sentido. Realmente lo que da sentido a la vida, da sentido a la muerte. A la vida le da sentido nuestra responsabilidad, el ejercicio de nuestra libertad. La aceptación de la muerte sólo es posible dentro de la misma vida. Caminamos hacia la casa de nuestro Padre. La vida no es una fiebre vagabunda, un ir a bandazos sin reconocer el camino en el que sabemos de donde venimos y adonde vamos. De esta manera concreta nos ayudan las lecturas del segundo Domingo de Adviento.
La experiencia de Baruc es conciencia de limitación, de hundimiento, de pecado, pero que ha de transformarse en certidumbre de salvación. Ponte en pie, sube a la altura y contempla porque Dios se acuerda de ti. El ha mandado abajarse a todos los montes elevados, ha mandado que se llenen los barrancos hasta allanar el suelo para caminar con seguridad guiados por lo que realmente es la gloria de Dios. La misericordia y la justicia de Dios, aunque nos parezcan terribles los abismos y las sombras, nos conducen.
La experiencia de Juan Bautista, que recorre la comarca del Jordán para predicar la necesidad de conversión, está en el mismo horizonte, en la misma historia de amor de Dios al hombre: la alianza. Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos, elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. La propuesta de Juan lleva consigo algo totalmente nuevo, un cambio, que determina, de modo nuevo y para siempre, la vida. Es ya un hecho por mucho que quieran quitar las raíces cristianas. Antes de Cristo y después de Cristo. Como dice Papini: Cesar ha hecho, en sus tiempos, más ruido que Jesús, y Platón enseñaba más ciencias que Cristo. Todavía se habla del primero y del segundo, pero ¿quién se acalora por César o contra César? ¿Dónde están los platónicos o los antiplatónicos? Cristo está siempre vivo entre nosotros; hay quien le ama y quien le odia. Los mismos que se esfuerzan en negar su existencia y su evangelio se pasan la vida recordando su nombre.
La conversión de la que habla Juan Bautista es siempre algo totalmente nuevo, está vinculado a un llamamiento, a un encuentro que implica una nueva forma de pensar y actuar, está vinculado al que ha de venir después de él. Es la vivencia de lo que es Cristo para los hombres. Juan tiene conciencia clara de que ha sido enviado para preparar el camino a ese misterioso Otro, sabe que toda su misión está orientada a El. Se trata de un renacer que cada uno ha de hacer suyo, ha de experimentar en su vida, de un renacer del que no se puede hablar mientras no se experimente de alguna manera. Podemos quizá empezar por ver lo que significa en un amigo, en un convertido; cómo vive, llena de fe, esta familia una situación dura y difícil.
Hoy se nos presentan dos experiencias, ya vividas por otros muchos, que pueden significar un encuentro con nosotros mismos en nuestra vida, porque este ahora, este adviento, que es lo que realmente tengo, puede significarme el reconocer lo que es enderezar mi camina, igualar lo escabroso, dejarme iluminar por la justicia y misericordia de Dios, ver la salvación de Dios. Puedo hacer mía la experiencia de que, cuando surge una situación difícil en mi vida, es el momento de la confianza: El nunca defrauda. Tiene un plan para mí que yo he de ir descubriendo a través de eso torcido que he de enderezar y de eso escabroso que se iguala. Trabajar y esforzarme por lo que realmente necesito en este caminar, sin desviarme con falsas, falsísimas promesas inconsistentes.
Es muy gráfico como contesta Juan a cada uno que se le acerca. ¿Qué debemos hacer? El que tiene dos vestidos, de uno a quien no lo tenga, y quien tenga de comer haga otro tanto. También a los publicanos. Maestro ¿qué haremos nosotros? Y les dijo: no exijáis más de cuanto os está fijado. Los soldados a su vez le interrogaron: y nosotros ¿qué hemos de hacer? Y les dijo: no hagáis extorsión a nadie, no hagáis denuncias falsas, y contentaos con vuestra soldada. Todo lo que era para vivir en justicia y verdad, para vivir desde la dignidad humana. ¿Y yo que debo hacer, ya, ahora, este Adviento?
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
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Juan Fernandez Krohn