En cristiano

Lo que llena el corazón

01.12.09 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

¡Que pena lo que hace la propaganda, los anuncios con la Navidad¡ Se ha prostituido la palabra, y la emplean de una manera que no tiene nada que ver con lo que ella significa. La Navidad es la celebración de una Realidad nueva, de una Presencia, de una Humanidad. Y el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande.

Ante tanta crisis en nuestro momento podíamos pararnos a pensar un poco en las causas de todo este derrumbamiento. ¿No es la más feroz de todas las crisis la de la grandeza humana, la del vacío del corazón, la de la prostitución del amor, de la fidelidad, del sentido de la vida, la falta de fe y de esperanza? García Morente definía la grandeza humana como sentimiento de la personal valía, el acto por el que damos un valor superior a lo que somos sobre lo que poseemos. Nos estamos convirtiendo en una pobre pieza de fuerza puramente material. Llega a ser lo que eres, dijo ya Píndaro. Realízate en toda tu inmensa grandeza. Esto es lo que vino Jesucristo a mostrarnos: nuestra inmensa capacidad, nuestra condición de ser hijos de Dios, llamados a vivir de la herencia de los hijos. Nos mostró lo que realmente llena el corazón, ese es su Evangelio. Y aquí esta nuestra auténtica libertad: decir sí a esta grandeza. Es mezquino nuestro concepto y nuestro sentir de la omnipotencia de Dios y de su amor, cuando oponemos libertad y poder de Dios. En la mirada y la mano de Dios es donde nos hacemos dueños de nosotros mismos, donde experimentamos lo que llena el corazón.

No hablamos de religiones que sean pobres refundiciones del cristianismo, de un cristianismo desmochado de mil maneras. Ni de pobres abstracciones o racionalismos de vía estrecha, sostenidos por intereses sociales, o por el tipo de intereses que sean, que no llenan el corazón. No hablamos de pobres sustitutivos, mezcolanzas de raras supersticiones, de ciencias fracasadas, de simbolismos, ni de humanismos avinagrados, ni de zurcidos y remiendos mal hechos de oriente y occidente. Sino de la religión en la que todo se hace vivo entre Dios y yo, y las cosas se hacen auténticas. Hablamos de Jesucristo que fue redención. Hablamos de la valentía de Dios en Cristo. No se arriesgó a esta vida para llevar a cabo algo que fuera terrenalmente grandioso, un resplandeciente heroísmo, poderosas obras civilizadoras, sino que fue “redención” de nuestra naturaleza; ocurrió por nosotros. Guardini lo expresa de una manera excepcional: ocurrió para que conquistemos la grandeza y valentía de ser “cristianos” en el mundo en que él fue Cristo. El fue Cristo en el mismo mundo en el que nosotros vivimos, gozamos, sufrimos y luchamos. El es Cristo con nosotros, sigue siendo Cristo.

Dos chicos jóvenes, hermanos, contrastaban sus pareceres sobre la fe. El mayor le decía al más pequeño: el rechazo del cristianismo proviene de un fallo del corazón, no de la inteligencia, porque en la raíz de la increencia está la repugnancia, el rechazo. Los argumentos más poderosos a favor del cristianismo no llegan a convencer, tan sólo hacen callar, en el fondo hay una antipatía secreta hacia el cristianismo que queda completamente fuera del alcance de la argumentación. Estos dos hermanos eran John Henry y Charles Newman. John Henry estaba convencido de que la cuestión clave no es tanto cuáles son los argumentos a favor de la fe, sino más bien cuáles son los factores personales que mueven de hecho a alguien en concreto a creer o no creer. Nuestras creencias religiosas, o la carencia de las mismas, dependen de lo que pensamos que es probablemente verdad, y esto depende del tipo de personas que somos, y de cuáles son nuestros valores. Estaba convencido de que cada hombre es responsable de su fe, porque es responsable de sus aficiones y de sus aversiones, sus esperanzas y sus opiniones, de todo lo cual depende su fe. La fe no es el resultado de una argumentación, y en realidad la verdad religiosa no es materia de disputa. Los argumentos a favor del cristianismo no pueden imponer la fe: cada persona cree sobre la base del testimonio personal que es el estado de su corazón. La conclusión a la que llega el cardenal Newman es que creemos porque amamos.

Esto no quiere decir de ninguna manera que la fe es irracional. Fe y razón son como las dos alas del espíritu hacia la verdad. Claro que hay argumentos, fundamentos, intrínsecamente racionales a favor del cristianismo, pero ese tipo de argumentos no son necesariamente irresistibles. Y esto se ve en la práctica como muestra el hecho de que las personas que no se persuaden por ellos. Las demostraciones científicas no son el modo por el que las personas llegan a la fe. El no creyente se niega a creer, no por supuestas bases racionales, sino en último término por su manera de ser y sus convicciones que le llevan a la increencia. La fe compromete nuestro juicio personal, es el más libre de todos los actos y la expresión de la fe es la más personal de todas las expresiones. Esta es mi preparación para la navidad. Hecho que sucedió para que conquiste la grandeza y valentía de ser cristiano en el mundo en que Él fue Cristo.

¿Qué es lo que realmente llena nuestro corazón? ¿Qué hay en mí que me impide realmente creer en Cristo con todo lo que implica?


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