Por Carmen Pérez Rodríguez
Es frecuente oír las mismas noticias, los mismos sucesos. Seguro que si en este momento ojeáramos los periódicos y oyéramos las noticias, aunque dichas desde puntos de vista muy distintos serían las mismas. Y ahora, precisamente, en el fondo ¿no es la mejor noticia que la vida es esperanza fiable? ¿Lo mejor que podemos pensar no es esto? ¿Lo que más nos puede ayudar no es vivir llenos de esperanza en lo que pronto, un año más, toda la Iglesia vamos a celebrar y a vivir?
Un anciano muy pobre se dedicaba a sembrar árboles de mango. Alguien le dijo: ¿Cómo a su edad se dedica a plantar mangos? Seguro que no vivirá lo suficiente para comer sus frutos. El anciano respondió apaciblemente: toda mi vida he comido mangos de árboles sembrados por otros. Espero que los míos den frutos para los que me sobrevivan. Todos podemos dar algo bueno. Lo que necesitamos es esperanza. El desanimo es un enemigo. El “ya es demasiado tarde”, el “no puedo más”, el “todo está perdido”, “ya te dije que no podría” …Lo que ayuda a seguir es la esperanza. Pero lo que da realmente esperanza es la fe en Dios Padre que ha venido a nosotros en Jesucristo. Esta es la gran esperanza fiable.
El hombre es un animal que espera, escribió Laín Entralgo en su libro La espera y la esperanza. En nuestro interior esperamos seguir viviendo, anhelamos nuestra propia identidad, ser nosotros mismos y ser más. Estamos por naturaleza orientados hacia el futuro, necesitamos ocuparnos de él, prepararlo. Esperar es tan necesario y vital como respirar. El hombre se resiste a caminar si no presiente una puerta abierta hacia el futuro. Si muere la esperanza, muere el corazón humano. La esperanza es nuestra forma de vida. Nuestra vida no va realmente de placer en placer, o de sufrimiento en sufrimiento sino de esperanza en esperanza. No hay nada más duro para el hombre que trabajar y vivir sin esperanza. Estamos convencidos de lo que dijo Séneca: los deseos de nuestra vida forman una cadena, cuyos eslabones son las esperanzas. Siempre nos salva la esperanza. Jorge Guillen decía que cuando uno pierde la esperanza se vuelve reaccionario.
En su raíz esperar es saltar con los ojos abiertos y conscientes de lo que hacemos desde el presente concreto hasta el último fondo de la realidad. Saltar con los ojos abiertos y conscientes de por qué saltamos, por qué confiamos, y hasta el fondo mismo de la realidad, porque hemos sido creados así para llegar a nuestro destino: la casa del Padre. El hombre, dice Laín Entralgo, es “creyente”, “esperante” y “amante”. Creer, esperar, amar. Traducido en cristiano, y con el pleno sentido de la trascendencia que implican estos tres verbos, fe, esperanza y caridad. Esperamos seguir viviendo. Seguir siendo uno mismo, y ser más, ser en plenitud.
El Papa nos ha propuesto en su carta “en esperanza fuimos salvados” una vida en la que la esperanza vuelva a encontrar el lugar que le corresponde. La vida es un camino, por eso hay que caminar siempre hacia delante. Es un hecho que quien tiene esperanza vive de otra manera, una vida nueva. El horizonte que se nos presenta no acaba en el vacío, en la nada. La vida es creer, esperar, amar. No podemos dejar ni de creer, ni de esperar, ni de amar. No podemos traicionarnos a nosotros mismos, nuestra propia condición. Precisamente este saber, que es un creer, distingue a los cristianos. La realidad de que Dios existe y nos ama cambia el presente que está marcado por ese futuro. Las realidades futuras repercuten en el presente. No es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor. Esto es así en toda la vida humana. Necesitamos un amor incondicionado. Esa certeza que nos hace decir: ni la muerte, ni la vida ni presente, ni futuro, ni dificultad, ni situación, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo. Esta es la gran certeza. Porque Cristo es real, nos sentimos redimidos, suceda lo que suceda, en cada circunstancia. Si Dios es un Dios que así nos crea, nos ama, nos redime no puede vivir el hombre sin fe, sin esperanza, sin amor. Vivimos de la fe en Jesucristo que nos amó y nos ama hasta extremo.
Es verdad que quien no conoce a Dios aunque tenga múltiples esperanzas en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que puede sostener su vida. ¿Cuándo somos mejores? ¿Qué es lo que nos hace buenos? ¿Según que criterio podemos valorar lo que es bueno? ¿Y por que vías se puede alcanzar esta bondad? Necesitamos tener esperanzas que nos mantengan en el camino. Pero sin la gran esperanza nada satisface. La esperanza es mirar hacia Cristo, hacia su justicia, su juicio que El ha preanunciado repetidamente. Este mirar hacia delante ha dado la importancia que tiene el presente para el cristianismo.
Es «imposible» que la «injusticia» de la historia sea la última palabra: Dios es justicia y crea justicia. Este es nuestro consuelo y nuestra esperanza. Vivamos convencidos de ellos. Es la mejor noticia.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
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