Por Carmen Pérez Rodríguez
Me he dado cuenta de lo importante que es ser consciente de en qué dinámica estoy o en qué dinámica debería entrar y no lo hago. Estamos sumergidos de lleno en nuestras inquietudes, preocupaciones, tensiones de la vida y quizá no somos conscientes del origen de nuestras reacciones, incluso del origen de nuestro malestar y falta de ánimo, de nuestros problemas en el trato con los demás. Hay una expresión castellana muy gráfica “entrar al trapo”. Entramos al trapo en cosas importantes y también en cantidad de situaciones y conversaciones que se vuelven contra nosotros. Respondemos a estímulos externos a nosotros sin darnos cuenta, y precisamente entramos de la manera que otros desean que lo hagamos.
Pero lo realmente vital es algo tan sencillo como ser consciente o hacerme consciente de en qué dinámica vivo. Basta con ver lo que hago, mis reacciones, mis intereses. Los estudiosos de la conducta humana hablan de la importancia de un enunciado de mi misión personal. Ser consciente de los valores y principios que, de hecho, dan consistencia a mi vida, a mi ser y a mi obrar. No es difícil comprender la importancia de que todo en nuestra vida tiene una finalidad y un significado. Es necesario vivir el día a día de valores que dan sentido a la vida. Como acabo de expresar, me he dado cuenta, en circunstancias muy concretas y sencillas de mi vida, de lo importante que es ser consciente de mis propias actitudes y respuestas, de la dinámica en la que es bueno que esté, o en la que me daña literalmente estar.
Ha sido una figura de la talla de Francisco de Javier quien me ha provocado esta reflexión. Francisco Javier el impresionante misionero jesuita, miembro del grupo de amigos precursor de la Compañía de Jesús, y estrecho colaborador de su fundador Ignacio de Loyola. Francisco Javier el Apóstol de la Indias, el gigante de la historia de las misiones. Un hombre de corazón grande, y que fue lo que fue, porque entró en la dinámica de amistad de Jesucristo. El historiador Walter Scott comentó: el protestante más rígido y el filósofo más indiferente no pueden negar que supo reunir el valor y la paciencia de un mártir con el buen sentido, la decisión, la agilidad mental y la habilidad del mejor negociador que haya ido nunca en embajada alguna.
Pero yo necesito hoy lo más sencillo, como empieza todo en la vida. Estaba en la universidad de París, y tenía como compañero de residencia a Pedro Fabro, del que se hace muy amigo. Se repite aquí la afirmación de Benedicto XVI: Hemos creído en el amor de Dios. Así puede el cristiano expresar la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. Esto es lo que pasa a todos. Francisco de Javier y Pedro Fabro conocen a un extraño estudiante llamado Ignacio de Loyola, bastante mayor que ellos. Francisco, en un primer momento, rechaza la influencia de Ignacio de Loyola, que le repetía la frase de Jesucristo: ¿De que le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo? Al principio le resulta fastidioso y contrario a sus aspiraciones, pero poco a poco le fue calando, y al fin entra de lleno en esta dinámica: ¿de qué me sirve ganar el mundo entero si me pierdo a mi mismo? Aquí empieza su dinámica, aquí empieza el enunciado de su misión personal.
El escritor católico Julien Green dimitió de uno de de los escaños más ambicionados en Francia: La Academia. Justifica su decisión en una carta escrita a un amigo: ”no tenía nada que hacer allí y me siento mucho más libre ¿Llegaremos al Paraíso bordados de medallas y títulos?” Afortunadamente no. Es del estilo de otra anécdota. Un brillante explorador francés consigue honores y éxito que le abren las puertas al mundo de los geógrafos y exploradores. Cuando vuelve a Francia recibe la acogida cariñosa de su familia. El les cuenta sus experiencias, y una sobrina suya, pequeña, que le escucha entusiasmada, de pronto le pone sus manitas sobre las rodillas y le dice: Tío Carlos que cosas tan estupendas has hecho. Y ¿por Dios que has hecho? El tío Carlos se queda sin palabras ante la inocente pregunta y le cala hasta dentro esta pregunta que ya tenía una tierra buena para germinar. Al poco tiempo se consagra al servicio de Dios y de los demás. Entra, como Julien Green y Francisco de Javier en otra dinámica. Quiere gritar el evangelio con toda su vida en un gran respeto de la cultura y la fe de aquellos en medio de los cuales vive. Quiere ser lo bastante bueno para que ellos digan: si tal es el servidor como será entonces el Maestro. Este hombre es Carlos de Foucauld.
Hoy yo me pregunto y les invito a ello ¿en qué dinámica estoy? ¿en que dinámica quiero estar? Nos olvidamos de las cosas verdaderamente importantes, y perdemos la brújula y el sentido de nuestra vida, incluso en las reacciones y respuestas más sencillas de lo cotidiano. Muchos nos olvidamos, quizás, de las palabras de Jesucristo: el que es fiel en lo poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto. Pensemos en aquel joven que está en la universidad de Paris y comprende: ¿de que le sirve a un hombre ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo?
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
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