Por Carmen Pérez Rodríguez
La liturgia ha de ser como la bondad, el pan cotidiano de que se nutre la vida. Habla al corazón, y a la razón de lo que realmente nos llena. Nos hace sentir de esa manera que nos orienta y nos ilumina. Los hombres no se convierten a su verdadera humanidad por razonamientos, sino por lo que se ve con el corazón, que desde luego satisface y colma la razón. Los argumentos más poderosos a favor de lo que es el cristianismo no llegan a convencer, en algunos casos sólo hacen callar. Con esto, insisto, no se quiere decir que el cristianismo sea opuesto a la racionalidad. De ninguna manera. Pero es un hecho que nuestras creencias están más influidas por nuestros anhelos, puntos de vista, supuestos, “principios”, que sin darnos cuenta nos conducen, que por pruebas argumentativas. Es un hecho la necesidad de la conversión del corazón, de donde sale lo bueno y lo malo. Por eso lo que más puede ayudarnos y conmovernos son los testigos, los testimonios de vida. La verdadera bondad no habla mucho, no hace ruido con organizaciones y estadísticas. Es, la afirmación dicha: el pan cotidiano de que se nutre la vida. Hoy abrimos la ventana con un hombre de gran humanidad: S. Andrés. Todo fue consecuencia de su amistad con Cristo. Creemos porque amamos dice el Cardenal Newman después de una profunda reflexión sobre nuestra respuesta a Cristo.
No pensemos sólo en el martirio, en la cruz de S. Andrés. Esa fue la muerte de los dos hermanos, Pedro y Andrés. Nos vamos a fijar en el pan cotidiano, en el diario vivir, en datos sencillos, en hechos como pueden ser los que nos acontecen a cada uno de nosotros. Porque lo importante es darnos cuenta, saber ver, reconocer lo que está ante nosotros. Y dar la respuesta. Casi siempre cerramos los ojos, los tenemos cerrados y nos obstinamos en creer que están bien abiertos. Nos escandalizamos de no ver lo que nos impedimos ver nosotros mismos. Esa es la diferencia siempre. Y, en el caso concreto de hoy, con S. Andrés. Andrés era un pescador, hermano de Pedro, amigo de Juan. Su familia tenía la casa en Cafarnaum, donde después se hospedaría Jesús cuando predicaba en esta ciudad. Juan y él son los primeros que conocen a Jesús. Cuando Juan Bautista empieza a predicar, Andrés se hace discípulo suyo. Un día estando con Juan Bautista, el hombre que en aquel momento les servía de referencia a él y a su amigo Juan (el que se llamará Evangelista), pasa Jesús, y el Bautista les dice: he ahí al cordero de Dios. Juan y Andrés le siguen inmediatamente. Querían saber donde vivía, que hacía. Jesús les dice que le acompañen. Y así empezó todo, porque este encuentro cambió sus vidas para siempre. Creemos porque amamos.
Luego Andrés le dice a su hermano Simón Pedro: Hemos encontrado al Mesías y lo llevó con el a conocerlo. Andrés, aquel día, le consiguió a Cristo un formidable amigo: el gran S. Pedro, el primer Papa. Y todo se fue sucediendo de la manera más sencilla y cotidiana. Son las respuestas que damos a lo que va aconteciendo, y es lo que va configurando nuestra vida. Otro día están los dos hermanos pescando en el lago de Galilea y pasa Jesús: Veníos conmigo y os haré pescadores de hombres. Hechos que van tejiendo la vida. Andrés, cuando ya sigue a Jesús, con otro compañero, Felipe, llevan ante Cristo a unos griegos que le querían conocer. Estos dos, debían ser bastante amigos, se les cita en ocasiones juntos en el Evangelio. Son ellos los que se dan cuento de que un muchacho tenía unos panes y unos peces y se lo dicen a Jesús. Así empieza la multiplicación, no la suma.
S. Andrés, uno de los doce apóstoles, un testigo de Cristo, sencillamente un hombre que le siguió hasta el martirio. Cada santo, cada cristiano, refleja a su manera la encarnación de Dios en Cristo. Porque la encarnación de Dios en Cristo hizo patente lo que es el hombre. Dios encuentra espacio en cada uno de nosotros y nos hace ser lo que realmente hemos de ser. Somos hijos de Dios, hermanos de Cristo. Para eso Dios asumió nuestra humanidad en Jesús. Cada una de las formas excelentes de vida, como son las de los santos, o las de las mejores personas que conozcamos, son maneras de reflejarse la excelencia de Dios en el hombre, en cada una de las situaciones concretas. Hoy es Andrés. Otro día es un joven que no tiene codicia ni miedo. O un profesional que irradia luz, porque en torno a él las cosas entran en su verdad y en su orden. Una madre que ha llegado a ser tan maravillosa porque no piensa en sí misma. La excelencia de Dios se refleja de mil maneras en las personas, en esas personas que tienen buena intención respecto a la vida, de raíz. Su manera de estar no es la de desconfiar y criticar, sino tener respeto, dejar valer, ayudar a crecer.
Andrés fue testigo de Jesucristo en Grecia, Mar Negro, y el Cáucaso. Primer obispo de Bizancio. Una tradición muy antigua cuenta que el apóstol Andrés fue crucificado en Patrás, capital de la provincia de Acaya en Grecia. Lo amarraron a una cruz en forma de X. Estuvo muriendo durante dos días en los que no dejó de ser testigo de Jesucristo para todos los que se acercaban. Andrés había decidido seguir a Jesús siempre, sin ninguna excepción.
Martes, 29 de mayo
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